El fin de la historia




El inminente ascenso de China provoca algunos recelos a Obama y a McCain

PeKÍN. –en Chengdu, China, un individuo pagó 270.000 dólares por el número de teléfono 8888-8888. En Hangzhou, también China, otro pagó 130.000 dólares por la chapa patente de su coche, número A-88888. La creencia de los chinos en el número ocho, sinónimo de prosperidad y fortuna, llevó a sus autoridades a redondear en ocho la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos: el día 8 del mes 8 (agosto) del año 8 (2008), a las 8 de la noche, 2008 estudiantes de artes marciales interpretaron con precisión milimétrica meneos de raíz milenaria. No sólo primó el azar, sino, también, el simbolismo: George W. Bush saludó de lejos al presidente Hu Jintao, sentado (¿ocho?) escalones arriba en el estadio Nido de Pájaro.

En ese momento, mientras Bush agitaba la mano, el primer ministro ruso, Vladimir Putin, parecía decirle al oído que no había sido una buena idea alentar al presidente de Georgia, Mikhail Saakashvili, a aventurarse en la provincia de Osetia del Sur, protegida de Rusia desde 1992. Estaba por estallar la crisis del Cáucaso, así como la burbuja financiera y, con ella, la confianza en el modelo capitalista de libre mercado de los Estados Unidos.

Sin poder adquisitivo, la confianza se cotiza como las acciones: en baja. Con ese estigma, asociado al exceso de codicia de los banqueros y el exiguo control del Estado, deberá lidiar el sucesor de Bush. El recelo de los norteamericanos, expresado en diversas encuestas, no sólo guarda relación con las hipotecas y el desempleo; guarda relación, también, con el inminente ascenso de China, marcada desde 1989 por la masacre de Plaza Tiananmen. Un tercio teme que “pronto, China domine el mundo”; la mitad teme que ese ascenso entrañe “una amenaza para la paz mundial”.

El régimen chino se vale de la imagen, como aquella de Hu escalones arriba de Bush. Y se vale del simbolismo, expresado en la astucia de haber sofocado las protestas por la represión en el Tíbet y de haber lanzado al cosmos a tres taikonautas (en chino, espacio se dice taik ong) en el tercer paseo tripulado de la historia. La misión Shenzhou VII puso a China a la altura de los Estados Unidos y Rusia.

En tierra firme, los candidatos presidenciales norteamericanos acusaron el impacto: prometieron presionar a China en cuestiones controvertidas, como el comercio, el medio ambiente y la política monetaria. El yuan, según Barack Obama, está “artificialmente bajo” e incide en las exportaciones. El gobierno chino no emitió palabra. Ni acusó recibo del título de héroe concedido al Dalai Lama por John McCain. Mucho influye en esa actitud de Hu el acercamiento a Rusia, Japón y la India, así como una mayor independencia que su antecesor, Jiang Zemin, pendiente del favor de los Estados Unidos para el ingreso en la Organización Mundial de Comercio (OMC).

La onda expansiva de la crisis de Wall Street tardó en arribar a China. La amenaza de un enfriamiento de la economía puede demorar algunas metas, pero el fin de la historia, según confía el gobierno de Hu, depara vaticinios dignos del número ocho: aumentará el producto bruto interno y, como consecuencia de acuerdos bilaterales, los Estados Unidos verán reducida su capacidad de maniobra unilateral.

De ahí el silencio frente a la catástrofe global. Hu pretende preservar el papel de estabilizador en un mundo convulsionado. China, como señala Robert Kagan en su libro The Return of History and the End of Dreams (El regreso de la historia y el final de los sueños), “combina una economía cada vez más abierta con un sistema político cerrado” y “puede ser una alternativa exitosa de desarrollo en muchos países”.

Desde el final de la Guerra Fría, China recibió innumerables consejos occidentales. No aceptó casi ninguno, excepto aquellos de los cuales pudo sacar provecho. Su sistema bancario era tildado de débil; curiosamente, la crisis no logró afectarlo como al norteamericano y al europeo. En el fondo, el fortalecimiento del papel del Estado en la economía, medicina de pésimo sabor para Bush, Obama y McCain, confirmó a Hu y otros prosélitos del comunismo que estaban preparados para sortear el mal rato.

En estas circunstancias, los conflictos de Taiwan, Birmania y Darfur, entre otros en los cuales tiene injerencia China, quedaron tan relegados como otros asuntos que debían ser resueltos de inmediato. Antes, no ahora, como el tsunami silencioso declarado por el hambre. En la mediación a seis bandas con Corea del Norte, incluido en el “eje del mal” por Bush, Hu quiso probar su efectividad diplomática.

Si de imperios se trata, el declive de los Estados Unidos emula en estas latitudes el final de la preeminencia del Reino Unido antes de la Primera Guerra Mundial por el deterioro de sus finanzas y la debilidad de la Unión Soviética, tras la derrota en Afganistán, por la carga económica que significó responder al programa La Guerra de las Galaxias, de Ronald Reagan.

A juicio de Dominique Moisi, asesor especial del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, “mientras China intenta seducir y asombrar al mundo con sus medallas olímpicas, Rusia quiere impresionarlo demostrando su superioridad militar”. En la vara de John Nye, profesor distinguido de la Universidad de Harvard, China usa el poder blando (de atracción) y Rusia abusa del poder duro (de coerción).

En la inauguración de los Juegos Olímpicos, signada por el valor figurado del número ocho, China y Rusia enviaron al mundo mensajes cargados de simbolismo. Esos mensajes entrañaban exigencias de reivindicación. A sus ojos, los Estados Unidos quedaron como Bush en el estadio: debajo de uno, Hu, y a expensas del otro, Putin.

Tras ocho años de gobierno, Bush no reparó en un detalle del protocolo, ínfimo en apariencia, que dejó en evidencia su gravitación en la balanza internacional, desnivelada hacia el extremo que más sarpullidos provoca a los norteamericanos.



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