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Cuando la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, expuso su desconfianza en “el sistema basado en reglas como la única forma de defender sus intereses”, los de Europa, estaba siguiendo la línea argumental del primer ministro de Canadá, Mark Carney, trazada en el Foro Económico de Davos con aquello de “la nostalgia no es una estrategia”. Frases sueltas y sensatas que provocaron réplicas. Sobre todo, la del presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa: “La Unión Europea debe defender el orden internacional basado en normas”.
Nadie lo duda, pero la realidad muestra la impotencia del continente frente a una nueva guerra, la de Estados Unidos e Israel contra Irán y sus satélites, que estalló poco después del cuarto aniversario de la invasión rusa de Ucrania. El mundo conocido no está en crisis. Dejó de existir, según Von der Leyen. “Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá”, abundó en detalles durante la conferencia anual de embajadores. El habitual idealismo burocrático de Bruselas dio paso de ese modo a una aceptación casi darwiniana del final del orden multilateral.
El realismo ha regresado con los intereses nacionales como brújula y el poder como principio organizador
Ese refugio, construido en la posguerra, primó durante décadas bajo la creencia de que el comercio, el derecho internacional y la interdependencia económica eran antídotos infalibles contra la barbarie. Si Rusia pudo intentar borrar del mapa a un vecino, ¿por qué otros habrían de respetar los límites de la diplomacia? La prioridad ha mutado: ya no se trata de ser el árbitro moral del mundo, sino de sobrevivir en él. En este “desorden competitivo”, como lo llama el periodista indio C. Raja Mohan, “confundir la difusión del poder con la creación de un nuevo orden es un error de cálculo que suele preceder a las tragedias”.
Si Guerra del Golfo de 1991 inauguró el orden mundial unipolar bajo el liderazgo de Estados Unidos, la Operación Furia Épica, en curso contra Irán, promete un nuevo cataclismo. No solo en Medio Oriente. Trump no tramitó la aprobación de la ONU para la guerra ni apeló a una coalición de dispuestos como George W. Bush contra Irak en 2003. Simplemente, no le agradaba el régimen de los ayatolás, como a muchos, y decidió bombardearlo con Israel. ¿En qué contexto? Vladimir Putin pone como condición la anexión de territorio ucraniano para quitar el pie de Europa; la tensión entre Pakistán y Afganistán se convirtió en una confrontación abierta, y los conflictos civiles hacen estragos en Sudán, Myanmar y todo el Sahel.
Lo advirtió el historiador francés Albert Sorel (1842-1906): cuando las doctrinas ya no corresponden a las realidades, estas últimas terminan por cobrarse venganza. El realismo ha regresado con los intereses nacionales como brújula y el poder como único principio organizador. Quizá, como escribió en la década del treinta el marxista italiano Antonio Gramsci mientras purgaba la cárcel, “la crisis consiste precisamente en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos”.
Cuando Estados Unidos decide no jugar con las reglas que creó, llenan el vacío potencias que no pretenden el equilibrio
Europa se enfrenta a una opción binaria: aferrarse a la nostalgia de sus hábitos y certezas o labrar su destino sobre la base de la autonomía estratégica. Una meta difícil debido a la regla de la unanimidad, la misma que suele paralizar al Consejo de Seguridad de la ONU. En la otra orilla del Atlántico, el resurgimiento del aislacionismo con la firma de Donald Trump y el sello de MAGA deja a sus aliados a la intemperie. La Unión Europea, en particular, seguirá pareciendo un gigante maniatado por sus propias cuerdas burocráticas mientras Hungría, por ejemplo, pueda bloquear un préstamo vital para la supervivencia de Ucrania.
Cuando Estados Unidos decide no jugar con las reglas que creó, llenan el vacío potencias que no pretenden el equilibrio, sino la hegemonía regional por medios coercitivos. China predica la multipolaridad mientras se aferra a una bipolaridad estricta. Rusia procura ser un actor disruptivo y acechante. India no anhela democratizar el orden global, sino asegurar su ascenso como nación indispensable mientras mira con recelo la inestabilidad energética causada por Irán. Otros países buscan desesperadamente acuerdos de seguridad para no quedar atrapados en las colisiones de los grandes, algo inevitable.

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