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El mapa geopolítico ha sido nuevamente sacudido. En una maniobra de fuerza sin precedente, el gobierno de Estados Unidos tomó el control del tablero de Venezuela: dictó un plan de tres fases que exige la expulsión inmediata de asesores rusos, chinos, iraníes y cubanos, y se apropió del petróleo, la principal fuente de ingresos del país, como una recompensa de guerra.
China, el mayor comprador de crudo venezolano, acusó el impacto. No está dispuesto a perder mansamente su influencia económica en un socio estratégico. El petróleo, esgrime el régimen de Xi Jinping, forma parte de un equilibrio global de suministros y alianzas que no puede decidir un solo actor.
El estreno de la Doctrina Donroe, con la captura y el traslado de Nueva York de Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores, resuena ahora en varias comarcas del planeta. En el léxico de Donald Trump, todo gira alrededor del petróleo. No de la restauración de la democracia ni del respeto a los derechos humanos.
La tensión excede fronteras. Y no es solo diplomática, sino también militar en escala nuclear. Tras dos semanas de persecución, los guardacostas de Estados Unidos detuvieron en el Atlántico Norte a un petrolero ruso que se dirigía a Venezuela para cargar petróleo. Un acto de piratería de Estado, según Vladimir Putin. Representa el primer enfrentamiento naval en décadas entre ambos países.
Nunca antes la soberanía y la estabilidad habían dependido de un hilo tan delgado
La soberanía ha pasado a ser un concepto en disputa. La ambición de Trump de anexar Groenlandia por las buenas o por las malas ya no es el remate de un chiste de mal gusto, sino el eje de una estrategia que amenaza con sepultar el orden de la posguerra bajo el hielo del Ártico. Lo que hace un año parecía una de esas ráfagas de verborragia que suelen agitar la Casa Blanca para luego disiparse en el vértigo de las redes sociales ha mutado en un pronóstico de tormenta. O de tsunami.
A los ojos de Trump, el avance de buques rusos y chinos en las cercanías de la isla más grande del mundo prueba que Dinamarca, miembro de la OTAN, es incapaz de custodiar lo propio. En pocas palabras, la soberanía es un lujo que solo los fuertes pueden permitirse.
En este escenario, la Unión Europea ocupa la segunda bandeja arriba en la escalada global mientras, en Medio Oriente, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, celebra la caída de Maduro. La considera un golpe mortal para la financiación en Iberoamérica de la milicia libanesa Hezbollah, cobijada por Irán.
El régimen de los ayatolás, en llagas por la guerra de 12 días lanzada por Israel en junio de 2025 con el apoyo de Estados Unidos, teme ser el próximo en la lista en medio de protestas por el colapso del rial, su moneda, y una crisis económica cada vez mayor a raíz de las sanciones de la ONU por su programa nuclear.
De Caracas a Pekín, Moscú, Copenhague, Teherán, Tel Aviv y otras capitales, el tablero está en llamas. Capturas, expulsiones y amenazas de ataques preventivos. Nunca antes la soberanía y la estabilidad habían dependido de un hilo tan delgado. El mundo contiene el aliento en esta nueva zona cero. La de América (y otros confines) para los norteamericanos.

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