Hágase tu voluntad




El factor religioso cobró vigor en las crisis internacionales, así como en los conflictos internos de algunos países

Más que hiriente u ocurrente, Hugo Chávez quiso ser estridente. No en vano, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, atribuyó un nuevo mote a George W. Bush. Diablo lo llamó. Y dijo que olía a azufre en ese sitio, en donde había estado un día antes. ¿Qué mensaje encubría esa agresión, capaz de desatar carcajadas en delegaciones diplomáticas aparentemente no familiarizadas con su léxico de barricada? Encubría una venganza: no te perdonaré que hayas estado detrás del golpe cívico-militar por el cual quedé fuera de juego durante un par de días en abril de 2002. Y encubría, también, una advertencia: tu país puede paralizarse si mi amigo Mahmoud Ahmadinejad y yo dejamos de proveerte petróleo.

Entre la venganza y la advertencia, la agresión encubría, a su vez, un mensaje más profundo: en el país cuya moneda lleva el lema In God We Trust (Confiamos en Dios) desde 1864 y cuyos políticos contemporáneos, sea Bush, sea Hillary Clinton, a menudo invocan a Dios en sus discursos, Chávez imponía el factor religioso, en discusión en todo el mundo desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, como un bumerán.

Así como aviones comerciales de bandera, símbolos del progreso, se estrellaron en los símbolos del poder económico (las Torres Gemelas) y del poder militar (el Pentágono), el mote de diablo, símbolo del mal, se estrellaba ahora en la nariz de un presidente que lee cada noche la Biblia, que empieza sus reuniones de gabinete con oraciones o lecturas sagradas, que mienta cada día el “eje del mal” y que concluye casi todas sus intervenciones con un latiguillo recurrente: “Que Dios los bendiga a todos y que Dios bendiga a este gran país».

En 1966, la revista Time se preguntó: “¿Dios ha muerto?”. En aquellos años, la modernización y las libertades que habían abrazado intelectuales y políticos amenazaba con debilitar a la religión. En 2006, cuatro décadas después, la revista Foreign Policy se preguntó: “¿Por qué Dios está ganando?”. En estos años, después del primer golpe de globalización en la llamada década boba del noventa, la vuelta a la religión como refugio (en especial, el catolicismo, el protestantismo, el islam y el hinduismo) quedó en evidencia en tres señales políticas de proyección internacional: las victorias electorales de Bush en 2004, de Ahmadinejad en 2006 y de Hamas en 2006, así como la supervivencia de Hezbollah a la guerra contra Israel.

En todos los casos, la palabra política de los líderes procuró nutrirse de inspiración divina y contenido épico. En los Estados Unidos, la única nación del mundo fundada sobre un credo según el escritor inglés G.K. Chesterton, la leyenda In God We Trust, aplicada a todas las monedas por Dwight Eisenhower, tuvo un origen más político que religioso.

En ese origen encontró Bush la base conservadora que, celosa de sus valores, se movilizó por su reelección. El ex canciller alemán Gerhard Schröder dijo alguna vez que su entonces par norteamericano, considerado a sí mismo un new-born christian (cristiano renacido), oía voces y que, en grupos pequeños, admitía que era un elegido de Dios.

La base conservadora afín a Bush congregó a la derecha religiosa, contraria a la teoría de la evolución, a los homosexuales y al aborto, y a la derecha económica, contraria al Medicare (servicio médico), a la seguridad social y a los impuestos a las ganancias. Pasión y dinero formaron de ese modo una formidable alianza.

El escándalo desatado por los flirteos con adolescentes del ex representante republicano Mark Foley demolió, en cierto modo, la prédica de aquellos que habían visto en Bill Clinton un signo de degradación de la Casa Blanca por sus relaciones pecaminosas con Monica Lewinsky. Y, con Irak en carne viva por la aparición del libro de Bob Woodward, «State of Denial (Estado de negación)”, en el cual detalla pedidos de tropas durante la guerra no atendidos por Bush y temores previos a la voladura de las Torres Gemelas no atendidos por su equipo, creó, a un mes de sus últimas elecciones de medio término como presidente, un estado de decepción.

Dios no ha muerto ni sus elegidos están ganando. Fuera de los Estados Unidos, el papa Benedicto XVI perdió parte del capital dialogante que había amasado Juan Pablo II con su oscura referencia a la presunta violencia del islam, preso de una minoría radical que espera eso, precisamente: ser satanizada para embestir como Chávez contra Bush y todo lo que representa. El Vaticano y la Iglesia católica, ajenos y contrarios a Irak, quedaron a merced del presidente de la guerra, así como, por otras causas, en la Argentina de Kirchner quedaron a merced del presidente de la discordia y en Paraguay quedaron a merced del presidente a secas.

Del mote auto infligido de presidente de la guerra se ufanó Bush desde que trazó el “eje del mal” sobre la base de la religión, fuerza que rige, en los Estados Unidos, la política, la identidad, la cultura y la conducta. De ahí, la sorpresa frente a las victorias electorales de un ortodoxo que reivindica la revolución islámica de 1979 en Irán, eventual segunda fase de Irak, y de un partido religioso en Palestina, enfrentado con su aliado Israel, como Hezbollah en el Líbano.

No fue casual, entonces, que las caricaturas de Mahoma, publicadas en Dinamarca, hayan provocado disturbios en sitios tan distantes entre sí como Beirut, Yakarta, Londres y Nueva Delhi. ¿Detrás de la política asoma la religión o detrás de la religión asoma la política? Con la religión en auge, más allá de que hayan sido debilitados el régimen talibán en Afganistán y otras expresiones violentas, no pocos creyentes, conversos, ateos y agnósticos encuentran en Bush miga para estridencias.

En una carta, Ahmadinejad le señaló: «Estamos viendo cómo, cada día más, pueblos de todo el mundo se encaminan en masa hacia un punto: el Dios Todopoderoso”. En ello, al menos, habrá estado de acuerdo. Como devoto, empero, ningún insulto pudo dolerle más que diablo.

Chávez, astuto, no hizo más que aprovechar el momento y subir el tono de su catarata de agresiones contra él por una causa más terrenal que divina: que Venezuela ocupe una banca no permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de modo de ganar más poder para sí mismo.

Sus coincidencias con Ahmadinejad, negador del Holocausto y de Israel, nunca transitaron, en principio, por carrilles extremos. Toda su artillería apunta contra Bush. Si hubiera reaccionado de otro modo después de los atentados de 2001, también habría cargado contra él. En el duelo personal centró su discurso y, favorecido por sus petrodólares y su personalidad, tuvo más audiencia de la que jamás imaginó.

La deriva secular de Europa, más descreída y menos practicante, en coincidencia con el aumento del fundamentalismo en los Estados Unidos contribuyeron a caldear aún más el ambiente. Bush, hijo de un protestante tradicional, adquirió de Ronald Reagan el concepto de “imperio del mal”, remozado con el “eje del mal”, del cual se vale Chávez para profesar su alergia al azufre mientras Dios, supongo, habita en otro en otro sitio.



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