El cólera y la cólera




El terremoto de enero de 2010 mató a 220.000 personas y demolió medio millón de viviendas. Nueve meses después, el cólera, antes concentrado en el campo, comenzó a hacer de las suyas en la ruinosa capital de Haití, Puerto Príncipe. Sobre llovido, el huracán Thomas mató un mes después a una veintena de personas, destruyó otras 6610 viviendas y, al provocar inundaciones, contribuyó a propagar la enfermedad. Desde octubre, el cólera dejó un tendal de 4030 muertos y 209.034 infectados, según cifras oficiales. Unas 50 personas también murieron por su causa: las lincharon, acusadas de usar la brujería para transmitirlo. Antes habían sido señalados los soldados nepaleses de las Naciones Unidas.

El cólera desató la cólera. En un solo año, acaso a tono con su trágica historia, Haití sufrió más desgracias que varios países en décadas. Ni las presidenciales celebradas el 28 de noviembre despejaron las dudas sobre un futuro tan incierto como la cena de hoy: fueron fraudulentas, concluyó la Organización de los Estados Americanos (OEA). Pedradas, tiros, cuatro muertos más y otros tantos heridos enturbiaron la inestable situación, apenas dominada por René Preval, presidente a plazo fijo hasta el 7 de febrero. La pareja de su hija, Jude Celestin, logró una plaza para la segunda vuelta detrás de la candidata más votada, Mirlande Manigat, esposa del efímero presidente Leslie Manigat, depuesto por un golpe militar en 1988.

La segunda vuelta, prevista ahora  para el 20 de marzo, debió realizarse el 16 de enero. En su lugar, los haitianos se desayunaron ese domingo aciago con el sorpresivo regreso al país, tras 25 años de exilio, del dictador pretérito Jean-Claude Duvalier, alias Baby Doc. En un gesto no del todo claro, algo también usual en esas latitudes, el partido oficialista Inite (Unidad) decidió destrabar poco después el proceso electoral: arrió la candidatura de Celestin para “evitar las sanciones de la comunidad internacional”. Era una de las recomendaciones de la OEA. El cantante Michel Martelly, tercero en los amañados comicios, será el rival de Manigat.

En Haití, la política es como el vudú: lidia con la leyenda negra de los zombis o muertos vivos. No existen, en realidad. Son una invención que, al parecer, llegó a los oídos de los militares norteamericanos durante la ocupación del país, entre 1915 y 1936, y nutrió el filón de Hollywood para captar espectadores poco exigentes con películas de escasa calidad. Los houngans y bokors (sacerdotes y hechiceros) no matan gente con muñecos atravesados con alfileres. Detrás del misterio de los zombis hay una sustancia extraída del pez globo, la tetrodotoxina. Provoca parálisis facial y reduce el metabolismo al mínimo hasta apurar la muerte. La usaban algunas sociedades secretas en castigos, no para revivir a los difuntos.

Ocho de cada 10 haitianos profesan el vudú, con sus ritos, su magia y sus 401 dioses de origen africano, pero, curiosamente, no reniegan del catolicismo. La mayoría lleva cruces en sus cuellos. Cada 16 de julio, marchan de punta en blanco a su lugar de culto, Saut d’Eau (Salto de Agua), donde, en 1847, creen  que apareció la Virgen del Carmen encima de una palmera y curó a muchos enfermos en las cascadas sagradas. El contacto con el agua, que cae a raudales, es el momento culminante de la procesión. Antes algunos se sacuden imitando el movimiento de las serpientes; se sienten poseídos por un dios de nombre Damballah-Wedo. De él deriva la palabra zombi (nzambi), que significa dios.

Los haitianos no temen a los zombis, sino a convertirse en ellos a causa de la corrupción y la pobreza. En el trasvase de la droga hacia Estados Unidos residiría el origen de la inmensa fortuna de Baby Doc, presidente vitalicio desde los 19 años. Tomó la posta de su padre, François Duvalier, alias Papá Doc, en 1971. Al partir rumbo al exilio en París, en 1986, su patrimonio era de 800 millones de dólares, cuatro veces el presupuesto anual del país. De vuelta a casa, cual actor de una película clase B, se solidarizó con “profunda tristeza” con las víctimas de la dinastía familiar (entre ambos ordenaron matar a 60.000 personas) y abogó por “la reconciliación nacional”. Lo vivaron a precio vil: un dólar y monedas por cabeza.

Era lo último que necesitaba Haití: que un zombi con prontuario deambulara en forma desvergonzada por sus precarias calles de polvo y tierra. ¿Por qué se atrevió a regresar? El gobierno suizo, indignado tras el terremoto de 2010, congeló 5,7 millones de dólares acreditados en sus cuentas bancarias y decidió devolver al pueblo haitiano ese dinero “de origen criminal”. La ley entrará en vigor el 1º de febrero. De no mediar una querella, Baby Doc estaría en condiciones de reclamar aquello que considera propio, por impropio que sea. Se fió de la debilidad del sistema judicial haitiano.

Le duró poco la corazonada. Preval, concentrado en la candidatura de su yerno, titubeó hasta prohibirle salir de Haití. En cuestión de horas, inculpado de corrupción, desvío de fondos públicos y asociación ilícita, Baby Doc acumuló varias demandas por crímenes de lesa humanidad. Era ridículo que un año después del terremoto, arropado “por jóvenes que no me conocen”, se mostrara dispuesto a cooperar en la reconstrucción del país que, sin terremoto ni cólera ni huracán, contribuyó a devastar.



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