Franja de Gaza S.A.

Trump busca privatizar la diplomacia para transformar el conflicto en un modelo de negocios y convertir la paz en un activo financiero




Trump ha decidido tercerizar la estabilidad de Medio Oriente ante la parálisis de la ONU | Official White House Photo
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Lo usual en su segundo mandato: Donald Trump se envalentona con arrogancia como si fuera el grandulón de la clase, intimida a sus eventuales adversarios, golpea la mesa con furia si rebaten sus afirmaciones y, finalmente, después de desquiciar a medio mundo, baja el tono de la amenaza convencido de obtener un beneficio. Desde la captura de Nicolás Maduro en una operación que sacudió las profundidades del Caribe hasta la insólita reactivación de la disputa con Dinamarca y la Unión Europea por la anexión de Groenlandia, ese «gran y hermoso trozo de hielo», su premisa ha sido negociar en un tablero en el que solo él dicta las reglas.

Sobre ese tablero, la creación del Consejo de Paz para apaciguar la onda expansiva de la Franja de Gaza da una nueva vuelta de tuerca o pone un torniquete sobre la diplomacia tradicional. No se trata de una estrategia geopolítica, sino de la conversión de un conflicto de larga data en una suerte de franquicia corporativa. La membresía tiene precio y el liderazgo lleva un solo nombre. El suyo. Un cargo vitalicio con poder de veto que trasciende su mandato. En resumen, Trump ha decidido tercerizar la estabilidad de Medio Oriente ante la parálisis de la ONU. La ve como un museo de buenas intenciones sin capacidad resolutiva.

Si el primer borrador parecía el de un club de inversión, el estatuto firmado en privado durante el Foro Económico de Davos proyecta un fideicomiso colonial por el cual la soberanía palestina pasa a ser canjeada por tokens y la promesa de crear la Riviera de Medio Oriente. Para sentarse a la mesa con estatus de miembro permanente, los gobiernos participantes deben desembolsar la módica suma de 1.000 millones de dólares. La paz surge entonces de una ronda de inversión bajo las miradas atentas de Jared Kushner, yerno de Trump, y de Steve Witkoff, enviado especial de la Casa Blanca para la región, Rusia e Irán.

Kushner, con su visión de Gaza como una «valiosa propiedad frente al mar», y Witkoff, compañero de golf de Trump que opera como hombre de negocios con el Golfo, cuentan con el inestimable apoyo del ex primer ministro británico Tony Blair, reciclado para transformar al enclave en un centro comercial tecnificado. Mientras Javier Milei y Viktor Orbán corren a anotarse en la lista en señal de gratitud por el respaldo de Trump en sus respectivas campañas electorales, no por su peso real en Medio Oriente, los sectores más duros de Israel rechazan la inclusión de Qatar, Turquía y otros regímenes con escasos pergaminos democráticos por ser parte del problema, no de la solución.

La paz no se compra en una ventanilla de Davos ni se garantiza con un fideicomiso que dista de ser un tratado internacional

El plan contempla convertir la tierra en activos digitales que los palestinos pueden aportar al fideicomiso a cambio de un derecho de vivienda. En una estructura piramidal, de todos modos, quedan relegados al último escalón como meros supervisores de los servicios públicos en un comité de administración sin capacidad de decisión. Todo bajo el ala del general norteamericano Jasper Jeffers, encargado de una fuerza de estabilización que aún busca soldados dispuestos a entrar en el laberinto de Gaza. El mensaje es claro: si la ONU es un estorbo burocrático, el Consejo de Paz es la solución corporativa.

Trump no propone una mesa de diálogo, sino, como en Venezuela después de Maduro, una estructura jerárquica. Modelo for export que podría aplicarse en Ucrania uotros países en conflicto. Una ONU 2.0 hecha a su imagen y semejanza. Si aportan dinero actores regionales como Arabia Saudita y Egipto, la reconstrucción de Gaza podría tener por primera vez un motor financiero real, pero la incertidumbre persiste. La paz no se compra en una ventanilla de Davos ni se garantiza con un fideicomiso que dista de ser un tratado internacional. El riesgo de privatizar el multilateralismo radica en que termine siendo un activo financiero más.

Jorge Elías



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