La guerra después de la guerra




Nadie respondió cómo se hace para repeler a un grupo terrorista que, como partido político, forma parte de un gobierno democrático

Desde Afganistán e Irak, sin ir más lejos, las guerras no terminan después las guerras. Continúan en forma indefinida durante las treguas, sujetas de alfileres por los cuales la comunidad internacional, representada en las Naciones Unidas, se ufana de haber logrado el cese el fuego y, con él, de haber evitado mayores desgracias. En casi cinco semanas de hostilidades murieron varios civiles en el Líbano e Israel, así como soldados de ese país y milicianos de Hezbollah. Si el saldo significa un éxito, como la persecución del régimen talibán sin haber cazado a Osama ben Laden o la caída de Saddam Hussein sin haber hallado las armas de destrucción masiva, la Doctrina Bush está en déficit. O en peligro.

La Doctrina Bush, más allá de la reacción unilateral de Israel contra Hezbollah y, por extensión, del mensaje de advertencia a Siria e Irán, no respeta grises: están con nosotros o están contra nosotros. En otras palabras, están con la democracia o están con el terrorismo. ¿Cómo se hace para estar con partidos políticos y, a la vez, contra organizaciones terroristas que responden al mismo patrón y que, a diferencia de Al-Qaeda o de cualquier otra expresión de odio, tienen una cara benévola puertas adentro y otra, malévola, puertas afuera? En principio, no debería existir esa contradicción. Existe, empero. Y representa un desafío.

¿Qué aconseja la Doctrina Bush? Promover la democracia. Fácil, ¿no? En el tránsito, pautado como una lucha que demandará generaciones, los Estados Unidos respaldaron a Israel en el derecho a su legítima defensa contra Hezbollah y las amenazas de intervención de Siria e Irán, pero, al mismo tiempo, procuraron apuntalar al gobierno del Líbano, tan endeble como los alfileres que sujetan ahora la tregua con la garantía de las Naciones Unidas. En ese gobierno, elegido en forma democrática, convive Hezbollah, partido político, dentro, tildado de organización terrorista, fuera.

Si una organización terrorista forma parte del gobierno del Líbano, ¿qué legitimidad tiene el primer ministro, Fouad Siniora, presuntamente obligado a pactar con el jeque Hassan Nasrallah, secretario general de Hezbollah, cada paso que dé en casa y fuera de ella? El mensaje es tan contradictorio como la Doctrina Bush: ¿se puede ayudar a un gobierno y, al mismo tiempo, destruir a un país? En Palestina, en donde el presidente Mahmoud Abbas perdió voto y voz en las elecciones de enero, Hamas implica un dilema en sí mismo, quizá como, en su momento, el IRA y el Sinn Fein en Irlanda del Norte, y ETA y Herri Batasuna en el País Vasco.

Eran ramas del mismo árbol. Con ellas, así como con el Ejército de Liberación de Kosovo en la extinguida Yugoslavia, los Estados Unidos y sus aliados europeos aplicaron otra táctica: nunca dejaron de repeler su faz terrorista, pero, como en toda negociación con extremistas, procuraron exaltar su faz política. La transición requería transar con ella, inclusive con concesiones costosas como la liberación de prisioneros y otros favores, de modo de hallar un punto de equilibrio y, más allá de la retórica militante, apuntar hacia una paz redituable a ambos lados de la mesa.

La Doctrina Bush, dominante desde Irak, tiene principios erráticos: su ejecutor pactó con el presidente de Paquistán, Pervez Musharraf, considerado peligroso por ser un dictador militar antes de la guerra contra el régimen talibán en Afganistán, de modo de facilitar el ingreso de sus tropas, pero excluyó de todo diálogo a Yasser Arafat, aún antes de la reformulación de su estrategia de seguridad nacional que provocó la voladura de las Torres Gemelas, por no haber hecho nada contra los atentados suicidas perpetrados por Hamas y la Jihad Islámica en Israel durante la segunda intifada (sublevación palestina).

Como resultado de ello, al menos en Medio Oriente, la cara terrorista de Hamas se atribuyó como una victoria la devolución de la Franja de Gaza y de parte de Cisjordania que resolvió el ex primer ministro Ariel Sharon, mentor de Ehud Olmert, sin consulta previa a los palestinos. En la guerra contra Israel, la cara terrorista de Hezbollah también se atribuyó como una victoria, sin distinción entre una rama y la otra del mismo árbol, la tregua que, acordada contra reloj por las Naciones Unidas, silenció las armas en el Líbano después de más de un mes de ira cruzada.

Perdió el Líbano, por fortalecido que pretenda haber salido Siniora, y quedó debilitado Olmert, enfrentado en su bautismo de fuego con el ex primer ministro Benjamin Netanyahu, del ala dura del Likud, y con los laboristas de la coalición gobernante Kadima. A la distancia, desde la cual brindó alientos y reservas con su secretaria de Estado, Condoleezza Rice, como fugaz emisaria, también quedó debilitado Bush, insistente en su prédica de fomentar la democracia en la región con Irak en carne viva como reflejo de ella.

A diferencia de 1948, 1956, 1967, 1973 y 1982, Israel no tuvo certeza, esta vez, de haber quebrado la resistencia de su enemigo árabe. No ganó Hezbollah, pero tampoco perdió. Y, hasta el final, no dejó de infligir daño en el territorio vecino. En las guerras anteriores, el adversario (Estados nacionales, no organizaciones terroristas con fachadas de partidos políticos) admitió sus limitaciones y, a la hora señalada, supo que el desenlace iba a ser inminente. En esta ocasión, más allá de la devastación del Líbano y de las bajas y los daños colaterales de un lado de la frontera y del otro, el fuego pudo haber continuado en forma indefinida, como la fórmula de paz que las Naciones Unidas demoraron más de un mes en hallar.

La guerra después de la guerra no terminó. La Doctrina Bush, de largo aliento, sabe de ello. Irak en sí mismo es un coche a mitad del pantano. El conductor pudo haber avanzado o retrocedido. Decidió avanzar. Notó que comenzaba a hundirse. Pudo haber retrocedido, pero aceleró de nuevo. Se hundió aún más. Y aceleró. Confió en hallar una base firme en el gobierno provisional. Tan provisional que no pudo poner orden en el desorden. A mitad del pantano, retroceder no sirve de nada.

En los regímenes autoritarios no existe el terrorismo: lo aplica el Estado. El terrorismo prefiere irrumpir en sociedades libres, sean ricas o pobres. Si la Doctrina Bush (básicamente, atacar antes de ser atacado) es errónea, el incremento de la amenaza de atentados fuera del foco de conflicto, Medio Oriente, fortalece su déficit: no propagar la democracia, sino la desestabilización.

Frente a la encrucijada, muchas alternativas no hay: que todo siga igual mientras los Estados Unidos defienden su interés nacional, comenzando por la energía y el comercio, o que todo cambie en beneficio mutuo. En la llamada Europa progresista, como en América latina, la mera mención del apellido Bush provoca rechazo: si está a favor de tal cosa, debemos estar en contra. En medio del pantano, no obstante ello, aceleran, retroceden o adiós.

En algunos casos persiste la imagen idealista de Bill Clinton, como si los congresistas demócratas no hubieran aprobado en el Capitolio la decisión de Bush de marchar a la guerra en Afganistán y en Irak. Diferencias notorias no abundan en las plataformas de ambos partidos, por más que unos, desde la oposición, procuren mostrarse menos belicosos que los otros, identificados con el sello neocom. En el fondo, como las caras dispares de Hezbollah y de Hamas, unos y otros muestran, según la ocasión, sus garras o sus plumas.

¿Justifica la democracia, más allá de ser nuestro valor supremo, una intervención militar? Si resulta, a pesar de las flagrantes violaciones de derechos humanos en Abu Ghraib y en Guantánamo, ¿qué tipo de gobierno arropará? Ese gobierno, excluidos los actuales de Irak y del Líbano por su carácter transitorio, ¿actuará por cuenta propia o por control remoto? Y, en ese caso, ¿quién cambiará de canal? ¿Los Estados Unidos o Europa?

Si de propaganda se trata, nadie hubiera imaginado que en la Universidad de Al-Azhar, de El Cairo, corazón sunnita, iba alzarse una pancarta con el rostro de un líder chiita como Nasrallah. La fortaleza del ala terrorista de un partido político frente a los ataques contra el Líbano derivaron en un nuevo paradigma: Israel pudo reducir a escombros a un país, pero no logró su objetivo. Sobre todo, eliminar a Hezbollah, más renuente a desarmarse que nunca. En la guerra, como en la vida, contra todo se puede, menos contra la vanidad. En este caso, la vanidad de los líderes.



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