Soy leyenda




A Obama le sientan bien los guantes de candidato, pero Hillary no tira la toalla

En estos años, los Estados Unidos perdieron la reputación. Perdieron, también, la ilusión. Les deben a las reñidas primarias demócratas haber restaurado la política como motor de cambio. No por ser la vistosa contienda entre un afroamericano y una mujer, rarezas en la Casa Blanca, sino por haber alentado una visión optimista  frente a verdades tapadas, como la pobreza al desnudo en Nueva Orleáns después de ser arrasada por el huracán Katrina, y verdades dolorosas, como el deterioro de la imagen del país a raíz de Irak, Afganistán, Guantánamo, Abu Ghraib y todos los antónimos de los valores que, bien o mal, siempre honraron los norteamericanos.

Durante el gobierno de Bush, signado por el esplendor neocon en respuesta a la voladura de las Torres Gemelas, cambió el mundo y cambió, en forma silenciosa, la esencia del poder. Lo comprobó Hillary Clinton. La tenía fácil. Le sobraba dinero, recaudado por su marido. Y le sobraba experiencia, acumulada desde su Mayo del 68 en la universidad. Era su turno: reunía las condiciones para liquidar, el primer supermartes, la pelea con “ese flacucho de nombre gracioso”, como se reconoce desde niño Barack Obama. Maduraba el knockout. Y ella, alias Rocky, confiaba en eso: en hacerlo leyenda.

Rocky no pudo con Rocky. En la campaña, Obama asoció a Hillary con lo peor de Washington. Acertó. Lejos de la rebeldía juvenil, ella terminó siendo un producto típico de aquello que los norteamericanos detestan por nutrir la burocracia y aumentar los impuestos. Acertó Obama, pero reveló un déficit: su inexperiencia.

En determinados asuntos, descuidados mientras Bush jugaba a la guerra preventiva, amenazaba con castigar a los herejes y firmaba el acta de defunción de las Naciones Unidas, hasta sus más enconados rivales desearon que los Estados Unidos retomaran la iniciativa, aunque fuera para ponerlos en ridículo. En principio, el Billary team (Bill y Hillary), arropado en los noventa por los baby boomers (nacidos entre 1946 y 1964) y las soccer moms (madres del fútbol), daba mayor certidumbre que Obama frente a un planeta complejo y disfuncional que, desencantado con Bush, nunca dejó de apostar al regreso de los yanquis a las grandes ligas.

No vota el planeta, empero. En él, Bush no inventó el antinorteamericanismo. Lo pulió: hizo real la mentira, virtuosa la codicia y venerable la guerra. Dilapidó de ese modo algo más que la reputación y la ilusión; dilapidó la confianza. En el ínterin, ningún país, bloque u organismo supo ni quiso asumir el liderazgo contra el calentamiento global, el terrorismo o la carrera nuclear; sólo se fijaron metas de dudoso cumplimiento y posiciones de endeble firmeza. Ni Rusia ni China ni la Unión Europea ni las Naciones Unidas estuvieron a la altura de esos desafíos. Decidieron esperar al próximo presidente norteamericano, sea Obama, Hillary o John McCain. Era más cómodo que comprometerse y fracasar.

En estos años, los Estados Unidos desairaron a sus aliados, sortearon sus acuerdos internacionales y vilipendiaron los derechos humanos, pero, a pedido hasta de sus más feroces críticos, intervinieron en crisis, recaudaron fondos para paliarlas y arriaron a otros con ese fin. ¿Por interés, no por amor? Tal vez. ¿Qué gobierno no especula con la ayuda que presta?

Eso es realismo. A él contribuyó Bush, por ejercerlo, y Hillary, por conocerlo. En una ocasión, ella parafraseó a Mario Cuomo, ex gobernador de Nueva York: “Se hace campaña en poesía, pero se gobierna en prosa”. Eso es experiencia. De experiencia adolece Obama; en especial, en cargos ejecutivos. El primer Clinton, a diferencia del senador por Illinois, había sido gobernador de Arkansas.

Obama suplió la falta de experiencia con carisma e idealismo. Y, en la era YouTube, rescató la ilusión con la habilidad oratoria de John F. Kennedy y la capacidad movilizadora de Martin Luther King. ¿Comparaciones exageradas? Quizá, pero entendió que cambió la esencia del poder y, sobre todo, que dejó de ser patrimonio de una generación que no ronda los 40 años, como en los noventa, sino los 60.

¿Qué son el carisma y el idealismo sin el realismo y la experiencia y, a la inversa, qué son el realismo y la experiencia sin el carisma y el idealismo? El realismo y la experiencia (Hillary) y el carisma y el idealismo (Obama) serían el dream team. O la tormenta perfecta frente al maduro candidato republicano, McCain, desmarcado de Bush. Sólo hay un problema: en el orden que fuere, ambos no parecen haber nacido el uno para el otro ni para convivir en la misma fórmula y el mismo gobierno.

Más allá de su suerte en las pocas primarias que quedan hasta la convención partidaria de Denver, en agosto, Hillary desoye el pedido de los dirigentes demócratas: que renuncie al sueño que cobijó durante toda su vida. No es fácil. Tiene razones para mantenerse en sus trece: el amor propio y el reclamo por las elecciones invalidadas en Florida y Michigan. A su vez, Sylverster Stallone no ayuda: vota a McCain.

Tanto cambió la esencia del poder, en realidad, que ella necesita tiempo para admitirlo: creyó que era Rocky, pero, en el ring, tropezó con Muhammad Ali en su apogeo.



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