La vida de los otros




El gobierno de Olmert paga las consecuencias de la revisión interna de la guerra contra Hezbollah, apoyada por Bush

Hezbollah cruzó la frontera del Líbano con Israel, mató a tres soldados israelíes y secuestró a dos. No demoró la reacción de Israel, con bombardeos contra el Líbano. Demoró, curiosamente, la reacción de los Estados Unidos, custodio de Israel. Cuatro días demoró George W. Bush en concluir en San Petersburgo, donde se realizaba una cumbre del G-8, que Hezbollah, aupado por Irán y Siria, propiciaba la inestabilidad en Medio Oriente, al igual que Hamas en Palestina. Dos días más demoró la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, en evaluar el alto el fuego a pedido de la comunidad internacional. Mientras tanto, el Líbano ardía.

Promediaba julio de 2006. En esos días, Bush convino que la campaña aérea emprendida por Israel era prima hermana de sus guerras preventivas. Era, convino, una forma de evitar represalias contra Israel desde el Líbano. El arsenal de Hezbollah, escondido en refugios subterráneos, había crecido con la ayuda de Irán y Siria desde el final de la ocupación israelí del sur del Líbano, en 2000. El sheikh Hassan Nasrallah, líder de Hezbollah, a tono con el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, consideraba que Israel debía desaparecer. En esos términos, la guerra cobró vigor. La comunidad internacional, en alerta, esperaba que los Estados Unidos terciaran con mayor celeridad. Bush esperaba el desenlace.

En esos días, mortificadas las Naciones Unidas por Irak y amenazadas por Irán, las coordenadas del primer ministro de Israel, Ehud Olmert, hallaron un solo punto de encuentro. Bush, con su silencio, convalidaba la reacción de Israel contra una organización que los Estados Unidos tildan de terrorista. Tanto Israel como los Estados Unidos planeaban enfrentarse con Hezbollah antes de que fueran secuestrados los soldados israelíes. Nasrallah, enterado de ello, prefirió provocarlos. Y Olmert, invicto de guerras a diferencia de su antecesor, Ariel Sharon, reaccionó a lo Sharon, mentor de los asesinatos selectivos de cabecillas de Hamas y Al-Fatah en Palestina como respuesta a los atentados en su territorio.

En esos días, envalentonado Ahmadinejad con su plan nuclear, era importante para Bush, así como para Olmert, que Hezbollah no tuviera misiles para secundar una virtual agresión de Irán contra Israel. El costo, sin embargo, iba a ser una mancha más para el tigre: el descrédito internacional de los Estados Unidos, cual arrastre de la escasa simpatía transmitida por Bush y sus guerras preventivas, contagió a Israel. Pocas veces, Israel, más allá de su primer ministro de turno, tuvo una imagen tan negativa.

Israel ganó la guerra contra Hezbollah como los Estados Unidos ganaron la guerra contra Irak: sin éxito. A los ojos de los árabes, Hezbollah mantuvo intacta su capacidad de desafiar a Israel. De restaurar el orgullo se trataba, como la decisión de Mohamed Anwar al Sadat de cruzar el canal de Suez, en 1973, de modo de marchar hacia Jerusalén y recuperar para Egipto la península del Sinaí. Bajo esa hipótesis, Hezbollah pudo no haber ganado la guerra, pero cautivó las mentes y, sobre todo, los corazones de los árabes. A costa de los libaneses y de los israelíes de a pie, desde luego.

La guerra tuvo un daño colateral no previsto por Olmert ni por Bush: hasta entonces, Israel basaba su poder en la región sobre su abrumador poder militar, cual defensa frente a las ambigüedades, y las amenazas, de los líderes árabes. En un santiamén, un líder marginal, Nasrallah, mostró las flaquezas de Israel en coincidencia con la otra guerra, la guerra contra Hamas en Palestina. En ambos casos, por provocaciones. Y en ambos casos, también, en coincidencia con el duelo entre Bush y Ahmadinejad a la sombra de Irak.

La democracia, por defecto y virtud, emplea mecanismos que no son más que rarezas para otro tipo de regímenes. Entre ellos, la revisión de cuentas y actos. Olmert, sometido al juicio de una comisión de cinco miembros encabezada por el juez retirado Eliahu Winograd, resultó acusado de apuro, imprudencia e irresponsabilidad por haber declarado la guerra. Pésimo bautismo de fuego del partido Kadima, coalición creada por Sharon antes de caer en coma. En él, el ministro de Defensa, Amir Peretz, más familiarizado con las luchas sindicales que con las militares, dejó mucho que desear. Sobre todo, por su inexperiencia.

El fracaso como conclusión dio en los rostros de un hombre del Likud convertido al Kadima, Olmert, y de otro del laborismo, Peretz. Y dio en el rostro de la sociedad israelí por haber sido complaciente con su gobierno. Menudo dilema en un país que carga con un dilema original: no puede perder una sola guerra. No por el riesgo de la derrota, sino por el riesgo de la desaparición.

De ahí la extrema, y comprensible, sensibilidad cada vez que un maniático desaprueba su existencia. Lo cual tampoco da una carta franca para declarar una guerra ante la menor provocación: 1000 libaneses y 160 israelíes murieron por ella.

En una situación dramática, la gente descansa en la cordura del Estado constituido, no en la del terrorista, por más que haya Estados detrás de él. La humillación sepultó a Peretz dentro del laborismo y al renunciante teniente general Dan Halutz, jefe del estado mayor. La humillación empañó a Olmert, sostenido por su mayoría parlamentaria. En su gobierno, las sospechas de cargos de corrupción contra él y otros miembros refleja debilidad, así como el pedido de la canciller Tzipi Livni de que dimita. Lo salvó la economía, encaminada, y la seguridad, controlada. Controlada, en gran parte, por los muros tendidos por Sharon frente a los palestinos.

En su momento, Ehud Barak, laborista, decidió retirase del sur del Líbano después de 22 años de ocupación. En su momento, Sharon, del Likud, decidió retirarse de la Franja de Gaza y de parte de Cisjordania después de 39 años de ocupación.

En ese caso, en 2005, al final de aquello que se llamó desconexión, una lluvia de cohetes lanzados desde Palestina coronó la operación militar, resistida por los colonos judíos. Uno de ellos me confesó, en medio del caos, que se sentía culpable de haber votado gobiernos que tomaban decisiones unilaterales. No había habido coordinación, de modo que los presuntos beneficiados tuvieran vidas e instituciones dignas. No había habido coordinación ni previsión.

La guerra contra Hezbollah en el Líbano en 2006 no fue la guerra contra el Líbano en 1982. Olmert y Bush percibieron una victoria donde los gobiernos europeos, más  complacientes con los árabes desde la Guerra de los Seis, en 1967, percibieron una derrota. Una derrota auto inflingida de Israel. ¿Era la guerra una necesidad, más que una opción, cual advertencia a Irán y Siria por su apoyo a Hezbollah y a la insurgencia chiíta en Irak?

El secuestro de soldados israelíes, a cambio de árabes (palestinos, en su mayoría) encarcelados en Israel, desencadenó la violencia en varias ocasiones. El secuestro y la renuencia a aceptar el intercambio por el temor a sentar precedente. Poco antes de la guerra contra Hezbollah, Hamas secuestró a un soldado israelí en el límite con la Franja de Gaza después de haber matado a dos. Provocó la réplica de Israel y, como correlato de ella, la reconciliación entre facciones palestinas enfrentadas y el respaldo de los países árabes.

El castigo de poblaciones civiles con la vana esperanza de que repelieran a Hamas y Hezbollah obró en contra de Israel. En cierto modo, Bush creó con sus guerras preventivas un sistema de premios y castigos. Premios a los leales y castigos, o indiferencia, a los tibios. ¿Tenía margen Olmert, provocado a dos bandas, para no actuar a lo Sharon, más allá de la imprudencia propia y de la inexperiencia cercana? La comisión que investigó el proceder de su gobierno concluyó que no midió las consecuencias. Como en Irak, la vida de los otros y las secuelas poco importaron.



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