El fútbol como trinchera

La sintonía fina que el gobierno de Milei ensaya con las potencias occidentales choca de frente con la indómita sensibilidad argentina por la causa Malvinas




The Sun: "Indignación por la celebración de los jugadores argentinos"
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La algarabía por la remontada de Messi y los suyos ante el seleccionado inglés en la semifinal del Mundial 2026 dio paso a una controversia institucional. El despliegue de la pancarta que reivindicaba la soberanía argentina sobre las Malvinas tras el electrizante 2 a 1 en los últimos ocho minutos del partido, encendió las alertas en los organismos de control del fútbol asociado. La apertura de una investigación formal reabre un debate recurrente: ¿es posible escindir las pasiones populares y los diferendos históricos del espectáculo deportivo más masivo del planeta? La respuesta: no.

La FIFA, casa matriz del fútbol global no exenta de suspicacias, sostiene con vehemencia que los campos de juego deben permanecer ajenos a las disputas de las cancillerías. Su código punitivo persigue con severidad cualquier proclama territorial o consigna ideológica que pueda interpretarse como un elemento de confrontación hacia otra federación miembro. Pero el anhelo de pureza competitiva colisiona de frente con la realidad. El deporte de alta competencia funciona a menudo como un canal de expresión alternativo para aquellas naciones que buscan mantener vigentes sus demandas en una vitrina de alcance universal.

¿Son ruidos innecesarios, como pretende hacerlos ver el gobierno argentino, o heridas colectivas que se resisten a ser tratadas como expedientes disciplinarios en un organismo tan poco confiable como la FIFA?

Para la dirigencia argentina, el precio de estas transgresiones simbólicas representa un peaje marginal. En certámenes anteriores, las penalidades monetarias fueron asimiladas como una variable aceptable a cambio de la formidable repercusión interna y externa que alcanzaron. En la balanza de la opinión pública, el recordatorio de una causa nacional irrenunciable posee un valor estratégico que supera en forma holgada cualquier multa administrativa de la burocracia internacional. Aunque tuvieran que pagarla los futbolistas, todos de buen pasar económico.

La ocurrencia de los hinchas que pintaron en una sábana de hotel la leyenda “Las Malvinas son argentinas” y, tras sortear los controles en el estadio, la lanzaron al césped, donde fue desplegada por los jugadores, tuvo más impacto que cualquier grito. Descolocó, inclusive, al gobierno de Javier Milei, empeñado en encapsular el incidente. Pudo ser un desahogo folclórico desprovisto de peso jurídico, pero, a la vista de millones, resultó ser un recordatorio de una disputa irresuelta por los oídos sordos de Inglaterra para negociar la soberanía de las islas, como mandan la Asamblea General y el Comité de Descolonización de la ONU desde 1965.

Más allá de la diplomacia, ¿cómo encorsetar un fenómeno indómito cuando un seleccionado de fútbol como el de Lionel Scaloni, capaz de trascender una polarización solo redituable para la clase política, divorciada de la sociedad sin distinción de banderías, da un ejemplo de trabajo en equipo y agita una consigna de unidad en un país rico en individualidades? ¿Son ruidos innecesarios, como pretende hacerlos ver el gobierno argentino, o heridas colectivas que se resisten a ser tratadas como expedientes disciplinarios en un organismo tan poco confiable como la FIFA?

El postureo de Milei encontró reparos donde menos lo esperaba: en el gobierno de Donald Trump

El postureo de Milei encontró reparos donde menos lo esperaba: en el gobierno de Donald Trump. El director ejecutivo del Grupo de Trabajo de la Casa Blanca para la Copa del Mundo, Andrew Giuliani, defendió el derecho de los jugadores de expresarse con libertad en su país. Invocó la Primera Enmienda de la Constitución para afirmar: «Los argentinos tienen la libertad de hacer esas declaraciones en Estados Unidos«. Poco antes del Mundial 2014, disputado en Brasil, en un partido amistoso contra Eslovenia, el seleccionado de entonces posó frente a las cámaras con un cartel que tenía la misma leyenda: “Las Malvinas son argentinas”.

Los ingleses recuerdan con tanto recelo la guerra de 1982 como “la mano de Dios”. La reacción de Margaret Thatcher ante los afanes bélicos del dictador Galtieri no tiene punto de comparación con el timo del primer gol de Maradona en el Mundial 1986, en México, pero, en la memoria colectiva, ambas circunstancias reflejan el peor retrato de los argentinos. En esa imagen distorsionada no caben la belleza y la destreza del segundo gol de aquel partido, “el gol del siglo”, grabado a fuego como “el trapo” que coronó una década después otro triunfo argentino. Después de todo, “Malvinas fue una pelea entre dos calvos por un peine”, según Borges.

Jorge Elías



Acerca de Jorge Elias 1928 Articles
Periodista senior con más de 35 años de trayectoria especializado en geopolítica, análisis político y economía internacional. Experto en comunicación multiplataforma (televisión, radio, prensa escrita y digital) con probada capacidad de liderazgo editorial y conexión con la audiencia. Experiencia como corresponsal en Estados Unidos y enviado especial a conflictos armados (Medio Oriente, Balcanes, Iberoamérica y Asia). Presentador de programas de primer nivel en televisión y radio. Director de medios digitales y columnista de opinión con amplia red de contactos en América, Europa y Asia.

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