La utopía por otros medios

El anuncio del acuerdo de paz con las FARC ha puesto fin a la lucha armada en América latina, según el ex guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos, consultor para la resolución de conflictos internacionales




Villalobos: “Durante la Guerra Fría, el requisito para gobernar cualquier país del continente no era ser democrático, sino anticomunista”

Por Jorge Elías

En América latina, la lucha armada contemporánea empezó el 26 de julio de 1953 con el asalto al cuartel Moncada, prólogo de la Revolución Cubana, y terminó el 23 de junio de 2016 con el anuncio del acuerdo de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en La Habana. Es la impresión del ex guerrillero Joaquín Villalobos, reflejo del cambio después de haber sido uno de los principales estrategas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en su país, El Salvador, y de haberse convertido en profesor de la Universidad de Oxford y consultor para la resolución de conflictos internacionales.

Al FMLN, transformado en partido político, pertenece el presidente de El Salvador, Salvador Sánchez Cerén. En los años de plomo también empuñaron las armas el ex presidente uruguayo José Mujica y Gustavo Petro, alcalde de Bogotá. En Brasil y Chile, Dilma Rousseff y Michelle Bachelet militaban en la clandestinidad contra las dictaduras militares de sus países. La metamorfosis, según Villalobos, despeja un camino sembrado de dudas por retos irresueltos: la inseguridad, sombreada por el narcotráfico, y la corrupción. “Durante la Guerra Fría, el requisito para gobernar cualquier país del continente no era ser democrático, sino anticomunista”, me dice.

La paz en esta instancia puede provocar más rechazos que adhesiones. Las tensiones minan la confianza ciudadana con teorías conspirativas sobre la transición. La consigna “negociación es traición”, utilizada antes en El Salvador y ahora en Colombia, expresa el miedo al cambio sin reparar en la evolución nacional e internacional frente al conflicto en sí. “En Colombia, durante 34 años, nueve gobiernos y siete presidentes se encadenaron positivamente a pesar de las diferencias realizando cada uno tareas importantes que permitieron construir la oportunidad para la paz que el actual gobierno decidió tomar”, concluye Villalobos.

Donde hubo lucha armada estuvo ausente el Estado. “Todo proceso de pacificación supone el riesgo de transitar de la violencia organizada, que es la guerra, a la violencia anárquica, que es la actividad criminal”, rubrica, invitado a Argentina por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) por instancias del Ministerio de Seguridad de la Nación. La violencia termina siendo algo así como la partera de la historia. O, en sus palabras, “un agente de cambio”. En El Salvador, más allá de su discrepancia con el presidente Sánchez Cerén, “la idea de Estado mínimo en un país en posguerra hizo que el problema social de las pandillas juveniles terminara convertido en un poderoso problema criminal”. Habla de las maras.

En los 63 años de lucha armada en la región, así como en el comienzo y el final de ese período, todos los caminos conducen a Cuba, “promotor de la violencia aprovechando los conflictos existentes”, señala. En El Salvador, la guerra finalizó en 1992 con la firma de la paz en Chapultepec, México. Dejó 75.000 muertos desde los años setenta. Villalobos, con 25 años de clandestinidad y 12 de guerra sobre sus espaldas, admitió sus culpas. ¿Qué hubiera pasado de haber sido diferente el desenlace? “Eso me lo dijo Fidel Castro: podrían haber ganado la guerra, pero hubieran perdido la paz”, responde. El resultado, cree, “fue el mejor”.

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