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El aire de Teherán vuelve a enrarecerse. No por su smog crónico, sino por el humo de una protesta que ha mutado respecto de las anteriores. El eco de las consignas ya no pide reformas ni maquillajes. Clama por el final de una era frente al quebranto económico. A diferencia de la Ola Verde tras las elecciones de 2009 o del grito “Mujer, Vida, Libertad” de 2022 a raíz del burdo asesinato de la joven Masha Amini por llevar mal puesto el velo islámico, aquello que comenzó con la caída estrepitosa del rial, la moneda iraní, pasó a ser una impugnación del régimen que rige los destinos del país desde la revolución islámica de 1979.
Se trata de la postración de un contrato social con un régimen zombi que sobrevive por la fuerza bruta, con un tendal de cadáveres y detenidos aún incierto por el apagón informativo. La vulnerabilidad dejó de ser interna. Donald Trump, con su Doctrina Donroe, ha reconfigurado el tablero internacional desde la captura de Nicolás Maduro en Venezuela. Esa presión, la externa, con ataques quirúrgicos de Israel y Estados Unidos que abollaron las instalaciones nucleares de Irán en 2025, se ve ahora aumentada por una insurgencia popular que utiliza símbolos del pasado, como la bandera de la monarquía, en rechazo al orden teocrático.
Perdió fuelle el relato de la resistencia contra Occidente mientras una elite avejentada, más inquieta por la sucesión del ayatolá Alí Khamenei, de 86 años, que por el daño que causa, no admite su agotamiento. El presidente Masud Pezeshkian se bambolea entre la necesidad de un alivio económico y la rigidez de los sectores más ortodoxos del régimen, arrebujado por los 12 miembros del Consejo de Guardianes. Pero el histórico anillo de fuego está en llamas por la caída de la dictadura de Bashar al-Assad en Siria, y la debilidad de Hamas en la Franja de Gaza, de Hezbollah en Líbano, de las milicias en Irak y de los hutíes en Yemen.
Iran Human Rights, organización no partidista y políticamente independiente con base en Oslo, Noruega, lleva anotados 3.248 manifestantes asesinados en 15 provincias desde el 28 de diciembre, cuando estallaron las protestas de los comerciantes del Bazar, el pulmón económico del país, por una inflación desbocada del 42% y una depreciación del rial del 69% respecto del valor del dólar. Los muertos podrían ser entre 6.000 y 10.000. De a miles también se cuentan los detenidos. Estremecedor.
La historia deja una lección implacable: las revoluciones sin una organización suelen derivar en el caos o en la supervivencia del aparato represor
Mientras las calles se convierten en un campo de batalla que el régimen intenta sofocar con plomo, la oposición política enfrenta su propio fantasma: la desunión. En ese escenario de claroscuros surgió una figura controvertida que evoca la nostalgia de una generación que no conoció los excesos de la dinastía: Reza Pahlavi, el hijo del último sha. Desde su exilio en Estados Unidos llama a huelgas nacionales y reclama por el vacío de poder en un mosaico opositor de minorías étnicas, republicanos, izquierdistas y desencantados con la república islámica.
Para el imaginario de una parte de la población, golpeada por la censura, la represión y el colapso económico, el apellido Pahlavi representa algo así como el paraíso perdido. Su destierro dorado contrasta con la lucha de líderes que pagan con la cárcel la osadía de su resistencia civil, como Narges Mohammadi, la premio Nobel de la Paz encarcelada, o Mostafa Tajzadeh, exviceministro del Interior, también preso. Ambos anhelan una transición hacia una asamblea constituyente, lejos de cualquier personalismo que huela a restauración monárquica.
Esa fragmentación, la del enemigo, le otorga una ventaja estratégica al régimen, que ordenó el corte de internet al mejor estilo de Corea del Norte para silenciar las protestas y su propia respuesta. La historia deja una lección implacable: las revoluciones sin una organización suelen derivar en el caos o en la supervivencia del aparato represor. En el aire de Irán, viciado con gas lacrimógeno, flota el miedo de un sector silencioso que, aunque detesta el sistema actual, teme que el salto al vacío termine en una guerra civil o en un desorden aún mayor.

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