Rebelión en la granja




 ¿Cómo nos ven en el exterior después de las imágenes de los saqueos y los cacerolazos de un país devaluado a sí mismo?

De chicos nos enseñaron que la Argentina era el granero del mundo. Un  corral, a la vez, en el cual había más vacas que gente. Y en el cual nadie, jamás, iba a padecer hambre. Por más que faltara trabajo.

De grandes aprendimos que nos engañaron. Que, como escribió Manuel Gálvez, el juego del truco refleja fielmente nuestra conciencia colectiva, encarnada en dos presuntas virtudes: la pereza y la mentira.

“El azar no tiene importancia en el truco; lo que vale es el engaño –señala en El Diario de Gabriel Quiroga–. Se precisa mucha viveza para ese juego, decimos todos aquí. No recuerdo quién aseguró que la mentira es el vicio nacional. Yo agregaría que toda nuestra viveza es un continuo truco. Sobre todo en política. Vivimos mintiendo, vivimos engañándonos mutuamente, vivimos cantando envido ¡cuando apenas tenemos puras sotas!”

Libro profético, editado hace un rato: 1910. Un siglo después de la Revolución de Mayo. Un siglo antes, o casi, de la Revolución de las Cacerolas. Siglo, o casi, en el que, al parecer, poco, o nada, hemos cambiado: “El argentino, superficial y exhibicionista, tiene la arrogancia del ignorante engreído y practica un arribismo desenfrenado, ostentando sus afanes rastacueros y su forzada teatralidad”, martilla.

¿Preludio de Cambalache, compuesto por Enrique Santos Discépolo en 1935, o reflejo de la plata dulce de los 80 y de la frivolidad y de la extravagancia, o viceversa, de los 90? Coherencia, en realidad. Por la cual perdimos algo más que crédito en el exterior: ya no nos creen.

O, tal vez, nos conocen demasiado. Razón por la cual un secretario del Tesoro de los Estados Unidos, como Paul O’Neill, se atrevió a decir, en medio de la crisis, que no nos obligaron a ser como somos y que, por haber dejado que el músculo durmiera y la ambición descansara, no estaba dispuesto a dilapidar el dinero de los plomeros y de los carpinteros norteamericanos en la eventual solución de nuestros dilemas. Centenarios. Bicentenarios. O casi.

“La densidad del ambiente, agravada por el incesante aspirar en los más distintos órdenes de la vida, exige que se simule el talento, la honradez, las vinculaciones sociales y políticas, el coraje, la riqueza, el estudio, la ilustración, la fortuna con las mujeres, la fama literaria o científica y hasta la más repugnante truhanería, que aquí todo se aplaude”, exagera Gálvez.

¿Exagera? En el exterior, sorprendidos por el extraño récord argentino de haber tenido cinco presidentes sin fisuras democráticas en apenas dos semanas, ha calado hondo una imagen: el caos.

No en Laos, sino en Buenos Aires y sus arrabales. Con mujeres desesperadas, forcejando por un sachet de leche o por una caja de arroz en las puertas de los almacenes y de los supermercados, mientras nos echábamos la culpa los unos a los otros. Otro vicio nacional. Como la negación de la realidad, prima hermana de la mentira.

Es decir, las inundaciones no son consecuencia de la crecida de los ríos, sino del hundimiento del país, y los saqueos no son consecuencia del hambre, sino de la demencia de tres o cuatro forajidos. Que los hubo, infiltrados, procurando echar gasolina sobre el incendio. Pero Fernando de la Rúa estaba viendo otro canal. U otra realidad. Sin represiones ni muertes, por ejemplo.

Germen del cucharón contra la cacerola, yendo de la cocina al living y, después, a la calle. Convocados por nadie. El mejor candidato que supimos conseguir. Surgido de una ecuación simple: todos prometen, nadie cumple. ¿Entonces? Nadie al poder.

Fiel exponente de una clase media desorientada y, al mismo tiempo, blindada, megacanjeada y devaluada que, educada con la teoría del granero del mundo, ha quedado acorralada en el corral. O, dentro de él, en los corralitos bancarios. Con dineros enajenados, o usurpados, por obra, y desgracia, de una especie rapaz, curiosamente no importada de Taiwan como los paraguas, que un superministro como Domingo Cavallo llamó buitres.

Algunos, resignados, aceptaron su versión. Los mismos, acaso, que, en su momento, descubrieron alegremente nuestra pertenencia natural, o mágica, al Primer Mundo. Alumnos aplicados del Fondo Monetario, en el que Carlos Menem, flanqueado por Michel Camdessus y por Bill Clinton, dio cátedra a sus pares del mundo sobre el milagro económico argentino, basado sobre la difunta convertibilidad.

Fenómeno abordado, paradójicamente, por Gálvez: “No nos interesa que produzca poetas y hombres de ciencia, ni que realice una civilización personal capaz de eternizarse en la historia por prestigios eternos e idealistas. Que la República Argentina figure alguna vez como una gran nación; eso nos basta”.

No nos bastó. Como no nos bastó Perón (volvió y fue Cangallo). Ni sus viudas. Ni la subversión. Ni la dictadura. Ni Malvinas. Ni la hiperinflación. Ni los saqueos, primera parte. Ni las privatizaciones al raro son del endeudamiento. Ni los saqueos, segunda parte. Ni el vértigo reciente: la abulia tenaz de De la Rúa, el renuncio precoz de Ramón Puerta, las malas compañías de Adolfo Rodríguez Saá, el interinato breve de Eduardo Camaño y, cual supuesto broche, la increíble asunción de Eduardo Duhalde.

Increíble puertas afuera, después de haber perdido las elecciones en 1999. ¿Su última oportunidad, dijeron? Tan increíble, quizá, como la apuesta de De la Rúa por Cavallo y, más aún, la negación de ambos de la realidad. O del precipicio.

Pregunta que nos desvela: ¿cómo nos ven? Los ojos se fían de sí mismos, pero las orejas se fían de los demás. Y los demás advierten una transición. Entre un modelo que muere y otro que nace. Al tañir de las cacerolas. Un parto en la calle, digo. Que no tiene por qué ser alumbrado público. Un parto doloroso. Con más perdedores que ganadores y más gente que vacas. En lo inmediato, al menos. Atrapados, todos, en un corral que presumía de ser el granero del mundo.

Presumía, no más. Eramos chicos. Y evitamos la mala onda de Gálvez: “En Buenos Aires, las actuales condiciones de vida han creado una innoble lucha por la existencia que, como es natural en un pueblo de farsantes y mentirosos, se realiza por una emulación de todos los posibles medios fraudulentos”. Algo, o alguito, hemos cambiado: perdimos la inocencia. Y, también, la ilusión.



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