Los sueños de mi madre




La histórica reforma sanitaria concretada por Obama no deja de dividir las aguas en EE.UU.

De ser cierto que cada cual tiene la edad de sus emociones, Barack Obama ha rejuvenecido dos años en apenas dos meses. Entre la derrota de los demócratas en enero frente al senador republicano Scott Brown en Massachussets, dominio tradicional de los Kennedy, y la peliaguda sanción del plan de salud en la Cámara de Representantes, antes aprobado en el Senado, aparecen y desaparecen en su semblante un par de precoces arrugas. Son consecuencia de las tribulaciones por los dudosos dividendos del capital político invertido en reformar un sistema que nace torcido en los albores del siglo XX y que, durante gobiernos de distinto signo, se resiste a ser enderezado.

En los Estados Unidos, los mayores de 65 años están cubiertos por el Medicare y las familias con ingresos modestos, así como los niños, las embarazadas y las personas con capacidades especiales, están cubiertas por el Medicaid. Entre un plan médico y el otro, gestionados en forma poco eficiente por el Estado, hay una legión de 46 millones de personas que, de necesitar asistencia, deberá pagarla o contraer una deuda acaso tan fastidiosa como una hipoteca y otra legión de 25 de millones de personas que, sofocada por el alto costo de los seguros, toca madera ante la posibilidad de caer en cama.

En 1995, la madre de Obama muere de cáncer, a los 53 años, después de lidiar con la aseguradora por el pago de sus medicamentos. Lo recuerda él cuando firma la ley con 20 lapiceras diferentes. Las regala a cada uno de los promotores de la reforma, incluido Marcellas Owens, pequeño de 11 años que pierde casi en las mismas circunstancias a su madre, dejada a la buena de Dios por la compañía que, en principio, debe velar por su salud.

En el prefacio de Los sueños de mi padre, Obama describe a su madre, Ann Dunham, como “el espíritu más bondadoso y generoso que jamás he conocido” y confiesa que “si hubiera sabido que no iba a sobrevivir a su enfermedad, podría haber escrito un libro distinto, no tanto una reflexión sobre el padre ausente sino un homenaje a la persona que fue la única constante en mi vida”. La reforma pasa a ser mejor vista ahora entre los norteamericanos que antes de la sanción: según Gallup, un 49 por ciento está “complacido”; un 40 por ciento está “molesto”.

La batalla librada en el Capitolio divide las aguas. No es entre demócratas y republicanos, sino entre aquellos que, pertenezcan a un partido o el otro, discrepan sobre el papel del sector público y las compañías privadas en la prestación de los servicios de salud. Son diferencias filosóficas, más que económicas, aunque el Medicare y el Medicaid incidan en forma cada vez más notoria en el déficit presupuestario por el empobrecimiento y el envejecimiento de una vasta porción de la población.

Que la reforma sea “una buena cosa” para la mitad no implica que no sea un “avasallamiento” para la otra. Es la lectura de los fiscales generales de 14 de los 50 Estados. Una demanda de 10 republicanos y un demócrata, presentada en forma conjunta, señala que la reforma, llamada en forma peyorativa “Obamacare”, “viola los derechos del gobierno federal, establecidos en la Constitución, y forzará nuevos gastos a los presionados gobiernos estatales”. La nueva ley, a su vez, “forzará a la gente a comprar una póliza de salud o pagar una penalización, un impuesto o una multa” sin reparar en que “la Constitución no le otorga esas atribuciones al Congreso”. Es un argumento tan valedero como la necesidad de proteger a quienes, a falta de una cobertura apropiada, están desprotegidos.

En 2014, cada norteamericano deberá tener un seguro de salud o pagar una multa anual de 95 a 695 dólares por persona o de hasta 2085 dólares por familia. Desde ese año, las aseguradoras no podrán negarles cobertura a personas con “condiciones médicas preexistentes”.

En las actitudes hostiles y los discursos extremistas de la oposición, asociada al movimiento conservador Tea Party, encuentran los demócratas un virtual aliado, así como en casos patéticos que no vacilan en ventilar. Le escribe Natoma Canfield a Obama: “Tengo 50 años y me diagnosticaron un carcinoma hace 16 años; tras divorciarme, hace 12, me convertí en trabajadora autónoma. ¡Necesito su reforma para que me ayude!”. En 2009, su seguro médico aumenta un 25 por ciento; paga 10.000 dólares. Le comunican que este año aumentará un 40 por ciento más.

La mitad de las bancarrotas privadas de los Estados Unidos tiene un origen inconcebible: los gastos médicos. En la reforma, Obama invierte 55 discursos, casi 100 reuniones con legisladores de ambos partidos y mucho capital político. La dedica a la memoria de una madre, la suya, que pena por mezquindades exentas de remordimientos a una edad en la que, como otras, merece emociones, no problemas.



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