Pretérito perfecto




Chile sorprende por el rescate de los mineros, no por abrevar demasiado en el pasado

En un año signado por la conmemoración del bicentenario del comienzo de los procesos de la independencia latinoamericana, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, pudo haberse dejado llevar por la manía regional de culpar a los otros –hasta a los propios mineros– de la desgracia. Optó por desafinar con un mensaje de optimismo y unidad, y concentrarse en sacarlos de las entrañas de esa trampa mortal en el inhóspito desierto de Atacama.

Los chilenos infirieron que, tras el feroz terremoto de febrero, debían confiar en sí mismos. Esa actitud colectiva, opuesta a la usual en países cercanos, está plasmada en un reciente informe sobre la democracia de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): los latinoamericanos se interesan más en el futuro que en el pasado.

El drama de los mineros no iba a resolverse con el espejo retrovisor, sino con la vista al frente. Es, quizá, la mejor metáfora de una región que ha vivido ensimismada durante mucho tiempo y que, en principio, está ahora más dispuesta a tirar pa’lante que a mirar atrás. Pocos se preguntan “qué hacer para evitar el regreso del autoritarismo”, agrega el copioso informe Nuestra Democracia.

De ser cierto, ¿por qué el conato de golpe de Estado en Ecuador y el relevo presidencial a la fuerza en Honduras alarmaron a la mayoría de los presidentes? Y, a su vez, ¿por qué Hugo Chávez exhumó el “esqueleto glorioso” de Bolívar, Néstor Kirchner hizo trasladar a San Vicente el ataúd de Perón y Tabaré Vázquez debió sofocar protestas por su intención de llevar los restos de  Artigas al Edificio Independencia? Dos décadas antes, Carlos Menem había repatriado desde Inglaterra los restos de Rosas.

En América Central, señala Andrés Oppenheimer en su libro ¡Basta de historias!, “los presidentes se piden prestados los restos de sus próceres para enterrarlos temporalmente en sus países o sacarlos a pasear un rato”. En 2009, Manuel Zelaya, el presidente de Honduras que iba a ser depuesto, le pidió a su par de El Salvador, Antonio Saca, “los restos del prócer de la unión centroamericana, Francisco Morazán, para sepultarlos” por un tiempo en Tegucigalpa. No logró su cometido, pero provocó un fenomenal debate entre tirios y troyanos por la absurda petición.

El culto a los muertos, así como la obsesiva revisión del pasado, no permite vislumbrar la vida dentro de un siglo, sino imaginarla en el siglo pasado o el anterior. Ningún episodio histórico concluye con una visión única. En Chile, me dijo hace un tiempo el ex presidente Ricardo Lagos, “todavía estamos discutiendo la patria vieja nuestra: si tenía razón O’Higgins o Carreras sobre lo que debieron hacer, cuando Chile fue vencido por las tropas españolas, en 1814. También hay visiones distintas sobre los motivos por los cuales se quebró la democracia en 1973. Donde no puede haber dos visiones es en algo que concierne a nuestro futuro: no queremos nunca más violaciones de los derechos humanos”.

Ese “nunca más”, grabado antes en la Argentina con el juicio a las juntas militares, era la apertura hacia el futuro, no el atasco en el pasado. Lagos, como Michelle Bachelet y Eduardo Frei, tenía más razones que otros presidentes de la región para cobrarse las heridas abiertas por la dictadura militar. Padeció la persecución y el exilio. De no haber sido detenido Pinochet en Londres por instancias de la justicia española, su gobierno habría terminado con el informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. Coronó ese recuento de horrores de los años de plomo con un discurso sobre “un mañana compartido para nuestros hijos. Un mañana construido, no sobre la base engañosa y frágil del olvido, sino sobre la base sólida de nuestra memoria histórica. Porque, compatriotas míos, no hay mañana sin ayer”.

Tampoco hay democracia sin instituciones. El informe de la OEA y el PNUD –dirigido por el ex canciller argentino Dante Caputo, por la OEA, y el economista colombiano José Antonio Ocampo, por el PNUD– da por sentada la consolidación de la democracia en América latina, más allá de las fallas que inquietan a los ciudadanos: la imprudencia fiscal, la exclusión social y la inseguridad. Es una apuesta al futuro, quizá como la actitud de Piñera tras la señal de vida de los mineros.

La misma pintura puede ser interpretada de distinto modo. A diferencia de China, la India, Singapur y Finlandia, Oppenheimer observa que en América latina “estamos anclados” en el pasado y  vivimos “demasiado metidos en la ideología“, como si fuera determinante ser de derecha o de izquierda. El mundo se divide ahora entre países abiertos y cerrados, no entre capitalistas y socialistas. China es horriblemente comunista en lo humano y despiadadamente capitalista en lo económico.

El desafío no es debatir el pasado, sino lidiar con el futuro, según Barack Obama. Y, en nuestro caso, salir del pozo como los 33 mineros sin ningunear al otro por su aparente pertenencia a casilleros tan perimidos como la derecha o la izquierda o, si no, la reinvención del legado de la historia y de la visión de los bronces.



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