Mentiras verdaderas




Bill Clinton y el escándalo Lewinsky

¿Por qué creemos que los políticos son los más grandes embusteros del planeta cuando, en realidad, nueve de cada diez personas mienten en forma regular y pareja?

La actividad cerebral es mayor cuando uno miente. Una de cada cuatro personas miente o retoca la verdad cuando solicita empleo. Tres de cada diez mujeres mienten cuando confiesan su peso. El porcentaje crece si uno se adentra en un terreno tan resbaladizo como la fidelidad. Si miente en forma regular y pareja el 91 por ciento de la humanidad, ¿cómo actúan los políticos? Apenas un siete por ciento de los norteamericanos confía en los elegidos para cargos ejecutivos y legislativos, según Gallup. Como decía Otto Von Bismarck, artífice de la unidad alemana: “Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”.
La mentira tiene premio en los Estados Unidos. Desde 1929, el Liars Club (Club de Mentirosos), de Burlington, Wisconsin, premia la mejor mentira del año. Los periodistas Otis Hulett y Mannel Hahn lanzaron entonces un concurso de mentiras en los departamentos de policía y de bomberos de la ciudad. Ganó el jefe de la policía por decir que nunca había mentido. Años después, Garth Seehawer obtuvo la presea por ser un abuelo orgulloso: “Mi nieto es el mentiroso más convincente que jamás he conocido. Cuando tenía dos años podía ensuciar su pañal y hacerle creer a su madre que otra persona lo había hecho”.
Otro mentiroso laureado, Jim Kubath, dijo: “El precio de la gasolina en California es tan alto que cada estación de servicio cuenta con su propia oficina de préstamos personales”. En 2003, Bill Meinel se alzó con el galardón por afirmar: “Mi esposa tiene tantas dudas a la hora de elegir colores de pintura que nuestra casa, de 600 metros cuadrados, tiene ahora sólo 300 debido a la gran cantidad de manos de pintura”. Reincidió unos años después con otra mentira antológica: “Las notas de mi hijo en la escuela secundaria pasaron de diez a cuatro. Todo sucedió luego de que le extrajeron el diente de la sabiduría”.
Mintieron Bill Clinton sobre su “relación inapropiada” con Monica Lewinsky, George W. Bush sobre las armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein y Carlos Menem sobre las estéticas “picaduras de avispas” en su rostro, entre otros. “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”, postula Jean- François Revel en su libro “El conocimiento inútil”. José Saramago, autor de “Ensayo sobre la lucidez”, se mostró más lúcido que nunca cuando acusó a Bush de ser “el hombre más mentiroso del mundo”. De mentiroso por su adhesión a la guerra contra Irak también ha sido tachado el ex primer ministro británico Tony Blair. Lo llamaban Bliar (asociación de su apellido con la palabra mentiroso en inglés).
La mentira no respeta fronteras. Henri Louis Grin, suizo, abandonó su hogar a los 17 años de edad y, con el seudónimo Louis de Rougemont, publicó sus presuntas aventuras en el periódico británico The Wide World Magazine. En 1898 convenció al mundo de haber naufragado en las costas de Australia, haber participado en festines con caníbales, haber hecho su casa con conchas perlíferas, haber tenido con una nativa un hijo que ella devoró delante de él, haber enviado mensajes en seis lenguas utilizando pelícanos, haberse curado una fiebre atroz durmiendo dentro del cadáver de un búfalo y haber cabalgado sobre tortugas gigantescas.
Lo contó su libro “Treinta años entre los caníbales de Australia”. Causó sensación. Disertó en las sociedades científicas, asombradas por sus aventuras antropológicas. Descubrieron poco después que era una farsa, pero continuó con sus conferencias en África del Sur. Sólo cambió su tarjeta de presentación: de genial fabulador y pionero en toda regla del viajero inmóvil (no se había movido de la Biblioteca del Museo Británico) pasó a ser “el mayor embustero del mundo”. Lo recordó con tristeza sir Osbert Sitwell vendiendo fósforos años después en la avenida Shaftesbury, de Londres. Era un “fantasma callejero” que “vestía un abrigo viejo y raído, sobre el que caía su cabello ralo, y tenía un rostro sereno, filosófico, curiosamente inteligente”.
Tan inteligente como Orson Welles con la versión radiofónica de “La guerra de los mundos”, de H. G. Wells, mentira capaz de sembrar el pánico entre miles de oyentes de Nueva York y Nueva Jersey en 1938. Estaban convencidos de una invasión extraterrestre. Sesenta años después, en 1998, la radio Xeart, del Estado mexicano de Morelos, recreó la historia y cosechó el mismo impacto: la histeria colectiva. Si decir la verdad donde reina la mentira es un acto revolucionario, como dejó dicho George Orwell, mentir cansa tanto al mentiroso como al engañado, excepto que se trate de una mentira piadosa: acusar 50 años de edad cuando uno tiene apenas 51, por ejemplo.



3 Comments

  1. Probablemente Jorge, el mayor de los mentirosos sea aquel que termina creyendo sus propias mentiras, aquel que miente sin un gran motivo y lo hace “inintencionalmente”, aquel que sabiendo que miente, lo sigue haciendo naturalmente. Hablamos del mentiroso patológico, aquel que padece lo que los psiquiatras se empeñan en definir como “Síndrome de Pinocho”. Ahora bien, de todos aquellos personajes, que han tenido la suerte -para bien o para mal- de hacer historia, cuantos encajan en esta categoria

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