Rigor en Marte, intolerancia en Venus




Blair, al igual que Bush, apela a la lucha contra el terrorismo como caballito de batalla en busca de su segunda reelección

Al filo de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, el tercer hombre apareció en escena. No era Ralph Nader, el candidato independiente que ocupó desde 2000 el lugar de Ross Perot, sino Osama ben Laden. Un viejo conocido de la familia Bush, con la cual hizo negocios antes de la voladura de las Torres Gemelas. Un viejo conocido de los norteamericanos, en verdad, que redondeó con sus nubarrones de amenazas el pronóstico de victoria del presidente de la guerra.

Su mera imagen infundió miedo. Factor clave en una sociedad sensible a todo aquello que refiriera odio y destrucción. Factor clave en España, también, con sus 191 muertos y 1900 heridos, como consecuencia de la masacre de Atocha, tres días antes de que José Luis Rodríguez Zapatero venciera en las elecciones presidenciales a Mariano Rajoy, el delfín de José María Aznar.

Y factor clave en Gran Bretaña, en donde Tony Blair fijó su agenda, por medio del discurso de la reina Isabel II en la Cámara de los Comunes, en la lucha contra el crimen y el terrorismo; fijó, en realidad, la estrategia del laborismo para sus afanes de ser reelegido en mayo después de dos mandatos consecutivos.

Contribuyó a ello, a su vez, el jefe de Scotland Yard, sir John Stevens, en vísperas de su retiro: dijo que sus fuerzas habían evitado «un Madrid». Europa continental, a la cual suscribe Blair como ningún otro primer ministro británico, es más vulnerable que los Estados Unidos ante la posibilidad de atentados terroristas. Y Londres, por más que quede fuera de ella, vive en estado de alerta máximo.

Entre los musulmanes radicados en Europa, la guerra contra Irak provocó recelo. Al-Qaeda no es un Estado ni un ejército, sino una suerte de marca registrada que varios de sus miembros, dispersos en el mundo desde la eliminación del régimen talibán en Afganistán, invocan con la misma ligereza que la palabra Alá cada vez que cometen un atentado.

Frente a ello, el ideólogo conservador Robert Kagan influyó en forma decisiva en la doctrina de las guerras preventivas formalizada por Bush y aplicada, sin venia oficial, por sus antecesores. Fue, en su léxico, una apelación al rigor en Marte (los Estados Unidos) y a la intolerancia en Venus (Europa). Aunó de ese modo a los dioses de la guerra y del amor, respectivamente.

Blair, antes socio de Bill Clinton, ahora socio de Bush, decidió abrazarla. Con tanto ímpetu que terminó siendo más popular en los Estados Unidos que en Gran Bretaña.

Desde su arribo al 10 de Downing Street, el 2 de mayo de 1997, después de aplastar a los conservadores en las elecciones, se perfiló como un pragmático que, adscrito a la tercera vía, iba a convocar a líderes socialdemócratas y, al mismo tiempo, iba a aplicar fórmulas bélicas. Hasta llegó a plantear una alianza con el Partido Demócrata Liberal, el tercero del país, que luego, por consejo de sus asesores, desechó. Pensaba entonces, con los índices de popularidad en alza, que iba a trasponer sin problemas la frontera del siglo y del milenio.

Lo hizo, pero un año después, en 2001, cambió su amistad con Clinton por su amistad con Bush. Y, valiéndose de la información falsa sobre Irak de la cual ambos jamás asumieron responsabilidad alguna, vendió con tono patético la guerra. La vendió mejor que su par transatlántico. Y emprendió, al igual que él, una campaña negativa, infundiendo miedo al estilo Ben Laden con el fin de aumentar su predicamento y de permanecer en el poder.

Como Bush, Blair se calzó el uniforme y se puso las botas. Algo más se calzó y se puso: fue el primero en visitarlo después de que ganara la reelección y fue el primero en defenderlo frente a los mandatarios europeos, no convencidos, según sus palabras, de que debían enfrentar una «nueva realidad».

¿Cuatro años más o cuatro guerras más? Churchill creyó en la Segunda Guerra Mundial, sorprendido por la caída de Francia a los pies de Hitler, que la única alternativa de Gran Bretaña era buscar cobijo en los Estados Unidos. Blair no actuó de otro modo después de haber sido el primero en ponerse del lado de Bush tras los atentados de 2001, así como Margaret Thatcher compartía cada paso en Europa continental con Ronald Reagan; eso no impidió que las tropas norteamericanas invadieran sin consulta previa la isla de Granada, parte de la Commonwealth.

A diferencia de Reagan, sin embargo, Bush necesitaba un aliado incondicional en Europa para lograr consenso en la guerra contra Irak. Necesitaba a Blair. Y Blair, con los precedentes de Bosnia, Sierra Leona, Kosovo, Macedonia y Afganistán, no iba a tener dificultad en desplegar sus mejores argumentos para deponer a un régimen despótico, capaz de lanzar sus armas de destrucción masiva contra las bases británicas en Chipre en menos de una hora.

El costo pudo ser un rehén decapitado en Irak, Kenneth Bigley, pero Blair obtuvo dos promesas: una segunda resolución en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, finalmente frustrada, y otra hoja de ruta para un acuerdo entre israelíes y palestinos, también frustrada.

Le reportó poco. O nada. Pero dejó más clara que antes su posición frente a los líderes continentales. En el ínterin entre la guerra contra Irak y las elecciones norteamericanas, la Unión Europea aumentó su membresía de 15 a 25 miembros. Sin la bendición de los Estados Unidos, negociada por Blair, el acuerdo en sí poco y nada habría significado. Como poco y nada habría significado para él insistir en propagar miedos si Bush hubiera perdido la reelección a pesar de la súbita aparición en escena de Ben Laden, cual cuña entre él y su rival demócrata, John Kerry.

No vivimos tiempos de descubrimientos, sino de clonaciones. Como la fórmula de Bush, trasladada a Blair, por la cual el rigor en Marte justifica la intolerancia en Venus. Y viceversa.



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