Paz armada




Ley número 15: “Empezando por Moisés, todos los grandes líderes de la historia sabían que era necesario aplastar por completo al enemigo al que temían. (…) Si se deja encendida una sola brasa, por muy débil que sea, siempre se corre el riesgo de que vuelva a desencadenarse un incendio. Se ha perdido más por una aniquilación a medias que por una exterminación total: el enemigo se recuperará y buscará venganza. Destrúyalo por completo, no sólo física sino también espiritualmente”.

Por fortuna, Bill Clinton, Tony Blair y compañía no habrán leído, o no habrán tomado en cuenta, Las 48 Leyes del Poder (The 48 Laws of Power), de Robert Greene y Joost Elffers, más propias, quizá, de conquistadores bárbaros que de líderes democráticos que, con la prerrogativa moral de frenar el lampazo étnico, aplicaron la receta mágica de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) en Kosovo.

La Ley número 15 es descarnada, extrema, bestial, digna de un fanático como Hitler, dirán los criadores de palomas. Curiosamente, los enemigos vencidos a medias, como Saddam Hussein, están siempre listos para asestar golpes y meter miedo en cuanto los otros bajan la guardia, dirán los criadores de halcones.

¿Será el caso de Slobodan Milosevic, favorecido, también a medias, por un pacto de paz con el cual podrá desarmar a su principal enemigo en los Balcanes, el Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), y evitar la discusión de la autonomía de la provincia en llamas, considerada tierra santa por los serbios, después de haber rechazado los términos similares del acuerdo de Rambouillet?

Aceptó términos peores que el acuerdo de Rambouillet, piedra de toque del caos, con un país en ruinas, pero, aún derrotado, no perdió tanto.

La OTAN sigue apuntando, como si nada, de modo de que Milosevic cumpla con su palabra, empeñada en vano en otras ocasiones. Es algo así como la Ley número 15 a medias, sin llegar a la exterminación total (de los edificios, al menos), aunque los aviones tienen tan mala puntería que mucha gente corre peligro de ser borrada de un bombazo.

El pacto es una tregua, una paz precaria, armada, en definitiva, en la cual, emulando a Machado, se hace camino al andar.

El desarrollo, sin embargo, es más grave que poético: los ataques tienen comienzo (el 24 de marzo) y fin (terminar con la persecusión de los albano-kosovares), pero no final (fecha tope) ni presupuesto de ello (los odios ancestrales de los Balcanes, un estigma, nunca entraron en los cálculos de la OTAN).

¿Capitula Milosevic o cede la OTAN? La presencia de Rusia, nexo más cercano a los serbios que a los aliados occidentales, da una pauta: el plan, aprobado inicialmente con el grupo de los siete países más industrializados del mundo, tiene letra y música de Moscú, superado el escándalo que armó Boris Yeltsin con el despido de su anterior primer ministro, Yevgueni Primakov, en medio de un juicio político en su contra que finalmente abortó la Duma (Cámara de Diputados).

Siguió sus pasos uno de los pocos que conserva en alto el martillo y la hoz, Fidel Castro, deshaciéndose de su canciller, Roberto Robaina, un comunista con aspecto de yuppie. El sucesor, Felipe Pérez Roque, quiso pegar fuerte no bien asumió: demandó a los Estados Unidos por 181.100 millones de dólares en nombre de los 3478 muertos y de los 2099 discapacitados que dejaron cuatro décadas de enfrentamiento y pidió, al mismo tiempo, que el secretario general de la OTAN, Javier Solana, sea juzgado por un tribunal internacional como criminal de guerra por los bombardeos a Kosovo, de modo de emparejar los tantos con Milosevic, con captura recomendada.

Fueron dos golpes de efecto, no más. En Kosovo, lejos de La Habana, no está en juego sólo Kosovo, en realidad, sino el destino de Europa, próxima a fraguar una moneda común con economías en desacuerdo.

Un líder del otro lado del Atlántico, Clinton, insiste con la doctrina videogame (ganar la guerra desde el aire) mientras otro, extracontinental, Blair, procura convencer a sus socios de la OTAN de aplicar a rajatabla la Ley número 15, impulsando, o declamando, marchas de caballería en arenas movedizas con los Apache, helicópteros de nombre paradójico en tiempos de cowboys virtuales.

Cara y ceca con un líder continental, el canciller alemán Gerhard Schroeder, presionado por el costado verde de la coalición gobernante, de filiación socialdemócrata. Se inclina, al parecer, por el capítulo 69, titulado Lucha, de El Tao de los Líderes (The Tao of Leadership), de John Heider: “Nunca busques una batalla. Si te viene, cede; retírate. Mucho mejor es retirarte que sobrepasarte. Tu fuerza consiste en tu inteligencia. (…) Tu arma no es ningún arma. Es la luz de tu conciencia”.

Conciencia significa, en este caso, la suerte de los refugiados, una resistencia silenciosa que, sin futuro aparente fuera de casa, deberá volver al ingrato sitio del que ha sido desplazada. Su lugar en el mundo, mal que le pese.

Imágenes de horror y de muerte acudirán, seguramente, a sus mentes. Será difícil, algo así como quedar a merced de la revancha del enemigo, por más que la OTAN, la ONU (Organización de las Naciones Unidas) y otras siglas devaluadas por la guerra, garanticen su seguridad.

Kosovo debe de ser la primera vez en la historia en la cual el resultado ha sido 5000 a 0 (por el número de muertos del otro bando que reveló la OTAN) sin que una sola bota propia pisara el terreno enemigo.

Y es, también, la prueba cabal de que Europa no puede resolver sus problemas por sí misma: depende de los Estados Unidos, si necesita atacar, y de Rusia, si necesita mediar con el Este. Es un continente viejo, no sabio.



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