La olla a presión




Sólo la comunidad internacional puede detener el drama de Gaza

Lejos del foco, una vez que termine este arrebato de locura de vieja cuña y dudoso desenlace, unos acusarán a los otros de haberlo provocado y, como siempre, ambos apelarán al derecho a la legítima defensa como argumento para rebatir señalamientos. En Medio Oriente, nadie actúa en contra de nadie. En Medio Oriente, todos actúan en defensa de algo: del territorio, del statu quo, de la paz. En nombre de la paz se declararon guerras, se cometieron atentados y se convalidaron asesinatos tras los cuales no pareció haber agresores ni agredidos, sino sólo víctimas.

No siempre Israel tuvo una artillería poderosa. En 1967, después de seis días en guerra contra Egipto, Siria y Jordania, incorporó los Altos del Golán, Cisjordania, el sector oriental de Jerusalén, la Franja de Gaza y la península de Sinaí. Desde entonces, sus vecinos árabes concluyeron que esa capacidad defensiva y, a la vez, expansiva podía ser usada contra ellos. El déficit terminó siendo el mismo: un ejército en apariencia imbatible está en condiciones de ganar mil guerras, pero no puede garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Las intifadas (sublevaciones palestinas) demostraron eso.

En 2005, cual supuesto gesto de buena voluntad, Israel completó la retirada de sus colonos y soldados de la Franja de Gaza, pero mantuvo el control del espacio aéreo y marítimo, así como del ingreso y egreso de vehículos. En ese momento, Hamas se atribuyó el mérito de haberlos expulsado y meses después, en enero de 2006, ganó las elecciones legislativas con gran respaldo y sin fraude. La devolución del territorio, inscripta en el plan de desconexión impulsado por el entonces primer ministro israelí, Ariel Sharon, antes arquitecto de los asentamientos, prometía reencauzar el diálogo de paz. Debilitó al presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas.

Detrás de los colonos y soldados israelíes caían proyectiles lanzados desde la Franja de Gaza en señal de júbilo y desafío. Casi tres años después, en enero de 2008, la ecuación no había variado: si un millón y medio de personas permanece hacinada en una suerte de olla a presión de 45 kilómetros de largo por ocho de ancho, sin electricidad ni gas ni certeza de sustento, es posible que la tapa vuele por los aires. Por los aires volaban los misiles de Hamas contra la población civil de Israel en rechazo a su existencia como Estado.

Entre 2001 y 2008, 23 israelíes murieron a causa de los proyectiles palestinos, según The Israeli Project. En el mismo período, según el Centro Palestino para los Derechos Humanos, 3800 palestinos murieron a causa de las réplicas israelíes. El Cuarteto, integrado por los Estados Unidos, la Unión Europea, las Naciones Unidas y Rusia, quiso obligar a Hamas a renunciar a la violencia: congeló su ayuda. Israel, a su vez, retuvo los fondos de aduanas que cobra en nombre de las autoridades palestinas, vitales para la supervivencia de la población.

Nada sirvió en una región en la cual unos y otros padecen un flagelo recurrente: la corrupción de la dirigencia política. Abbas se negó a entregar a Hamas el mando de las fuerzas de seguridad. La lucha entre ambas facciones, alentada por el poco constructivo gobierno de George W. Bush, duró un año y medio. Los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania quedaron divididos de facto.

En estas circunstancias, después de la ofensiva contra Gaza, Israel no habrá ganado una guerra. Tampoco ganó una guerra en 2006, contra Hezbollah, en el sur del Líbano, donde murieron 1231 civiles (1187 libaneses y 44 israelíes). ¿Qué ganará esta vez? Acaso la certeza de no ser agredido de nuevo con proyectiles capaces de alcanzar a su población civil o con el secuestro de soldados (uno en Gaza; dos en el Líbano). ¿Es suficiente para un Estado que, en guerra contra brazos terroristas de partidos políticos respaldados por Irán y Siria, pretende alcanzar la paz?

Por los palestinos de Gaza nada hicieron los Estados Unidos, la Unión Europea ni, menos aún, los gobiernos musulmanes, algunos de los cuales parecieron encantados con condenar la crueldad de Israel. Nada hicieron antes de los ataques ni después. Siria suspendió las conversaciones indirectas con el gobierno de Ehud Olmert, algo que tenía previsto frente a las inminentes elecciones del 10 de febrero en Israel. La canciller israelí, Tzipi Livni, candidata a primera ministra, estuvo en Egipto en la víspera de los bombardeos. Su anfitrión, Hosni Mubarak, entreabrió la frontera con Gaza sólo para emergencias. Jordania tampoco movió un dedo por temor a un súbito clamor popular por Hamas.

Ninguna porción del planeta merece ser un laboratorio de odios en el cual todo el mundo juzga procederes, pero, en momentos decisivos, hasta el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, encargado de mantener la paz y la seguridad, se enreda en sus limitaciones. La condena a la manía suicida de Hamas y la réplica exagerada de Israel es apenas un susurro frente a la magnitud de la tragedia. ¿Qué consecuencias puede tener en un territorio sometido a periódicos cercos humanitarios y económicos cuya población mama desde la cuna el rencor hacia los otros?

La comunidad internacional apreció en 2008 el vigor del cambio, simbolizado en la victoria de Barack Obama en los Estados Unidos tras varios años de guerras preventivas y desprestigio inútil. La comunidad internacional es la única que puede influir con firmeza en el drama de Gaza. El padre de Bush negó a Israel el aval para un crédito en 1991 con la intención de hacerlo participar con los palestinos de la conferencia de Madrid, base de los posteriores acuerdos. Los gobiernos musulmanes bien pueden obligar a Hamas a dejar de sacar provecho de la violencia y actuar en beneficio de su pueblo. En una olla a presión sazonada con odios difícilmente pueda cocerse la paz.



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