Tu verdad, mi verdad, la verdad incómoda




Una crisis diplomática se abrió entre los EE.UU. y Turquía por una suma de factores que incluyen el holocausto armenio

En defensa de la verdad, el filósofo, político y economista británico John Stuart Mill planteó en 1859, en su tratado Sobre la libertad, que una opinión debía ser debatida a fondo, “frecuentemente y sin temor”, de modo de evitar que se marchitara como “un dogma muerto”. La verdad, concebida como la idea por Platón y como la forma por Aristóteles, descorre el velo de la apariencia. El concepto varió desde la filosofía antigua hasta la contemporánea, pero la verdad no dejó de ser lo que es. Lo inmutable, aquello que no cambia más allá de la discusión y de la interpretación.

El holocausto judío existió. El holocausto armenio, como supo llamarlo Winston Churchill, también existió. Dicen que Hitler reparó en él por la rapidez con la que creía que el mundo olvidaba las grandes masacres. Reparó en él para emprender la impiadosa y abominable faena de purificación social en la cual incluyó rusos, eslavos, polacos, gitanos, homosexuales y discapacitados. Poco antes, un millón y medio de armenios, según los armenios, o un cuarto de millón de armenios, según los turcos, habían sido ejecutados por el antiguo imperio otomano, gobernado por los Jóvenes Turcos, con el apoyo de los kurdos.

Fueran un millón y medio, un cuarto de millón o menos aún, desde las Naciones Unidas hasta el Parlamento Europeo y varios gobiernos (entre ellos, el argentino) reconocieron que no se trató de un incidente, como siempre quiso exponerlo Turquía, sino de un genocidio. Lisa y llanamente, “el exterminio o la eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”. Sobre esa verdad, no aceptada por el gobierno de Abdulá Gül ni por sus antecesores, ¿debe cada país condenar por escrito la atrocidad o, como nueve países europeos, debe penar la negación del otro holocausto, el judío?

En algunos de ellos, casualmente, están los partidos políticos más xenófobos del continente, como el Frente Nacional de Francia, el Vlaams Belang de Bélgica, el Partido de la Gran Rumania y el Partido Nacional Democrático de Alemania. ¿En qué contribuyeron, en esos casos, las leyes de negación del holocausto judío? La prohibición de negarlo pudo haber sido una buena excusa para sentirse discriminados y perseguidos. En ello, entonces, hallaron filón para su causa.

Sobre el holocausto armenio, tan aberrante como todo genocidio, el Comité de Exteriores de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos aprobó una tardía resolución de condena, como si no hubiera tenido tiempo para evaluar la cuestión en más de noventa años. Ronald Reagan había sido el único presidente en hablar de genocidio. Es inmutable la verdad, no la oportunidad. Y la oportunidad chocó esta vez contra una realidad: por Turquía, único país musulmán miembro de la alianza atlántica (OTAN), ingresan por vía aérea la mayoría de los víveres para las tropas norteamericano en Irak, así como parte del combustible.

Turquía limita con Siria, considerado promotor del terrorismo por los Estados Unidos. Limita, también, Irán, cuyo presidente, Mahmoud Ahmadinejad, niega el holocausto judío y pretende desarrollar su programa nuclear a contramano de la comunidad internacional, pero niega su interés en obtener armas de ese porte. Sobre la negación, más que sobre la verdad, encontró la excusa para evitar toda referencia a los crímenes nazis del pasado en las negociaciones del futuro. Le escribió a la canciller alemana, Angela Merkel, que era tiempo de “hacer que desaparezca la sombra de la Segunda Guerra Mundial”. ¿Desaparecerá por ley, también?

La percepción ayuda, pero no dilucida la verdad. Sobre la conquista de América latina, todo el mundo intuye, y sabe, que los indígenas no estaban esperando con los brazos abiertos a Colón y los suyos. El pasado no calla ni otorga. Es como fue: inmutable. Deja indicios para el debate, única vacuna contra el “dogma muerto”.

Incomoda la verdad. Varios años invirtió Alemania en asumir su pasado. El horror, su verdad, quedó expuesto en los campos de concentración y en los otros testimonios del extremo al cual puede llegar el hombre en su afán de invertir los contenidos morales del bien y el mal.

Tanto el holocausto judío como el armenio apelaron a la negación de la verdad, empezando por la negación física. La depravación condicionó la política europea después de la Segunda Guerra Mundial. Si no hubiera existido, como pretende Ahmadinejad, lo nazi no sería sinónimo de lo peor.

La verdad sobre el holocausto armenio, irritante para Gül y comprometedora para George W. Bush, habilitó a Turquía para cumplir con su amenaza de ir contra la guerrilla kurda en el Kurdistán iraquí, acusada de provocar atentados en su territorio, y para desmarcarse de la política antiterrorista de los Estados Unidos, con la cual comulgó desde la voladura de las Torres Gemelas.

Si Mill planteó que una opinión debía ser debatida a fondo, “frecuentemente y sin temor”, de modo de evitar que se marchitara como “un dogma muerto”, ¿qué Estado puede imponerme la verdad o, acaso, su verdad? La justicia de Austria condenó al historiador David Irving por haber dudado de la existencia del holocausto judío. La justicia de Turquía quiso condenar a Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, por haber afirmado la existencia del holocausto armenio. Frente a los reclamos europeos, Gül pidió que el artículo 301 del Código Penal, que previene ante cualquier atentado contra la identidad turca, sea revocado.

¿Es necesario lapidar al otro por no coincidir con la opinión mayoritaria, más allá de que su negación o su afirmación sea aberrante? Legislar sobre la historia restringe la libertad de expresión. Puede irritar, y mucho, que alguien lleve la contraria sobre la verdad, al menos la concebida, pero nadie puede imponerla por ley.

Corea del Sur niega las versiones china y japonesa de la historia; China niega las versiones surcoreana y japonesa de la historia; Japón niega las versiones china y surcoreana de la historia. Francia castiga la negación del holocausto judío y el armenio, pero, a su vez, impone en sus programas escolares el papel positivo de su presencia en ultramar, sobre todo en el norte de África. Es decir, niega los horrores de la guerra de Argelia.

Turquía, a su vez, recibió en diciembre de 1999 el estatus de candidato para ingresar en la Unión Europea; el Consejo Europeo evaluó en octubre de 2004 si había satisfecho algunas demandas, como el respeto a la democracia, la ley y los derechos humanos de las minorías étnicas.

En determinados momentos, por necesidad, los pueblos omiten parte de su historia. Las comisiones de la verdad en países con traumas, como los africanos y los centroamericanos, no condujeron a toda la verdad. En Europa, España evitó rever su pasado tras la transición hacia la democracia. En otros casos, la mera búsqueda de la verdad provocó polarización, como en el Cono Sur.

En 1915, durante la Primera Guerra Mundial, los guerrilleros armenios del Cáucaso apoyaban a las tropas rusas en sus ataques contra el imperio otomano. Aquello que debió ser la evacuación de la población civil armenia, dispuesta por el gobierno de los Jóvenes Turcos, derivó en la matanza de la cual cada uno evalúa su magnitud. En un caso o el otro, el holocausto existió. E incomoda, como toda verdad sometida a debate.



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