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Mientras Estados Unidos y Rusia avanzan en un hipotético tablero geopolítico, Ucrania se encuentra en una encerrona. El plan de paz de 28 puntos propuesto por Donald Trump con el guiño de Vladimir Putin está más cerca de Washington que de Moscú y, acaso por tratarse de una maniobra de distracción, lejísimo de Yalta. En esa compulsa de tres con la participación de dos, Volodimir Zelenski se ve debilitado por una trama de sobornos de contratistas que construían fortificaciones contra las embestidas rusas para el monopolio nuclear Energoatom con la anuencia de su círculo íntimo. Se trata del mayor escándalo de corrupción desde el comienzo de la guerra.
El intento de Zelenski de atar de pies y manos a la Oficina Nacional Anticorrupción (NABU) y la Fiscalía Especial Anticorrupción (SAPO) por medio de una ley traslada su vulnerabilidad estratégica al seno de la Unión Europea. Sus líderes, reacios a criticarlo para amortiguar el impacto, procuran arroparlo con una respuesta al plan de paz de Trump posponiendo el debate territorial hasta un cese del fuego. En un momento de fragilidad extrema, Ucrania depende de Occidente para financiar la guerra, iniciada el 24 de febrero de 2022, y nota tanto el desgaste como la escasez de efectivos mientras la extenuante dinámica militar favorece a Rusia.
Con la fisura transatlántica, la paz pasa a ser una moneda de cambio y la dependencia militar de Estados Unidos aumenta
Trump insiste en colgarse la medalla de pacificador mundial para contentar a su base electoral, como ocurrió con la efímera calma en la Franja de Gaza. En este caso, Putin se aseguraría los territorios conquistados por la fuerza (Crimea, Lugansk y Donetsk) y se cerraría la posibilidad de que Ucrania ingrese en la OTAN. Rusia, a su vez, se comprometería a no atacar a Europa. ¿Quién ganaría y quién perdería? Los activos rusos congelados por las sanciones deberían ser destinados a la reconstrucción de Ucrania, pero Rusia debería coordinar la reactivación de su explotación petrolera con Estados Unidos. Se trataría de un premio a la agresión.
En esta vorágine, en la cual algunos países como Francia, Alemania y los nórdicos evalúan aprestos militares frente a un eventual avance de Rusia, otros se valen del plan de Trump como caso testigo. De pagar Ucrania el precio de su torpeza interna, ganaría Putin. Y, en ese caso, por ejemplo, Xi Jinping tendría carta franca para aumentar las represalias económicas y las maniobras militares contra Taiwán como si la seguridad fuera una suerte de commodity. Situación que pone en un aprieto a la nueva primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, la primera mujer en ocupar el cargo, por el recelo entre su país y China por controlar la supervivencia del archipiélago.
Detrás del cese el fuego en Ucrania, Trump busca una redefinición de la seguridad occidental, plasmada desde el final de la Guerra Fría, al igual que con el despliegue militar frente a las costas de Venezuela en el caso de América Latina y el Caribe. Con la fisura transatlántica, la paz pasa a ser una moneda de cambio y la dependencia militar de Estados Unidos aumenta. Principios que dinamitan la puja entre valores e intereses y pone en un primer plano el negocio de la reconstrucción, como el proyecto inmobiliario de la Riviera de Medio Oriente en la Franja de Gaza, en lugar de la obligación moral de los europeos de socorrer al vecino en apuros a pesar de las faltas que comete.

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