Dime qué lees y te diré quién eres




Obama propone a los suyos que permitan que la oposición les haga hervir la sangre

En una democracia, según  Barack Obama, “se puede discrepar sin necesidad de demonizar a la persona con la que se discrepa y se pueden poner en duda sus juicios sin necesidad de poner en duda sus motivos o su patriotismo”. La tendencia a ningunear y descalificar al otro sólo por disentir con uno aumenta la tensión y la polarización. ¿Cómo evitarla? Les propone a los suyos: “Si sólo leen los editoriales de The New York Times [progresista], traten de leer de vez en cuando los de The Wall Street Journal [conservador]. Les pueden hacer hervir la sangre, pero no van a cambiar su forma de pensar”. Mal no vendría un consejo parecido en la Argentina.

Desde Maquiavelo, “todos ven lo que aparentas; pocos advierten lo que eres”. En esa disyuntiva se encuentra Obama. Le preocupa que su gobierno sea percibido como “una amenaza”. Quienes piensan de ese modo, infiere, “ignoran que, en una democracia, todos somos el gobierno’’. No todos, en realidad. En los Estados Unidos, observa con inquietud el escritor Paul Auster, “hay una especie de guerra civil, no con balas, sino con palabras e ideas, que está agravándose; pensé que acabaría al irse Bush, pero ahora la división parece mayor”.

La ex candidata republicana Sarah Palin y los nostálgicos del motín del té, enrolados en el derechista Tea Party, insisten en convocar voluntades para “recuperar” el país, como si estuviera bajo el yugo extranjero, y en despotricar contra los impuestos que grava el gobierno en beneficio de un Estado grande. Desde enfrente, Obama repone: “No deberíamos preguntarnos si necesitamos un Estado grande o pequeño, sino cómo podemos crear uno más inteligente y efectivo. En la era del iPod y el TiVo [televisión de última generación], el Estado no puede dictar tu vida. Puede darte las herramientas para triunfar”.

Están a 45 kilómetros de distancia uno del otro. Preside Palin un acto de la Fundación de Americanos por la Prosperidad y Obama la ceremonia de graduación de la Universidad de Michigan. Hablan el mismo idioma, pero pintan cuadros diferentes. Es, curiosamente, la crítica que ambos formulan a menudo, desde posiciones antagónicas, contra los medios de comunicación: que, por intereses creados, no reflejan la realidad tal como es. La más dañada termina siendo la confianza de la gente.

En casi todo el planeta, los políticos culpan de sus pifias a los medios de comunicación. Es el recurso fácil: matar al mensajero. No están exentos los norteamericanos, pero tributan al periodismo más respeto y reconocimiento que otros por considerarlo un pilar de la democracia. En otras latitudes ni modales guardan algunos presidentes y bufones al señalar a sus presuntos detractores, en ocasiones cronistas de salario escaso y salteado.

¿Logran hacerlos cambiar de opinión, acaso? Promueven la autocensura o el recelo. Un periodista fastidiado suele ser propenso a confundir un bautismo con un cataclismo y a convertirse en un predicador, un moralista o un plomo. En este “ambiente político tóxico”, el deterioro de la convivencia lleva a Obama a advertir que un insulto “puede servir para obtener titulares” y que, no satisfechos con “tirar al suelo” a su gobierno, algunos de sus opositores se ufanan de tildarlo de “comunista de estilo soviético que gobierna como fascista”.

El uso impune de esos motes alienta comparaciones odiosas “con regímenes totalitarios y hasta sangrientos”. Quizá sea el resultado de abrevar en una fuente única, el Times o el Wall Street, como si no existiera la otra, capaz de hacer hervir la sangre. Es como pedir invariablemente helado de chocolate. Hay de otros sabores. Sólo es cuestión de probarlos.

En democracias familiarizadas con los debates y reacias a los monólogos es más usual la defensa como arma que la agresión como escudo. Quien deshonra a otro se deshonra a sí mismo.

En los Estados Unidos son habituales desde 1948 las discusiones radiofónicas entre candidatos a cargos electivos. En vísperas de las presidenciales de 1960, John Kennedy y Richard Nixon inauguran la era de los debates por televisión, signada por el promedio entre la espontaneidad y el desliz.

Célebres son las perlas de sudor en la frente de Nixon al disentir con Bob Kennedy, el patinazo de Gerald Ford frente a Jimmy Carter por negar el dominio soviético en Europa del Este, la edad avanzada de Ronald Reagan como prueba de experiencia frente a Walter Mondale y el gesto ceñudo de George Bush padre mientras consulta su reloj de pulsera en señal de aburrimiento o tiempo cumplido frente a Bill Clinton y Ross Perot.

En esa instancia, un político puede triunfar o derrapar. De ganar las elecciones, salvo que se empeñe en gobernar en solitario como los Kirchner, los debates son continuos. Es lo normal en una democracia. En ella, conviene Obama, el principal rival puede ser uno mismo, más expuesto a los tropiezos propios que a las estocadas ajenas. Corre el riesgo, a su vez, de contraer sordera, mal frecuente en estos tiempos. Es, como la ceguera, más severa cuando es ideológica que cuando es biológica.



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