Contigo aprendí




Bush y Kim se detestan, pero, asediados por problemas internos, necesitaban encontrar una salida para recuperarse

Excepto para el depuesto régimen de Saddam Hussein, sobre el cual no hubo lágrimas ni honras, el “eje del mal” tuvo un efecto no deseado: fortaleció a aquellos que, en principio, apenas contaban con la capacidad necesaria para negociar rebajas de ocasión frente a eventuales sanciones económicas de las Naciones Unidas por ir detrás de la bomba. La bomba manda. En un mundo sin liderazgos claros, echado a rodar como una bola de billar después de la Guerra Fría, la bomba, o la mera intención de concebirla en casa, indica el grado de peligro, y de interés, que puede entrañar un país o un gobierno determinado.

La bomba, empero, no es igual para todos. No significa lo mismo. Israel, aunque niegue poseerla, procura asegurarse con ella su existencia. Irán, aunque niegue su afán de poseerla, procura asegurarse con ella su independencia. En algunos casos, la bomba no sólo da garantías a los regímenes, sino, también, a los Estados. En ello pudieron fallar los cálculos de los gobiernos de Bill Clinton y de George W. Bush: en creer que el fin de los regímenes deparaba el fin de las aspiraciones nucleares de los Estados.

En Corea del Norte, uno de los últimos bastiones comunistas del planeta, los Estados Unidos y China compartieron el fracaso en las negociaciones por evitar la bomba. No hubo forma de torcer el brazo de Kim Jong Il, famoso por su discurso enigmático y contradictorio, hasta que firmaron un acuerdo que, curiosamente, el gobierno de Bush había considerado demasiado generoso para un régimen cerrado y represivo. Peor aún que el régimen del difunto Hussein.

Poco antes del acuerdo, alcanzado en las negociaciones a seis bandas entre las dos Coreas, los Estados Unidos, China, Japón y Rusia, Kim había hecho detonar la bomba. Su bomba. Era octubre de 2006. Un mes después, la victoria demócrata en las elecciones de medio término norteamericanas iba a sellar la debilidad de Bush en sus dos últimos años de gobierno. Iba a sellar, también, su extrema necesidad de exhibir algún progreso en la cruzada contra el “eje del mal”. Un trofeo de guerra, en realidad.

Con Irak y Afganistán a la deriva e Irán a su aire, Corea del Norte no era una plaza fácil. Era la única alternativa. El gobierno de Bush obró con cautela y, en cierto modo, se vio reflejado en un espejo empañado. Frente a él, el régimen de Kim, azotado por la economía, no parecía estar en mejor condición. Ambos, más allá de la distancia física y de la distancia ideológica, estaban ansiosos por obtener algún rédito de sus apuestas: uno, por la bomba; el otro, por el desarme.

Kim llevaba las de perder. Pagó un precio alto por haber cometido un error estratégico, y monumental, con su ensayo nuclear. Lo hizo en las montañas norcoreanas, cerca de la frontera con China. Alarmado, su par y vecino Hu Jintao, hasta entonces defensor a ultranza de la dinastía creada por el padre de Kim, Kim Il Sung, muerto en 1994, reaccionó en consecuencia: recortó la ayuda militar y, como si hubiera sido aliado de toda la vida de los Estados Unidos, restringió los movimientos bancarios de la plana mayor de la dirigencia norcoreana, familiarizada con el lujo en un país hambreado.

Gracias a ello, Bush tuvo margen de maniobra. Y logró el compromiso de Corea del Norte de desactivar sus reactores nucleares e instalaciones de reprocesamiento, así como de admitir a los inspectores de armas. A ello se había opuesto durante varios años el régimen de Hussein, sospechoso de esconder la bomba que, finalmente, no poseía.

Si Kim no patea el tablero, algo no del todo imposible en un individuo excéntrico e imprevisible como él, la fórmula no aplicada por los Estados Unidos con Irak e Irán habrá dado resultado en un escenario diferente, Asia, menos influido que Medio Oriente por las presiones, y las pasiones, regionales.

Con ella, Bush redondeó la palabra que repele las guerras preventivas: desarme. Pudo haberla obtenido antes si no hubiera estado obsesionado en ahogar al régimen, como si de Irak o de Irán se tratara.

En otro tiempo, sin un precedente de la magnitud de la voladura de las Torres Gemelas, Clinton pudo haber pecado de ingenuo con el acuerdo que suscribió con el régimen en 1994. Le entregó incentivos en forma inmediata. Quedan pendientes, en esta oportunidad, hasta que sea desactivada la planta de Yongbyon.

¿Puede aplicar Bush la misma fórmula con Irán? Para ello, Mahmoud Ahmadinejad debería cometer un error. O una estupidez, como Kim. Debería ganarse la desconfianza de Siria, por ejemplo. Está lejos de ello. Sobre todo, por la cercanía de Irak y por el fin, no negado, de enriquecer uranio, primer paso hacia la concepción de la bomba. De su bomba.

En su país, gobernado bajo el dogma de la revolución islámica, el estilo y las condiciones de vida nada tienen que ver con Corea del Norte. Con Irán, los Estados Unidos no negocian. Discrepan. Alzan la voz. Temen que colabore con la disidencia chiíta de Irak, pero no pueden demostrarlo.

No cuentan, como en Corea del Norte, con el respaldo de China y, por extensión, de Rusia, socios del gobierno de Ahmadinejad con poder de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Tampoco cuentan con un consenso sobre el peligro que representaría la bomba en sí, más allá de que Israel haya sido conminado a ser borrado del mapa.

¿Es menos peligroso un régimen que el otro o, más allá de eso, es menos peligroso un Estado que el otro? La bomba, mandona, no amerita concesiones en Irán. Por una razón: todavía no existe.

Ahmadinejad, desmarcado del Tratado de No Proliferación, insiste en desafiar a las Naciones Unidas mientras, a su alrededor, cuatro guerras civiles latentes requieren más atención que sus palabras hirientes y sus revisiones históricas: Irak, el Líbano, Palestina y Afganistán. Cuatro guerras civiles y la presencia de Al-Qaeda.

China provee energía a Irán; Rusia le vende armas y construye su primer reactor nuclear. Confían en la promesa de Ahmadinejad: el enriquecimiento de uranio no tendrá propósitos bélicos, sino pacíficos. ¿Por qué no creerle, pues? Priman los intereses económicos sobre los peligros virtuales. Hasta Europa incrementó sus negocios con ese país; la industria petrolera está exenta de las sanciones de las Naciones Unidas.

Con Kim, Bush aprendió que existe un atajo de la vía aparentemente rápida de las guerras preventivas, pero la bomba manda. Fija la agenda. Y establece la diferencia entre un régimen y Estado, no del todo clara en la Guerra Fría. Ni después: las cuatro versiones de Hussein (despuesto, prófugo, encarcelado y colgado) no sirvieron para aplacar la ira en Irak contra la ocupación. Menos aún para zurcir las divisiones internas.

En Corea del Norte, impenetrable, la procesión va por dentro, así como fue por dentro la decisión de Kim de firmar el acuerdo por la presión de China, no de los Estados Unidos, en un mundo sin liderazgos ni horizontes claros. En un mundo en el cual la bomba impone más respeto que la soberanía nacional y otros conceptos que el viento, y la globalización, se llevaron.



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