La Revolución Francesa




Una nueva generación de gobernantes europeos refirma la identidad nacional y recompone la relación con los EE.UU.

Dejó dicho Napoleón que los problemas de Francia se resolvían con dos cosechas. Con dos cosechas, Nicolás Sarkozy no resolvió los problemas de Francia, pero, como hijo de una generación invicta del trauma de la Segunda Guerra Mundial, se perfiló en la campaña electoral como el sepulturero del gaullismo y, en plan de renovación, como el partero de otro tipo de alianza con Europa y los Estados Unidos. Un conservador interpretó  entonces el papel de revolucionario en una obra en dos actos que vino a ser el anverso de la resistencia a la posibilidad de que el legado del último Tony Blair, parecido a Margaret Thatcher, demuela lo que quedó en pie de la utopía de Mayo del 68. En Francia, nada menos.

Sarkozy pertenece a la generación de la canciller de Alemania, Angela Merkel, conservadora como él. Pertenece, también, a la generación de Blair, en retirada tras su último acto: el histórico acuerdo entre protestantes y católicos en Irlanda del Norte después de haberse jurado durante casi cuatro décadas que “nunca, nunca, nunca” iban a reconciliarse.

El sí de Francia a Sarkozy, después del no al tratado constitucional europeo, y la paz en el Ulster, después de casi 3600 muertes, coincidieron en algo más que el calendario. Coincidieron en una tendencia: la refirmación de la identidad nacional. Sobre ello debatió Sarkozy con la candidata socialista, Ségolène Royal, así como antes, en el primer turno de las elecciones, con el centrista François Bayrou y el ultranacionalista Jean-Marie Le Pen. Sobre ello creció la inquietud en Europa por la respuesta de Sarkozy, como ministro del Interior de Jacques Chirac, a los reclamos de inclusión de los hijos de inmigrantes en los arrabales de París. Esa “gentuza”, como supo llamarlos.

En 2002, el dilema era la seguridad. En 2005, el dilema era el desempleo, así como la brecha entre ricos y pobres. En 2007, el dilema pasó a ser la identidad nacional. Sarkozy prometió un ministerio de inmigración e identidad nacional; Royal, enfrentada con los clásicos del socialismo, optó por La Marsellesa en desmedro de La Internacional. Le Pen celebró el debate entre ambos como si hubieran sido sus discípulos.

Sin pudor, Sarkozy se arrimó a George W. Bush, en el polo opuesto de Chirac. Y no vaciló en expresar su admiración por Blair. Promotores, ambos, de la guerra contra Irak. En Francia, sin embargo, el pudor obliga a evitar un espejo deformante: el espejo anglosajón (británico, más que todo). Sarkozy no necesitó clases de Blair, del último Blair, para imitarlo. Al menos, en sus propósitos. Ni para desentenderse de un Estado de bienestar por el cual, a sus ojos, cayó el país y subió la deuda.

Europa no se detuvo a esperar a Francia; de ahí, el declive. Sarkozy nunca pudo encasillar a Blair dentro de su corriente de pensamiento. Es un laborista, socialista al fin, que ha hecho mucho por ellos, los conservadores. Royal cargó en la campaña con la cruz de la comparación con Blair. Un insulto. No por ser anglosajón, sino por encarnar a Thatcher. Y, a su vez, por haber contribuido con Bush, y con una guerra basada sobre la mentira, al recorte de las libertades en sus países y, por extensión, en los demás, incluida Francia.

En Irak, el final de una dictadura apañada por Chirac deparó la inauguración de una sucursal del infierno. En Europa, el tránsito hacia la ejecución de Saddam Hussein, llamado cariñosamente “De Gaulle de Irak” por Chirac, deparó el peligro de atentados terroristas de la magnitud de los acaecidos en Madrid y en Londres. En Francia, ambos factores coincidieron en algo más que el calendario. Coincidieron en la ira contra el Estado y los servicios públicos de jóvenes con más caras de argelinos que de franceses.

En esa otra Francia, despojada de identidad nacional, Sarkozy apagó el incendio como ministro. Ley y orden aplicó con la venia, o acaso la impotencia, de Chirac. Ley y orden prometió en la campaña, dispuesto a romper con la debilidad de su antecesor con aquellos que estuvieron enfrentados con los Estados Unidos, como Yasser Arafat, muerto en París, y Hussein. ¿Como Blair? Como Blair y Thatcher.

Francia se siente francesa y, después, europea. La identidad nacional pesa más en ella que en otros países. No va bien, empero, con un desempleo que crece, sobre todo, entre los  jóvenes. Con ese problema no se encontró Blair en 1997, sino Thatcher en 1979. Lo sé: Francia no es el Reino Unido ni quiere serlo. Como el Reino Unido, no obstante ello, Francia acoge inmigrantes, e hijos de inmigrantes, que, por portación legal de cara o dominio escaso de la lengua, no son tratados con libertad, igualdad y fraternidad. Ni consiguen trabajo.

En Europa, Francia perdió el centro, antes compartido con Alemania. Medio siglo después del Tratado de Roma, motor de la Unión Europea, ambos países no dejaron de cumplir con el rito de una cumbre anual entre ellos. En un club de 27, uno quedó preso de De Gaulle; el otro, dividido durante la Guerra Fría, superó a Adenauer.

¿Vislumbra Sarkozy una Francia europea, una Europa francesa o, como Blair, dice una cosa (la adopción del euro como moneda) y hará otra (apuntalar la libra esterlina)?

En principio, el presidente de Francia goza de prerrogativas únicas. Tiene absoluta inmunidad penal y legislativa. Decide su presupuesto. Preside el Consejo de la Magistratura. No rinde cuentas al Parlamento. No rinde cuentas a nadie, en realidad.

En el peor momento de Bush, a punto de quedar huérfano de la complicidad de Blair, Sarkozy pretende reinventar la relación con los Estados Unidos, malherida por la guerra contra Irak. Chirac, exponente de la “vieja Europa”, rechazó sus rasgos unipolares. Actuó a tono con la veta antinorteamericana francesa, más cultural que política.

El refuerzo de la identidad nacional, predicado por Sarkozy, incluye cercos administrativos a la inmigración, tolerancia cero frente a las rebeliones, menos empleados públicos y más horas de trabajo. Repele a Turquía de la Unión Europea, se acerca a Israel en el orden bilateral y entabla una renovada amistad con los Estados Unidos.

Los cinco presidentes de la V República (cuatro de derecha, De Gaulle, Pompidou, Giscard d’Estaing y Chirac, y uno de izquierda, Mitterrand) aplicaron una concepción gaullista de la soberanía: procuraron evitar cualquier exceso del amigo norteamericano, de modo de no seguir la senda de Thatcher, Blair o quien gobernara el Reino Unido. Francia llegó a prohibir durante un tiempo la Coca-Cola y aplaudió al agricultor José Bové, líder de la antiglobalización, por haber destruido un local de McDonald’s.

La otra Francia, quizá culposa, cooperó con los Estados Unidos en Kosovo, Afganistán, el Líbano e Irán, así como, en general, en la lucha contra el terrorismo. Es menos sorprendente, pues, el acercamiento entre Bush y Sarkozy que la relación distante y fría que entabló con Chirac.

Esa otra Francia, la real, eligió en dos cosechas a Sarkozy, cercano a Merkel y admirador de Blair, del último Blair, parecido a Thatcher. Esa otra Francia, la real, refleja el humor de Europa, más propensa a refirmar la identidad nacional, sin desentenderse de la globalización, que a recrear la utopía. Aquella que sólo servía para una cosa: caminar en donde Napoleón dejó su huella.



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