Si yo fuera tú, me enamoraría de mí




Con la propuesta del escudo antimisiles, el presidente norteamericano no convenció a sus aliados de la OTAN

MADRID.– Después de los dragones que supo despertar el fuego verbal con China por el aterrizaje forzoso del avión espía norteamericano EP-3 en la isla Hainan, George W. Bush dejó una imagen de dureza a prueba de pedicuros. O de sierras eléctricas. Reforzada, en su primera gira por Europa, con una ingrata coincidencia: la ejecución de Timothy McVeight, reprobada fuera de los Estados Unidos por la poca simpatía que despierta tanto su rigor mientras era gobernador de Texas como la pena de muerte en sí.

La seducción, sin embargo, comienza desde la base. No de lanzamiento de misiles, sino de trato igualitario. Actitud que Bush, más familiarizado con la energía sureña trasladada a Washington que con la paciencia oriental y con la diplomacia europea, procuró manejar con pulso de modista, entre puntada y puntada, frente a los líderes de la alianza atlántica (OTAN).

Entre los cuales, lejos de una aprobación unánime, obtuvo un pero rotundo con su idea de tender una malla protectora sobre los países que considera aliados ante la posibilidad de que algún loco oprima el botón y descargue su ira sobre ellos. Tan posible como una lluvia de meteoritos y, a la vez, tan imposible como una tormenta de verano.

El riesgo existe, pero… Houston, tenemos un problema: la malla protectora, o el escudo antimisiles, ha fracasado en tres ensayos. Un misil intercontinental Minuteman, lanzado desde la base de Vandergerg, California, hacia el Pacífico, acertó el blanco hipotético por el derrotero errático de otro misil, llamado interceptor, disparado desde las islas Marshall. Fue como si el paraguas no se hubiera abierto en medio del aguacero. O estuviera lleno de agujeros.

Bush baraja otras alternativas. Como la puesta en órbita de 11 satélites que detectarían misiles enemigos y pondrían el grito en el cielo, o desde el cielo, de modo de que sean advertidos por radares terrestres. Que, a su vez, harían despegar misiles aliados desde bases o desde buques. Señal de que los extraterrestres deberán pensar seriamente antes de decidir una virtual invasión a la Tierra.

En la Tierra, no obstante ello, el mensaje de Bush trocó de lapidario en conciliador. Procuró debilitar resistencias con un costado, el izquierdo, mientras desentumecía la mano derecha, hecha puño desde el intercambio de desplantes con Jiang Zemin. Y, asimismo, labró en piedra una realidad: el final de la Guerra Fría, aún viva por el Tratado contra Misiles Balísticos de 1972, rubricado por los Estados Unidos y la entonces Unión Soviética. AMB, las siglas en inglés.

Idioma tan rechazado en Francia como el menú de McDonald’s. O como la concepción de un nuevo escenario estratégico en el cual, según el presidente Jacques Chirac, la mera instalación del escudo no sería más que una formidable invitación con letras doradas a una carrera armamentista en la cual los países europeos correrían el riesgo de morder la banquina y estrellarse contra sí mismos por la réplica inmediata de aquellos que, como Irak, Libia o Corea del Norte, no adhieren al reglamento de buena convivencia dictado por Occidente.

Son vecinos molestos, o peligrosos, según la óptica norteamericana, que el consorcio no puede, o no sabe, manejar. Con un precedente: la defensa de pobres y ausentes, los albaneses de Kosovo, frente a la tiranía de Slobodan Milosevic. Y un efecto colateral: la cólera de China y de Rusia. País con el cual, según los líderes de la OTAN, Bush debería negociar mano a mano el borrón, y cuenta nueva, del tratado ABM en lugar de comprometer a medio mundo con su visión, o versión, del apocalipsis.

Tanto Chirac como el canciller alemán, Gerhard Schroeder, temen que el escudo tape el bosque.  Es decir, que el eventual propósito de los Estados Unidos sea disponer de una mayor capacidad de acción en Europa en desmedro de la OTAN en vísperas del debate sobre su ampliación y, al mismo tiempo, de un cambio que, en verdad, unos tardan en digerir, o en admitir, más que otros.

Frente a él, sonríe, yo existo. Bush, en verdad. Por más que él haya sabido, antes de cruzar el Atlántico, que si necesitaba una mano, sólo iba a encontrarla en el final de su brazo. O, a lo sumo, en Silvio Berlusconi y en José María Aznar. Más a la derecha, o respetuosos del interés nacional norteamericano, que la socialdemocracia europea en la que zigzaguea, entre progresista y conservador, Tony Blair con su tercera, tercera al cuadrado o cuarta vía.

Detrás de las diferencias ideológicas prima un criterio de unidad: los Estados Unidos necesitan tanto a la Unión Europea como la Unión Europea necesita a los Estados Unidos. Que uno diga una cosa y que el otro diga otra no significa que no haya ida y vuelta permanente. Por más que hablen idiomas diferentes. Tan diferentes, a veces, que Bush mostró el costado derecho, más que el izquierdo, desde el momento en que decidió echar por tierra los controles de las emisiones de gases, causa del calentamiento global, por el lobby de la industria de su país.

Un grano más en un sarpullido de denuncias por el contrabando de cigarrillos norteamericanos, el bloqueo de las fusiones de grandes cadenas de comunicación y el embargo contra la carne de Europa por la resurrección de la aftosa. Que, como contrapartida, y sin relación aparente, dejó a los Estados Unidos sin representación en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas por decisión de 53 países. Entre ellos, China y Francia, contradiciendo una regla no escrita: los miembros permanentes del Consejo de Seguridad suelen votar a favor de sus pares en esos ámbitos.

Quizás haya sido consecuencia del repliegue de Bush desde el incidente con China. O de su posición unilateral sobre el envejecimiento del tratado ABM, símbolo de los temores de la Guerra Fría, y de la necesidad de cambiarlo por un esquema nuevo, más a tono con la globalización, en el cual somos todos iguales, pero, bueno, muchachos, los Estados Unidos son más iguales que los otros.

La necesidad de Bush, después de haber reprobado en política exterior durante la campaña electoral, era mirar a los ojos a sus pares de la OTAN. Y, según él mismo, ver sus almas. Palpar el efecto de sus palabras y, a diferencia de Washington, familiarizarse con la realpolitik europea. Menos previsible, en principio, que la norteamericana. Con actores más dinámicos. Capaces de propiciar la aparición de Haider, la conversión de Blair o la resurrección de Berlusconi.

A diferencia de Bill Clinton, más allá de las diferencias comerciales con la Unión Europea durante sus ocho años de gestión, Bush no alquila una mirada incisiva y un guiño seductor, ideales para fiestas, reuniones y banquetes. Pero no deja de ser el único presidente que, mientras no haya extraterrestres cerca, puede ir a contramano del mundo, salvo que el Congreso de su propio país se oponga. Tómalo o déjalo: si yo fuera tú, me enamoraría de mí.



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