El arte de la imprudencia




Resucitó rencores personales, relegando con ellos el replanteo entre la vieja Europa y la nueva Europa en un momento decisivo

Más allá de las dudas, y de las críticas, por su autoridad moral para presidir la Unión Europea (UE), Silvio Berlusconi tenía una oportunidad, acaso única, de dejar de lado las rencillas personales (problemas legales irresueltos y conflictos de intereses también irresueltos) y encarar una agenda por sí misma ambiciosa: firma de la primera Constitución Europea, impulso de la red de transportes transeuropeos, finalización de las negociaciones de ampliación, endurecimiento de la política de inmigración y reconciliación con los Estados Unidos después de las rajaduras que produjeron las diferencias por la guerra contra Irak.

Su debut en el cargo rotativo, sin embargo, no pudo ser peor: comparó en el Parlamento Europeo al eurodiputado alemán Martin Schulz, de filiación socialdemócrata como el canciller Gerhard Schröder, con un esbirro de las SS, recomendándole que desempeñe el papel de guardia, o de capo, de un campo de concentración en una película. Réplica absurda, resucitando estereotipos odiosos, frente a preguntas vinculadas con una nueva ley de inmunidad, en Italia, por la cual sortearía demandas judiciales y frente a los arrebatos del ministro Umberto Bossi, líder de la Liga del Norte y socio de la coalición gubernamental, dispuesto a bombardear pateras con tal de espantar a los inmigrantes ilegales.

La ironía de Berlusconi, de pésimo gusto, provocó, a su vez, el reclamo de Schröder, en espera de que el honor de su país, y de Schulz, fuera reparado; lo único que comparten con Hitler es el idioma, en definitiva. En una comunicación telefónica entendió, al parecer, que el asunto estaba zanjado con las disculpas del caso.

Berlusconi, empero, repuso que no se había arrepentido y que, en realidad, el ofendido era él. La película, pues, no promete ser aclamada por la crítica, como “La vita è bella (La vida es bella)”, de Roberto Begnini, sino relegada a los escaparates de clase B.

La otra película, en tanto, aún no ha comenzado a rodarse. Responde al guión de la nueva Europa, o de la nueva UE, ampliada en la cantidad de actores y de extras desde mayo de 2004, de 15 a 25, con el desafío de asumir la responsabilidad de su defensa, relegada desde la Segunda Guerra Mundial a los Estados Unidos.

El reto coincide con un momento crucial: el terrorismo, capaz de pulverizar ciudades como en las más truculentas superproducciones de Hollywood, no es un fenómeno ajeno y distante, como pudo ser la Guerra Fría para algunos países europeos. Así como las armas químicas tampoco son un fenómeno distante y ajeno, por más que no hayan sido halladas en Irak. O aquellos asuntos de los cuales se han desentendido los Estados Unidos, como el calentamiento global. U otros cuyas preocupaciones son compartidas, como la inmigración ilegal en medio de una desigualdad fenomenal.

Frente a ello, después de haber tenido la virtud de eliminar fronteras comerciales, emparejar leyes y unificar la moneda sin afectar la identidad de sus miembros, la ansiedad más logística que política de George W. Bush, asociado con Tony Blair y José María Aznar, vino a dividir a la UE en vísperas de la guerra contra Irak y, cual efecto dominó, la ansiedad más política que logística de Berlusconi, otro de sus aliados, vino a dividirla aún más en lugar de restablecer la armonía. O de apelar a los valores comunes, emanados de los principios de la Carta de las Naciones Unidas. Es decir, del mismo ámbito en el cual surgieron las diferencias.

En él talló la posición compartida entre Schröder y Jacques Chirac en aras de conceder mayor plazo a los inspectores de armas ante el apuro de Bush por deshacerse de Saddam Hussein. Contrapunto, dentro de la UE, con Blair, Aznar y… Berlusconi. Cada vez más alejado del bloque, o de la realidad, al punto de haber propuesto la incorporación de Rusia y de Israel, de pedir el levantamiento del embargo de armas contra Libia y, como si fuera Bush, de rechazar una reunión con Yasser Arafat durante una escala en Medio Oriente.

De la imprudencia, o del pleito, ha hecho un arte. Quizás en defensa propia con tal de desviar la atención hacia el reality show, comparando a un político alemán con un guardia de la era nazi, y de eludir de ese modo las respuestas a los cargos por los cuales Schulz insiste desde 1999 en una causa que llevaba el juez español Baltasar Garzón. En especial, por el conflicto de intereses entre ser jefe de gobierno y de un imperio mediático, poniendo en riesgo la libertad de expresión y la independencia judicial. Y por avalar medidas drásticas contra la inmigración ilegal inspiradas por Bossi que, en el fondo, son incompatibles con la Carta Europea de los Derechos Fundamentales.

Schulz, en su carácter de coordinador del grupo socialista en la Comisión de Libertades Públicas del Parlamento Europeo, se topó entonces con la resistencia de la eurodiputada conservadora francesa Nicole Fontaine, renuente a levantar la inmunidad de su par Berlusconi en las diferentes sedes del Parlamento: Bruselas, Luxemburgo y Estrasburgo. Zafó, así, durante un año y medio.

Con su léxico inapropiado, cultivado en el desdén por las formas, Berlusconi no ha podido disimular con su inmensa fortuna (es el hombre más rico de Italia) el desprecio hacia los burócratas, y los políticos, de carrera gracias al cual, tarde tal vez, hizo carrera, tildando de comunistas a los fiscales y los jueces italianos que han presentado cargos de corrupción en su contra. Un capital en Italia, no en la UE.

Señal de que no era casualidad, aparentemente, que un actor como Ronald Reagan llegara a ser presidente de los Estados Unidos en presumible contraposición con los modelos de De Gaulle, Churchill o Adenauer. Tendencia que iba a ir en aumento hasta llegar a los Bush, padre e hijo. Ni a un posfascista como Gianfranco Fini, también socio de Berlusconi, se le hubiera ocurrido meterse en camisa de once varas. O siete letras: nazismo.

Desatinado en sus juicios, Berlusconi ha llegado a recrear el choque de las civilizaciones, de Huntington, después del 11 de septiembre de 2001, exaltando la superioridad de la civilización occidental sobre la islámica y vaticinando conquistas de pueblos, y ha rebautizado a los fundadores de Roma con los nombres de Rómulo y Rémulo en vez de Rómulo y Remo. Berlusconi, no Bush.

Licencias admitidas, en principio, por la avalancha de escándalos a la cual sobrevivió Italia: por medio de la operación Mani pulite (Manos limpias) y del juez Antonio Di Pietro, ahora eurodiputado, desde los tempranos noventa cayeron el antiguo presidente de los socialistas, Bettino Craxi, acusado de haberse enriquecido en forma ilegal (era padrino de dos hijos de Berlusconi), y el principal dirigente de la democracia cristiana, Giulio Andreotti, acusado de nexos con la mafia y hasta de complicidad en un asesinato.

El vacío de poder, aumentado con el escarnio público de diputados, senadores y ex ministros, hizo tambalear el sistema político. De ahí, por goteo televisivo casi permanente, surgió el showman: Berlusconi, jefe de gobierno entre mayo y diciembre de 1994. Reincidente, a pesar del magro resultado de aquella gestión y de las querellas en su contra, desde mayo de 2001. Más allá de las dudas y, también, de las críticas. De película todas ellas.



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