Al mundo le falta un tornillo




El paradigma de la guerra, a diferencia de la amenaza soviética en la Guerra Fría, divide y descentraliza el poder real

Uno, Bush, habla con tanta ligereza de la guerra como otro, Clinton, hablaba del ketchup, y otro, Kerry, habla con tanta ligereza de la globalización como uno, Reagan, hablaba de una de cowboys. El paradigma, eje de la carrera presidencial de los Estados Unidos, converge en una curva: la guerra. Una curva peligrosa en el camino de la globalización. O, en su momento, una irónica respuesta a la europea, extraña al tradicional idealismo norteamericano, al horror del 11 de septiembre, doblegando, y archivando, el papel unificador que ejerció la amenaza soviética durante la Guerra Fría.

La amenaza soviética ha sido desplazada por la amenaza terrorista. Todos usan repelente contra ella, pero medio planeta, y me quedo corto, se pregunta si es peor el perro o la rabia. En la duda, sin más antibiótico que la rabia contra el perro, talla la diferencia. Uno, Bush, se ufana de ser el presidente de la guerra, por más que, con Blair y Aznar, haya declarado la guerra contra una sospecha (Saddam y sus armas de destrucción masiva); llenó de caries un país desdentado por su tiranía y de llagas una relación tirante con Europa. El otro, Kerry, su virtual rival demócrata en las elecciones de noviembre, lustra las medallas que obtuvo en Vietnam con tal de desmerecer los méritos militares de aquel piloto que, en esos tiempos, optó por enrolarse en la Guardia Nacional de Texas con tal de no salir de casa. Ni ir más allá de Alabama, en donde colaboró con la campaña política de un amigo.

Patriotismo al margen, la rabia ha hecho más estragos que el perro. Y puso en aprietos hasta al padre de familia que insiste en inculcarles a sus hijos que no eso no se dice, que las paralelas no se tocan y que no hay nada peor que la guerra. Tonterías, viejo: el presidente de la guerra, puntal del gobernador Terminator, está empeñado en su reelección y, a diferencia de Clinton con su prédica sobre la globalización, fomenta inseguridad en busca de seguridad. Vende pesimismo. Y transfiere dilemas irresueltos: cualquier rincón oscuro del planeta, según su léxico, puede correr la suerte de Irak si los sabuesos del servicio de inteligencia olfatean armas de destrucción masiva, petróleo, hidrocarburos o deudas de papá Bush.

¿Qué venden los demócratas? Un enemigo común no significa una defensa común, advierten, conciliadores con la vieja Europa. Ni mucho menos una respuesta común. En la falta de acuerdo ha primado, también, la diferencia. Ni uno, Bush, es inocente por haber planteado el unilateralismo con las venias de Blair y de Aznar; ni otros, como Chirac, Schröder y Putin, son ingenuos por haber planteado el multilateralismo con las venias de varios gobiernos.

Kerry, al igual que la mayoría de los congresistas demócratas, apoyó la guerra. A esa guerra, la primera de la doctrina de seguridad nacional remozada en septiembre de 2002, están sujetos contratos de compañías que respaldan candidatos republicanos y demócratas en las elecciones, pero, a su vez, están sujetas las vidas de los soldados. Más de la mitad de los norteamericanos cree que Bush exageró la amenaza que significaban Saddam y sus armas de destrucción masiva. Es decir, que mintió.

Clinton también mintió. Por motivos parecidos, Kerry debió refutar versiones sobre un amorío con una pasante como Monica Lewinsky. Y debió explicar su presencia en una foto de 1970, cerca de la actriz Jane Fonda, en un acto contra Vietnam, convertido, después de las medallas, en un feroz opositor. Fue una forma poco sutil de los republicanos de bajarle el rating entre los veteranos de guerra. La Casa Blanca ha llegado al extremo de divulgar hasta los registros dentales de Bush con tal de probar que prestó servicios entre 1968 y 1972.

Irak queda tan lejos de los Estados Unidos como Tanzania, para unos, y como México, para otros. ¿Quién garantiza que la ocupación del país, correlato de la guerra, con un centenar de muertos en 24 horas, no desemboque en una dictadura, como en Haití (Duvalier), en la República Dominicana (Trujillo) o en Nicaragua (Somoza)? Sobre todo, en momentos en los cuales la primacía de uno hace mudos los reclamos de otros.

Sin una fuerza centralizada y dominante como los imperios pretéritos, el poder real queda expuesto a situaciones inverosímiles. Tan inverosímiles como un nuevo embajador de Brasil en los Estados Unidos, Roberto Abdeneur, que, en lugar de intentar ser simpático a su arribo, justifica los sentimientos antinorteamericanos de medio planeta, o más, por los afanes hegemónicos de Bush, después de que su país implantara controles migratorios discriminatorios contra los norteamericanos. Tan inverosímiles, también, como las fundadas sospechas de Adolfo Aguilar Zinser y José Gabriel Valdés, ex embajadores mexicano y chileno ante las Naciones Unidas, respectivamente, de que sus teléfonos hayan estado intervenidos mientras promediaba el debate sobre la guerra en el Consejo de Seguridad.

¿Qué ha sido del respeto que infundían los Estados Unidos como espejo, y reflejo, de la libertad, de la democracia y de la tolerancia? Está intacto, pero pierde acciones. En ello han influido tanto la rabia, proclamando unilateralmente la guerra en un rincón oscuro del planeta, como el desdén hacia todo aquello que no estuviera ligado al trauma inicial del paradigma: el 11 de septiembre como excusa o comodín, revelando que no existen dos polos, como antes de la caída del Muro de Berlín, sino dos mundos.

Dos versiones de Europa. Dos versiones de Occidente frente a una tercera fuerza, el terrorismo. Que no ha unido, como la amenaza soviética, sino dividido, por más que ninguna de las dos versiones de Europa o de Occidente se haya mostrado tibia con él, como con la Unión Soviética, China y sucursales.

Al mundo le falta un tornillo desde el final de la Guerra Fría. Un factor de unión, digo. En el colapso primaron las mentiras, poniendo en tela de juicio la honestidad de Bush, así como la honestidad de Blair (o Clinton reciclado), por los errores de sus servicios de inteligencia.

Los europeos, no siempre tolerantes, no entienden la intolerancia de los norteamericanos. Piensan que se han encerrado en sí mismos. Que refutan su tradicional idealismo. Y que están cometiendo el mismo error que ellos a comienzos del siglo XX, vendiendo pesimismo y fomentando la guerra. Consumen, empero, la misma cultura, propensa a generalizar cuando, en realidad, ni un Estado de la Unión es igual a otro, ni un país de Europa es igual a otro.

La integración, virtud más norteamericana que europea, ha acentuado la diferencia: un general Sánchez (es decir, un hispano) a cargo de sus tropas en Irak es más frecuente que un turco a cargo de una multinacional alemana. Y un general Clark, derrotado en las primarias demócratas, es más frecuente cerca de Kerry que cerca de Bush.

Por más que Kerry haya protestado contra Vietnam después de Vietnam. Terra ignota para Bush, como el ketchup Heinz (propiedad de doña Kerry) con el cual Clinton, mientras era presidente, solía untar las french fries. Perdón, las papas libertad. Que más de medio planeta, no exagero, llama vulgarmente papas fritas.



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