Recuerdos del futuro




Cambian los candidatos y los partidos, pero no cambia la percepción de las mañas que tantas veces se le criticaron al PRI

Le advirtieron cierta vez a Adolfo López Mateos, presidente de México entre 1958 y 1964: “No son pocos, señor, quienes se aprovechan de la generosidad de usted y están hincándole el diente al presupuesto”. No lograron incomodarlo, parece. Sonrió, según el escritor Rafael Loret de Mola. Sonrió y extrajo la cajetilla de Delicados que siempre llevaba consigo. Encendió uno, tranquilo. “Cada mexicano tiene la mano metida en el bolsillo de otro mexicano… ¡y pobre de aquel que rompa la cadena!”, concluyó mientras exhalaba la primera bocanada de humo.

¿Rompió la cadena Vicente Fox, el primer presidente ajeno al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 71 años? Lo prometió, al menos. Desde 2000, los mexicanos vislumbraron un cambio profundo. Tan profundo que iban a sepultar aquello que en 1929 el presidente Plutarco Elías Calles llamó sistema político e iban a concebir una democracia a secas en la cual no fuera necesario, o imprescindible, que un partido garantizara la sucesión presidencial.

Indicios de ello había dado Cuauhtémoc Cárdenas, líder del Partido de la Revolución Democrática (PRD), de centro izquierda, con su triunfo en las elecciones para la jefatura de gobierno del Distrito Federal en 1997. En esos tres años, entre 1997 y 2000, con un presidente que contribuyó al cambio, Ernesto Zedillo, el último del PRI, los miedos desayunaban optimismos y los fraudes merendaban fracasos. Era un país distinto e igual al mismo tiempo. Un país mejor.

Una vez en Los Pinos (sede del gobierno), Fox se propuso encarar de inmediato la reforma estructural de la economía, entre otras iniciativas. Debió lidiar, sin embargo, con un fenómeno desconocido: el PRI en oposición, el PRD en expansión y el Partido Acción Nacional (PAN), del cual se valió para ganar las elecciones con una estructura paralela, en guardia.

En el sexenio surgió un escollo con sobrenombre curioso, Peje, de pejelagarto, pez típico del Estado de Tabasco, y sigla globalizada, AMLO, de Andrés Manuel López Obrador. Un escollo que, con Lázaro Cárdenas (padre de Cuauhtémoc) y Benito Juárez como modelos y el subcomandante Marcos como ejemplo, venía a montarse en la cresta de la ola populista, más que izquierdista, que comenzó a sacudir a América latina. Esa ola que puso la mira en los enemigos de los enemigos de la gente, concentrados en el abstracto Consenso de Washington, más allá de las asociaciones libres con Hugo Chávez, Evo Morales, Ollanta Humala y compañía.

Era el reverso de Fox y del candidato por el PAN, Felipe Calderón, al cual no respaldó en forma explícita de modo de no incurrir en aquella rutina del PRI que se resumía en el dedazo (la elección a dedo del presidente siguiente para evitar investigaciones de su propia gestión). Con mayor sutileza, la disyuntiva era permitir que López Obrador, al cual quiso mandar preso, se convirtiera en acreedor o que Calderón se convirtiera en deudor mientras el candidato por el PRI, Roberto Madrazo, honraba su apellido materno, Pintado.

El aparato gubernamental que supo fraguar el viejo régimen, al servicio del candidato menos nocivo para Fox, demostró que la cadena no se rompió. No se trató de acarrear voluntades ni de comprar votos, como antes, sino de aplicar políticas sociales donde conviniera.

Lejos de agradecer favores, Calderón nunca midió hasta qué punto los escándalos de Fox (en especial de Martha Sahagún, su mujer) y sus promesas incumplidas perjudicaron su desempeño en elecciones que, en un país polarizado, cerca estuvieron de reeditar las amañadas victorias de Romano Prodi contra Silvio Berlusconi en Italia, de Angela Merkel contra Gerhard Schröder en Alemania, de George W. Bush contra Al Gore en los Estados Unidos o de Benjamin Netanyahu contra Shimon Peres en Israel.

Calderón no era el delfín presidencial: en las elecciones internas del PAN, en cuyo seno no abrazó el neopanismo de Fox, venció al candidato oficialista, Santiago Creel. Esas grietas nutrían los sueños de López Obrador, seguro de una clara ventaja. Oscurecida, finalmente, por dos fantasmas: el miedo y el fraude.

Ese miedo que en 1994, tras la aparición de los zapatistas de Marcos y el asesinato del candidato oficialista, Luis Donaldo Colosio, apuntaló la victoria de Zedillo. Y ese fraude que en 1988, tras una abrupta caída del sistema de cómputo de los votos, permitió que su antecesor, Carlos Salinas de Gortari, pasara súbitamente al frente después de ver que la tendencias favorecían a Cárdenas, candidato por el PRD.

La ventaja mínima de Calderón, de menos del uno por ciento de los votos, dejó en evidencia su debilidad: solo, no hubiera ganado. Fox se ahorró un enemigo, por más que no haya roto la cadena, pero el país se partió en partes iguales. En el reparto de Estados, el PAN y el PRD obtuvieron 16 cada uno. En ellos, por primera vez, el PRI no triunfó en ninguno.

López Obrador, a su vez, tuvo el mejor desempeño de un candidato por el PRD desde que se escindió el PRI. La premisa, no obstante ello, continuó: el presidente, sin dedazo de por medio, influyó en forma decisiva en volcar voluntades a favor de aquel que nunca tuvo intención de investigar su gestión y, ante la menor sospecha, de juzgarlo. Con un costo: de miedo y de fraude se habló en México con tanto ímpetu como cuando campeaba el antiguo orden.

La cadena quedó intacta. En beneficio de ella obró la polarización, así como la resurrección de los dos fantasmas recurrentes entre los mexicanos: el miedo y el fraude. López Obrador no impugnó los resultados en busca de la anulación de las elecciones de 2006, sino de la carrera hacia las elecciones de 2012.

Empezó a correrla apenas supo que, por poco, casi nada, la suerte iba a serle esquiva. Que ello sucediera no significaba que debía aceptar mansamente el resultado. No. En el ruido diseñó su estrategia desde las primeras escaramuzas con el PRI en su Tabasco natal hasta las últimas riñas con Fox en la ciudad de México.

“Somos enemigos de los egoístas, capaces de ser indiferentes a la miseria sin que se les conduela el corazón, porque la única víscera sensible que tienen es el bolsillo.” ¿Lo dijo López Obrador? Lo dijo Perón, en la ciudad de Santa Fe, en 1946. Pudo haberlo dicho, sesenta años después, cualquiera de los enemigos de los enemigos de la gente. Hasta Fox y Calderón, fieles guardianes de la cadena. Irrompible, inoxidable… ¡y pobre de aquel que la rompa!



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