Durmiendo con el enemigo




Mientras camina por la playa, Joaquim Sassa encuentra una piedra “pesada, ancha como un disco, irregular”. La arroja al mar. “Como no llevaba bolsillos ni bolsa para guardar sus hallazgos, devolvía al agua los restos muertos cuando tenía las manos llenas, al mar lo que al mar pertenece, la tierra que se quede con la tierra”, relata José Saramago en su novela “La isla de piedra”. Luego, Sassa entra en pánico: teme haber provocado la separación de la Península Ibérica del continente europeo. La grieta se abre a la altura de los Pirineos, “convirtiendo ríos en cascadas y avanzando los mares unos kilómetros tierra adentro”. ¿Es culpa de Sassa o de la piedra?

En este año crítico para España, el impacto de la piedra arrojada por Sassa quizá sea del tenor de la voluntad de miles de catalanes que, congregados en la fiesta oficial llamada Diada y en el último partido de fútbol del Barcelona contra el Real Madrid, reclamaron la independencia. El presidente de la Generalitat, Artur Mas, intentó valerse del clamor de los suyos para negociar un pacto fiscal con el presidente español, Mariano Rajoy. Quedó latente la amenaza de soberanía de Cataluña. En vano procuró neutralizarla el rey Juan Carlos: «En estas circunstancias, lo peor que podemos hacer es dividir fuerzas, alentar disensiones, perseguir quimeras, ahondar heridas”.

Las circunstancias nunca son buenas si de arrojar piedras y disgregar países se trata, como ha sucedido con ETA en el País Vasco, el IRA en Irlanda, los sij en la India, los flamencos en Bélgica y el Frente de Liberación de Quebec en Canadá hasta el extremo de guerra desatadas por esa causa en distintas latitudes. Tampoco son previsibles las consecuencias, como ocurrirá el 25 de noviembre con el referéndum convocado por los catalanes para confirmar, a su vez, si hacen una consulta por la independencia. Tres de cada cuatro están de acuerdo. Con menos entusiasmo, en 2014, Escocia también someterá a la voluntad popular su virtual separación del Reino Unido.

Los divorcios territoriales no son exclusivos de Europa. Los hay, también, en América latina. Si el aleteo de una mariposa en China puede desencadenar un tsunami en los Andes, la ingenua reflexión de una reina de belleza de 21 años de edad, Miss Bolivia, pudo haber provocado una tempestad. En 2004, Gabriela Oviedo, aspirante a Miss Universo, no tuvo mejor idea que pensar en voz alta: “Desafortunadamente, la gente que no conoce mucho sobre Bolivia piensa que todos somos indios; es La Paz la imagen que refleja eso: gente pobre, gente de baja estatura y gente india.” En Santa Cruz de la Sierra, «somos altos, somos gente blanca y sabemos hablar inglés”.

Tocado, acaso herido por esas observaciones hirientes, el presidente Evo Morales recogió el guante tres años después en el Palacio Quemado: “Sólo piensan día y noche en cómo tumbar a este indio”. No reparó en el desparpajo de Miss Bolivia, sino en los rasgos de su gente. Una geografía humana surcada por un discurso apegado a la discriminación cual excusa de una división también política con ínfulas de ser formal. La informal es más honda que el lago Titicaca. Los Andes y la llanura. El Occidente frío y el Oriente templado. Las caras de los aimaras, quechuas y guaraníes de La Paz y las caras de los altos, blancos y anglófonos de Santa Cruz de la Sierra.

El controvertido alcalde de esa ciudad, Percy Fernández, soltó, como Miss Bolivia, aquello que antes no se decía: trazó el mapa político de la división de dos tercios del territorio. La nación de Oriente (Santa Cruz, Pando, Beni, Tarija, parte de Chuquisaca y Cochabamba), rica en hidrocarburos, y la nación de Occidente (La Paz, Oruro y Potosí), rica en minería. “A tiros, porque esto es a la mala”, amenazó.

En la Argentina y Chile, los mapuches han reclamado en su momento la independencia de un territorio denominado Reino de la Araucanía y la Patagonia. Un francés, Orélie Antoine de Tounens, que arribó a mediados del siglo XIX a Chile, llegó a presentar un mapa del territorio en cuestión. En Ecuador, grupos separatistas aducen que parte de la costa hasta Perú, incluyendo la isla Galápagos, corresponde a la Provincia Libre de Guayaquil, república independiente desde 1820 hasta 1822. En México también fluyen cada tanto los reclamos de independencia de algunas regiones, así como el Estado de Texas suelen apelar al nombre de república desde 1836.

Lo de Europa es más serio, quizá porque, en medio de una crisis que excede a la economía, acusa el impacto de uno de esos temblores que, como el final de era napoleónica en el Congreso de Viena de 1815, los horrores de las guerras mundiales o la caída del Muro de Berlín en 1989, va de ruptura en ruptura, más allá de haber obtenido el premio Nobel de la Paz. En diciembre de 2011, Gran Bretaña rechazó la propuesta de unión fiscal de Alemania y Francia. Dos consultas sobre independencias de territorios, más la posibilidad de que el nacionalismo vasco también vaya por ese camino, son algo así como la piedra arrojada por Sassa. Inofensiva, en apariencia; tan contundente como pensar en voz alta, en realidad.



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