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Edward Snowden: 1984 en 2014

¿Es Snowden un héroe por haber revelado prácticas que atentan contra la privacidad de las personas o un traidor por haber puesto en peligro la seguridad de su país?

Los escándalos de espionaje masivo en los Estados Unidos han hecho disparar las ventas del libro “1984”, de George Orwell. Su crítica al totalitarismo soviético, plasmada a mediados del siglo XX, pasó a ser una denuncia global contra la capacidad del Estado de controlar a los ciudadanos. Por la llamada ley patriota de George W. Bush, los servicios secretos de su país están exentos de la vigilancia gubernamental. La granada estalló en 2013 en las manos de Obama. Coincidió con la guerra fría que libra contra su par de Rusia, Vladimir Putin, protector de Edward Snowden, fugitivo de la justicia norteamericana.

Snowden, ex administrador de sistemas de la compañía privada de inteligencia Booz Allen Hamilton, del Centro de Operaciones de Amenazas de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) en Hawaii, de la CIA y de la compañía de informática Dell, confió documentos secretos a los periódicos The Guardian y The Washington Post. Fueron parcialmente ventilados. ¿Es un héroe por haber revelado prácticas que atentan contra la privacidad de las personas o un traidor por haber puesto en peligro la seguridad de su país? Esa es la cuestión.

La desconfianza levanta ampollas en tiempos en que la verdad se cotiza en baja. Después de los atentados de 2005 contra los medios de transporte de Londres, la BBC recreó la neolengua orwelliana (newspeak) para evitar el pánico colectivo: sustituyó la palabra terroristas por bombers (literalmente, los que ponen bombas). La manipulación del idioma aportó en ese momento algo de calma. Era una forma políticamente incorrecta de neutralizar el impacto de la palabra terroristas. Lo mismo ocurre con Snowden, expuesto en forma alternativa como un héroe o un traidor al revelar que el espionaje estatal recrea aquello que caracteriza al Gran Hermano en “1984”.

Orwell, su autor, no intentaba concebir una profecía a plazo fijo, sino asociar un futuro que imaginaba remoto, acaso imposible, con recuerdos aún frescos, como la temporada durante la cual condujo un programa de radio en la BBC y el breve romance que mantuvo con Sonia Brownell (en la novela, Julia, la amante prohibida del protagonista, Winston Smith). No quiso ponerle fecha. El título original de “1984”, síntesis de su aversión al imperialismo, el comunismo y el fascismo, era “El último hombre de Europa”. Ante las objeciones de su editor, aceptó invertir los dos últimos dígitos del año en que estaba escribiéndola, 1948.

El Gran Hermano te vigila y, gracias a él, no existen los terroristas, sino los bombers. Por definición, los terroristas intimidan a la población civil y obligan al gobierno a abstenerse de alguna acción. El objetivo de los atentados de Londres, donde también transcurre “1984”, era obligar al primer ministro británico, Tony Blair, a retirar sus tropas de Irak. Sus autores no eran bombers, sino terroristas, según las 12 convenciones sobre la materia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La BBC contribuyó a mitigar el pánico colectivo como, en 2001, las cadenas de televisión de los Estados Unidos tras la voladura de las Torres Gemelas.

Así como los terroristas son bombers, los irlandeses del IRA y los vascos de ETA son criminales, los palestinos son militantes, los chechenos son guerrilleros y los iraquíes y los talibanes son bajas. De ese modo, aunque no exista confrontación armada, algunos gobiernos se hacen ver como víctimas de intereses creados. En “1984”, con una neolengua rica en eufemismos, Oceanía (Occidente, en realidad) libra una guerra permanente contra Eurasia o Asia Oriental (metáfora del terrorismo). Para solucionar las necesidades ideológicas no resueltas por el Ingsoc (socialismo inglés), el sistema crea su lengua oficial.

Snowden pudo haber cometido el delito de faltar a su palabra y difundir información secreta, pero también ha dejado al descubierto que su gobierno mete las narices donde no debe. La NSA, según una auditoría interna, ha violado las leyes federales que protegen la intimidad de los individuos y se ha excedido en su autoridad al espiar a gobiernos y compañías extranjeras y usuarios de todo el mundo. La información entraña poder. Es el bien más caro y perecedero del planeta hasta que, contradiciendo una de las máximas de “1984”, la ignorancia deja de ser la fuerza y, sin medias tintas, los terroristas vuelven a ser lo que son.

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