Yo sólo quiero pegar en la tele




Con el uso excesivo de los medios de comunicación, presidentes y candidatos recrearon un estilo que parecía perimido

LA PAZ.– Con éxito relativo, Umberto Eco intentó explicar a un grupo de intelectuales franceses por qué el primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, no anunciaba sus decisiones en el Congreso, sino en un programa de televisión. Sus amigos, los intelectuales franceses, no entendían esa extraña manía, así como las actitudes de los italianos en general. Tampoco entendieron finalmente la relación directa que el jefe pretendía establecer con el pueblo en desmedro de sus representantes. En América latina se hubieran vuelto locos.

Berlusconi instauró en Italia algo que Eco llamó populismo mediático mientras hablaba con sus amigos, los intelectuales franceses. Un atajo para evitar el Congreso, y su pero frecuente, cada vez que pudiera o que no necesitara consenso para ejecutar tal o cual medida. En América latina, insisto, se hubieran vuelto locos.

También procuró aclararles Eco a sus amigos, los intelectuales franceses, que fascismo hubo uno solo en Italia. Que Berlusconi no pensaba uniformar con camisas negras a los niños ni tenía previsto conquistar Etiopía. El populismo mediático, sin embargo, era una afrenta contra la letra constitucional desde el momento en que soslayaba en forma descarada a uno de los poderes del Estado.

Días después, Berlusconi asistió a otro programa. Y cambió los términos de la decisión que había anunciado: retirar las tropas de Irak. En el ínterin había recibido reprimendas en estéreo de George W. Bush y de Tony Blair. ¿Cómo era posible que se contradijera tan pronto?, increparon a Eco sus amigos, los intelectuales franceses. Les respondió: si hubiera ido al Congreso, sus palabras habrían quedado labradas en actas; por televisión pudo ganar cierta popularidad en su primera aparición y, después, en la segunda, pudo serenar los ánimos de sus pares norteamericano y británico.

¿Perdió más de lo que ganó? No: aquel que sólo se informa por la televisión tiene la memoria más frágil que aquel que lee periódicos. Tan frágil, según Eco, que sólo habrá conservado la impresión de haber percibido un gesto simpático de Berlusconi, dueño de un emporio de medios de comunicación.

Del populismo mediático, no inventado en Italia ni por Berlusconi, se apropió, en América latina, el presidente bolivariano Hugo Chávez, imitador de Fidel Castro en su disposición a hablar hasta por los codos frente a micrófonos y cámaras. Y continuaron esa tendencia otros mandatarios de ideologías diversas, más afectos a someterse a la exposición pública que a rendir cuentas frente a los legisladores.

Con Aló Presidente, Chávez tendió un puente directo hacia la gente con el cual logró el cometido de Berlusconi: soslayar a los otros poderes del Estado. En su caso, dentro de un mismo puño. El suyo. En el programa dominical, de nunca menos de tres horas de duración, habla, canta, habla, protesta, habla, ríe, habla, habla y habla. Prescinde, gracias a él, de situaciones incómodas en terrenos peligrosos en los cuales no se sentiría el dueño de la palabra y de la situación. En los breves intervalos, rodeado de su tropa de guardaespaldas, picotea su plato favorito, arepas con carne mechada y plátano maduro con queso, y bebe leche a granel.

El populismo mediático no es exclusivo de mandatarios intolerantes o con vocación democrática escasa. En la campaña para las elecciones presidenciales de Bolivia, Jorge Tuto Quiroga y Evo Morales, renuentes a debatir entre sí, se disputaron espacios en los canales de televisión en los cuales invirtieron la mayor porción de la torta presupuestaria destinada al proselitismo. La mayoría de los noticieros obró en consecuencia: tanto puso cada uno, tanto tiempo de aire tuvo. A la usanza de México durante la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), hasta la difusión de los actos del gobierno de turno se transa de ese modo.

El populismo a secas, inspirado en movimientos latinoamericanos de cuños tan diversos como el peronismo, el aprismo, el cardenismo, el battlismo, el varguismo o el velasquismo, requiere imprecisión, pragmatismo, emoción (llantos y risas, por ejemplo) y, desde luego, un líder. De poncho, corbata o uniforme, siempre y cuando no repare en la oposición, usualmente representada en el Congreso.

La relación directa con el pueblo, facilitada por la posibilidad de abusar de los medios de comunicación estatales o de controlar otros por medio de la publicidad oficial, acalla toda protesta si el discurso provoca el aplauso fácil de la tribuna (repleta de ministros). En otras latitudes, decisiones gubernamentales trascendentes jamás serían anunciadas por televisión sin la debida aprobación del Congreso.

En América latina, los nuevos líderes cabalgan sobre el descrédito de los partidos tradicionales. Si Perón y Evita hubieran regalado bicicletas, sidra y pan dulce en vivo y en directo, quizás otro habría sido el desenlace. En el otro extremo, y en otro tiempo, si varios gobiernos hubieran sometido a juicio del Congreso las decisiones que anunciaron por televisión, quizá no habrían caído 14 presidentes en apenas dos décadas.

¿Fue culpa de ellos o impotencia de los legisladores, no advertidos del precedente que sentó el ex presidente peruano Alberto Fujimori con la disolución del Congreso, en 1991, y la convocatoria a elecciones para el Congreso Democrático Constituyente en las cuales su partido obtuvo la mayoría absoluta? En 1999, Chávez siguió sus pasos con una plataforma nacionalista: convocó a un referéndum, pilar del populismo, dos meses después de asumir el cargo, y disolvió el Congreso; luego creó la Asamblea Nacional Constituyente que redactó la nueva Constitución. Un populista fallido había sido entre ambos Abadalá Bucaram, ex presidente de Ecuador, con un estilo moralista, trasgresor y alienado que terminó con él.

El populismo mediático apela al antagonismo. No de clases contra un grupo dominante, de modo de no perder la base cada vez más frecuentes en América latina de indecisos, indignados, decepcionados y estafados, sino de reacción contra la democracia liberal, en crisis desde la Primera Guerra Mundial por la expansión del fascismo y del comunismo.

En tres países de la región andina doblegados por la desigualdad, Bolivia, Perú y Ecuador, el rechazo a las instituciones puso en aprietos la gobernabilidad. Sin el amparo del Estado, vastos sectores hallaron en las medidas de fuerza, como los bloqueos de rutas, su único canal de expresión en demanda de reivindicaciones étnicas, regionales o nacionalistas, y en contra de los Estados Unidos.

En defensores del cultivo de coca de origen indígena, como Morales en Bolivia y Ollanta Humala en Perú, encontraron eco. Eco que no tuvo Eco entre sus amigos, los intelectuales franceses, en su vano afán de explicarles el populismo mediático, pasión de multitudes en italia y, también, en la otra orilla del Atlántico, en donde nada no hubieran entendido y locos se hubieran vuelto.



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