Hasta la vista, Davis




El triunfo de Schwarzenegger implica, en principio, un espaldarazo para Bush en un Estado adverso para su partido

Antes de que Ronald Reagan, clase B, fuera Ronald Reagan, clase A, y de que Bill Clinton fuera Bill Clinton, o el mejor de su clase, según uno de sus biógrafos, Marilyn Monroe había sido amante del tío de la mujer de Arnold Schwarzenegger. De JFK, una marca registrada. Por el costado demócrata latía el costado republicano de Schwarzenegger, anhelando recorrer la huella del cowboy que supo ser gobernador de California, primero, y presidente de los Estados Unidos, después, más allá de haber incurrido con sus relaciones impropias, traducidas en denuncias por acoso sexual, en la inconducta del gobernador de Arkansas que supo ser, también, presidente de los Estados Unidos.

En abril de 2001, Schwarzenegger se reunió con Karl Rove. El cerebro político de George W. Bush, sospechoso ahora de haber ventilado información secreta sobre la guerra contra Irak, no reparó en los bíceps de su interlocutor ni en la taquilla de sus películas, sino en sus posibilidades. Reparó, en especial, en las posibilidades de recuperar la gobernación de un Estado que, como quinta economía del planeta, reporta en forma individual el mayor número de electores presidenciales.

En él cayó Bush, frente a Al Gore, en 2000. ¿Por qué no apostar por un aparente outsider (ajeno a la política) con tal de invertir la tendencia, casi siempre esquiva para los republicanos, en 2004? Rove concluyó: si Reagan alcanzó la presidencia después de haber sido gobernador de California; Clint Eastwood fue alcalde de Carmel, California, hasta que optó por dedicar más tiempo al cine que a la política; el finado Sonny Bonno (ex de Cher) llegó a ser congresista por California, y un titán del ring como Jesse Ventura, alias The Boddy, manejó los destinos de otro Estado, Minnesota, por qué Arnie no podía tener su oportunidad.

Debía esperar; ser paciente, empero. No era un outsider, en realidad: en 1989 colaboró con papá Bush en el Consejo de Deportes y Forma Física de la Casa Blanca. Detrás de él, o de su candidatura, estaban algunos pesos pesados de las filas republicanas, como el senador John McCain, el inversor Warren Buffet y George Shultz, ex secretario de Estado. El crédito de Bush (hijo) iba a llegar después. No del todo efusivo por su adhesión al aborto y al consumo de marihuana con fines médicos. Era un poco liberal para su gusto. O tenía un costado liberal por influencia de su familia política.

Schwarzenegger tampoco era un improvisado, por más que sólo 65 firmas y 3500 dólares fueran los requisitos para ser candidato en el recall (elección especial de destitución). Que nada tenía de pintoresco: en juego estaba la permanencia, o no, del gobernador Gray Davis, demócrata, reelegido en 2002 con una abstención superior al 50 por ciento.

Tres años antes, el superávit de las cuentas estatales rondaba los 10.000 millones de dólares. Davis, respaldado por la oposición republicana, bajó los impuestos. Firmó con ello su sentencia: la economía del país se desplomó, Sillicon Valley no resistió la caída de las puntocom y California tuvo una crisis energética fenomenal. Que derivó en aumentos de las tarifas mientras los suyos rechazaban recortes y los otros rechazaban reajustes. El resultado: un déficit de 38.000 millones de dólares.

La sensación de descontento crecía: la gente convenía en que los políticos no se ocupaban de sus problemas corrientes. Esa premisa, el enojo con el statu quo, acentuó la necesidad de Schwarzenegger de instalar su perfil de outsider, reforzando algo tan caro como el sueño americano. Del self made man (hombre hecho a sí mismo), en particular.

En un Estado en el que uno de cada cuatro habitantes ha nacido fuera de los Estados Unidos, su origen austriaco (nacionalizado norteamericano en 1983), así como el acento Conan de sus películas, no iba a obrar en su contra. Tampoco iba a obrar en su contra la imagen de depurador de la política. Un militante antiimpuestos, Ted Costa, financiado por el congresista republicano Darrell Issa, vio la veta en la letra chica de la Constitución de California: convocar a elecciones extraordinarias en casos de crisis. En julio había reunido 1.300.000 firmas; necesitaba 897.158.

Rebelándose contra las máquinas en Terminator III y contra los políticos en California, Schwarzenegger seguía el consejo de Rove: debía esperar; ser paciente. Hasta el 6 de agosto no era candidato, sino puntal de otro candidato: Richard Riordan, republicano moderado, ex alcalde de Los Angeles. Esa noche estaba invitado a uno de los programas de televisión más populares de los Estados Unidos: The tonight show, conducido por el cómico Jay Leno. En la antesala habían pactado que iba a desistir de una eventual carrera por la gobernación.

En ese tipo de programas se sentía más cómodo que en los periodísticos. Sobre todo, porque estaba en su salsa: el espectáculo. Leno lanzó la pregunta: Arnold, ¿vas a ser candidato? Y Schwarzenegger pasó a ser Teminator: voy a ser candidato, respondió, dejándolo helado. En su casa, Riordan saltó del sillón: renunció al día siguiente y anunció que iba a apoyarlo. La señal de Rove, finalmente, había llegado. Con un gesto casi simultáneo de Bush: sería un buen gobernador, aventuró.

¿Qué medió entre el no y el sí? Una evaluación de riesgos. Entre ellos figuraban desde anécdotas odiosas (su padre, Gustav Schwarzenegger, era policía de la Alemania de Hitler y él, de chico, solía chocar talones, simulando ser un oficial de las SS, al son de marchas nazis) hasta trapitos al sol (denuncias de uso de esteroides anabólicos para aumentar su masa corporal mientras era Mister Universo y de acoso sexual en sets de filmación). Después de Clinton, ¿quién iba a sorprenderse? El costado demócrata ayudaba al costado republicano, así como el disgusto de la gente por la gestión de Davis.

Un gobernador en deuda iba a representar agua para el molino de Bush, con viento en contra por las esquirlas de Irak. Lo cual nunca es una garantía: que California, Florida (con el hermano Jeb), Nueva York, Texas, Maryland y Massachusetts, entre otros, estén bajo dominio republicano no significa que después, en las elecciones presidenciales, voten necesariamente por ellos.

En California, los ultraconservadores son tan infrecuentes como las rubias en Nigeria. Más aún en Hollywood. Sharon Stone, Barbra Streisand, Robin Williams, Meryl Streep, Steven Spielberg y otros recrearon, durante el escándalo Monica Lewinsky, la idea del bastión demócrata. En aceras opuestas militaban republicanos confesos, y donantes habituales en campañas, como Charlton Heston y Kevin Costner. Como Schwarzenegger, también.

¿Puede haber un efecto en cadena después del recall en California? En otros 17 Estados rige la cláusula constitucional por la cual una determinada cantidad de firmas implica el llamado. O el alerta. Sería una rebelión electoral, más que otra rebelión de las máquinas, en la cual, lejos de la filiación partidaria o de la posición ideológica, clones de Schwarzenegger arrasarían, con falsa imagen de outsiders, las bases del statu quo.

Difícil, convengamos. Reagan hubo uno solo. Clinton hubo uno solo. Y Schwarzenegger, más allá de las eternas versiones de Terminator, no hay más de dos: Reagan y Clinton a la vez. Hasta la vista, Davis.



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