Día de la independencia




El desafío para ambos candidatos es que los Estados Unidos nunca han tenido más prosperidad económica ni menos amenazas externas

Al Gore confiesa: “Dicen que soy demasiado serio”. ¿Le suena? George W. Bush, a su vez, confiesa: “Heredamos un buen apellido, no los votos”. No le suena, seguramente. Pues, le suene o no, ambos están librando una batalla contra sí mismos. Contra sus propios temperamentos y contra sus propias historias. Contra sus limitaciones por no ser pioneros. En divanes separados, quizás escuchen: “Elimine la imagen de ese padre dominante, reniegue de su herencia y gane poder por medio de sus méritos”. Fácil, asentirían, pero cómo.

Es un dilema. Sobre todo, en un país cuyo presidente, el más desprolijo de la historia, obtuvo, paradójicamente, las mejores notas de la historia después de haber librado una batalla contra sí mismo en la cual supo conjurar con virtudes públicas sus vicios privados. Pesado legado de Bill Clinton, por más que los Estados Unidos nunca hayan tenido más bonanza económica ni menos amenazas externas, que afecta tanto a Gore, su delfín, como a Bush, delfín de su padre (de ahí que procure independizarse con la W intermedia de su nombre, cual reafirmación de su identidad).

Clinton cantó las hurras en la convención demócrata, pero, a diferencia de otros presidentes norteamericanos, no está desgastado, ni fatigado, después de dos mandatos consecutivos. Ni es el típico lame duck (pato rengo). Transita su último tramo como si fuera el primero, empeñado en aumentar el salario mínimo, en mejorar la educación, en vedar las armas entre los chicos y en reformar la financiación de las campañas. No puede con su genio, en realidad. Ni consigo mismo.

Como si nada hubiera pasado desde aquella entrevista con Gore, el 30 de junio de 1992, en el hotel Capital Hilton, de Washington, durante la cual sellaron un pacto: el Sr. Almidonado, con ocho años en la Cámara de Representantes y ocho en el Senado, iba a enseñarle los atajos de la ciudad del lobby al Sr. Afable, gobernador sureño con el cual había hablado sólo una vez, en 1987, con tal de que no votara por Michael Dukakis en las primarias demócratas del año siguiente.

Gore era entonces precandidato a presidente. Después de la reunión en Little Rock, Arkansas, Clinton se mantuvo neutral. Lealtad con lealtad se paga. El Sr. Almidonado, luego vicepresidente, cumplió con su papel en el Old Executive Office Building, enfrascado en teorías complejas, sistemas abiertos, Goethe y discursos despojados de metáforas en medio de cajas de pizza y de latas de Coca-Cola dietética, mientras el Sr. Afable, también amante de la comida ligera, hacía política, o de las suyas, en el Salón Oval.

Era el dream team (equipo soñado). La fórmula perfecta. Con Hillary como bastonera: “En casa  manda papá, Chelsea, pero yo tomo las decisiones”. Es una broma, claro. Pero, al mismo tiempo, cargaron con una cruz: la oposición republicana del Congreso, mayoritaria desde 1995. Y con otra: el juicio por acoso sexual entablado por Paula Jones. Y, después, con otra, crucial: el caso Monica Lewinsky.

Circunstancias en las que Gore pudo haberle clavado un puñal en la espalda. O sacado ventaja. Pero no lo hizo: empujó a Clinton a la reinvención del gobierno, llenando su agenda de cuestiones vinculadas con el medio ambiente, su tema favorito. Pudo haber sacado ventaja, también, Bush, gobernador de Texas. Pero tampoco lo hizo: midió sus palabras con tal de no meterse antes de tiempo en una pelea ajena, de modo de que su partido, el republicano, depurara sus filas.

Es el otro desafío de Bush: ensamblar coherencias en un partido que renegó de uno de sus presidentes, Theodore Roosevelt (1901-1909), por haber fundado el imperio, o la república imperial, sobre la base de regulaciones para las compañías y de apertura para los inmigrantes. Políticas que criticaron los republicanos posteriores, propensos a defender el capital, limitando la intervención del Estado, y a abrazar la causa de los protestantes blancos, hasta que Dwight Eisenhower (1953-1961) y Richard Nixon (1969-1974) ampliaron el electorado, integrando a los católicos, y aceptaron el contrato social del New Deal.

No tenían alternativa. El otro Roosevelt, Franklin Delano, demócrata (1933-1945), había abrevado en la socialdemocracia, con planes de derechos para los trabajadores, de redistribución de la riqueza y de seguro social. Y, a contramano de los republicanos, con devoción por las alianzas multinacionales.

Ronald Reagan (1981-1989), a cuyo ideario responde la mayoría de los congresistas, refundó el partido con el virtual comienzo del desmantelamiento del Estado de Bienestar, pero su delfín y sucesor, George Bush, derrotado por Clinton en 1992 a pesar de haber emprendido con éxito la Guerra del Golfo, fracasó en la faz económica.

Le toca a W., con su conservadurismo compasivo, deshacerse del lastre del apellido. Y de pertenecer a un partido que, en apariencia, defiende los privilegios de una sola clase (razón por la cual asigna tanta importancia a las minorías hispana y afroamericana). Ello no significa, sin embargo, que pueda, o pretenda, desligarse del establishment.

Ambigüedad, o déficit, que W. intentó cubrir con la elección como compañero de fórmula de un enemigo declarado del intervencionismo estatal: Richard Cheney, secretario de Defensa entre 1989 y 1993, después de haber servido en los gobiernos de Nixon y de Gerald Ford (1974-1977) y de haber sido reelegido cinco veces como representante.

Un hombre del riñón republicano, digamos, mientras Gore se inclinó por el senador Joseph Lieberman, el primer judío que podría ser vicepresidente de los Estados Unidos. Que, como fiscal de Connecticut, ganó litigios millonarios contra supermercados, compañías de seguros y la industria petrolera, y que, el día y la noche con Cheney, contribuye a la campaña de Hillary como candidata a senadora por Nueva York, en donde no cuenta con el respaldo de la comunidad judía.

Es parte de la lealtad, también. Y de revertir la tendencia a favor de W., divorciada de la prosperidad con la cual contaba Gore como aliada. No es la economía, en contraste con el latiguillo de Clinton en 1992, rubricado con la palabra estúpido, sino cómo administrar, y preservar, la bonanza. En vías de ser un republicano diferente, en su caso. Moderado. Que no meta miedo, como Newt Gingrich en el Congreso. Ni que abone teorías conspirativas, como el fiscal Kenneth Starr.

¿Es casualidad que haya resucitando el caso Lewinsky, del cual la gente está harta, el día en que Gore aceptaba la candidatura? Es una réplica de lo que pasó en la convención demócrata de 1996: el mismo día cobró vuelo la relación que mantenía Dick Morris, el asesor top de Clinton, con una prostituta que escuchaba sus conversaciones telefónicas con la Casa Blanca desde un hotel de Washington.

Asuntos de baja estofa, por cierto, mientras los candidatos luchan contra sí mismos. Contra sus respectivas herencias. O contra una en particular: Clinton se ha convertido en el mejor discípulo de Reagan. Un psicólogo a la derecha, por favor. Antes del 7 de noviembre, día de las elecciones y, en cierto modo, de la independencia.



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