La última tentación de Castro




En la mirada de Elián parece cobrar vida una observación del principito: «Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles explicaciones una y otra vez». Parece cobrar vida, también, una observación del piloto después de haberse visto obligado a aterrizar de emergencia: «Estaba más aislado que un náufrago en una balsa en medio del océano». Estaba en medio del desierto, en realidad.

Elián González está ahora en medio del desierto, o del océano, mientras los mayores, impiadosos, usan su nombre de pila con tal de sacar rédito de una causa política que lleva más de cuatro décadas: el régimen de Fidel Castro, embargado.

Nombre raro Elián. Original, por cierto. Pero raro. Combinación imperfecta de Elizabet y de Juan. Tres letras de la madre, dos del padre y, cual signo de identidad, un acento indiscreto, latino. Nombre raro de un chico raro en un mundo raro en el cual, rareza al fin, soporta el asedio de los mayores, como el principito, después de haber vivido las peripecias de un náufrago, como el piloto de la avioneta (Antoine de Saint-Exupery, su autor).

Menuda faena para un chico de apenas seis años, único sobreviviente del naufragio, que arribó a Fort Lauderdale, Florida, el 25 de noviembre de 1999, Día de Acción de Gracias, después de casi 60 horas de ayuno, deshidratación, desesperación y locura en medio de la nada. Guiado y protegido por los delfines en el tubo neumático al que, se supone, había sido asido por su madre.

Como quería ella, Elián está en Miami en compañía de parientes lejanos que pretenden hacerse cargo de su crianza. Pero el padre biológico vive en Cuba y, como tal, tiene el derecho de reclamarlo. No hubo pesquisa capaz de demostrar una relación distante entre ellos, por más que Juan Miguel González y Elizabet Brotons Rodríguez estuvieran separados desde 1997.

¿Quién tiene razón, entonces? El Servicio de Inmigración y Naturalización de los Estados Unidos, la Migra que procuran burlar los indocumentados latinoamericanos (en especial, cubanos y mexicanos), dispuso de inmediato el regreso de Elián.

Pero aparecieron los tiburones, como el senador Jesse Helms y el representante Dan Burton (autores de la ley que endurece el embargo contra la isla), con la sana intención de concederle la ciudadanía norteamericana.

Un gesto noble si Elián fuera el principito o el piloto. Detrás de ellos, sin embargo, no está la Virgen de Guadalupe, instalada en su cuarto, sino el exilio cubano de Miami, grupo disperso de gran poder económico que haría cualquier cosa con tal de derrocar a Castro.

Castro, a su vez, tampoco iba a perderse la oportunidad de remover sus viejos rencores contra los Estados Unidos en su afán de insistir con los reproches contra el embargo. Reproches a los que les debe haber sobrevivido, cual náufrago, a todos los presidentes norteamericanos desde 1959.

Justo en momentos en que, por presión de compañías afectadas por no poder invertir en la isla, más que por amor al prójimo, la Casa Blanca y el Congreso evalúan una gradual reducción del embargo.

Elián debe de preguntarse, haciéndole señas a su inocencia, por qué hay tanto alboroto a su alrededor, convencido de que su madre perdió la memoria y deambula por Miami. Y debe de preguntarse, también, por qué los mayores sólo llaman tiburones a los monstruos de dientes desparejos que devoraron a los otros 13 que iban con él en el frágil bote de Lázaro Munero, el buscavidas que salía con Elizabet.

En Cuba no hablan de la crónica de un naufragio, sino de las miserias de un secuestro. Y machacan con un latiguillo: la Operación Peter Pan, título de un libro escrito por un abogado que se especializa en emigración y cuestiones religiosas, Ramón Torreria Crespo, y por un coronel retirado, José Buajasán Marrawi, que describe el éxodo de los balseros como un complot de la CIA y de todas las siglas que el Pentágono y compañía supieron conseguir.

Puro panfleto inoportuno, por más documentado que esté, en medio de los tironeos a los que está expuesto Elián, cada vez más acostumbrado a ver su rostro por televisión. Que, como reverso de la misma moneda, encuentra su réplica en el abrumador incremento de la gente que intentó huir de Cuba en 1999, el doble que en 1998, y en las más de 60 víctimas que alimentaron tiburones, sólo el año pasado, en los escasos 145 kilómetros de azaroso recorrido sobre las olas encrespadas que rompen en Miami.

Lejos de admitir que las muertes son consecuencia de la cerrazón por la cual sigue en el poder, la última tentación de Castro es recuperar a Elián. Que vuelva a casa, que ocupe de nuevo su pupitre (intocable, algo así como un nuevo santuario de la juventud comunista) y que note la diferencia entre el sabor natural del mango y el colesterol implícito de la hamburguesa. Celo que no demostró por su propia hija, Alina Fernández, a la buena de Dios desde que salió de incógnito, en avión, rumbo a Madrid; ella supo de él sólo a los 10 años de edad.

Que Elian no crea, por ejemplo, que Disney World es mejor que el Malecón, ni que la Estatua de la Libertad representa algo en particular. Que crea que lo esencial es invisible a los ojos, como enseña el principito. Y que viva con la duda sobre la suerte de su madre: no la mató un sistema perverso, sino el agresor de enfrente. Eso de que los niños son los únicos que saben lo que quieren, como también enseña el principito, no es más que un cuento infantil, créeme.



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