No soy de aquí ni soy de allá




Los desastres naturales, como en Chile y Haití, causan más éxodos que las guerras

En su primera reacción tras el devastador terremoto en Chile, Evo Morales cala más hondo que cualquier otro mandatario con una reflexión que, por simple, no deja de ser punzante: “Siento que la madre tierra se enoja”. Tanto se enoja la madre tierra, o Pachamama, que promete para este siglo menos huracanes, tifones, inundaciones, tormentas de nieve y otras calamidades relacionadas con el clima, pero, al mismo tiempo, los fenómenos de ese tipo serán cada vez más intensos y, como consecuencia de ello, más devastadores. Es el pronóstico de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), dependiente de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

En 2009, 245 desastres naturales sacuden al planeta. De ellos, 224 están vinculados con el clima; afectan a 58 millones de personas. Por poco, la ONU no acierta en la cantidad de refugiados ambientales: prevé 50 millones. Se trata de aquellos que, por sequías, desertificación, erosión de los suelos, accidentes industriales y otros factores, deben desplazarse dentro de su país o radicarse en otro. Ningún gobierno concede fácilmente asilo por esa causa. Desde 1951 son refugiados “aquellos que huyen legalmente de su país debido a un temor bien fundado de ser perseguidos por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas”. No por un terremoto o un tsunami.

Es algo relativamente nuevo. Sólo en 1985 aparece el término refugiado ambiental, también llamado refugiado ecológico, emigrante medioambiental y ecorefugiado. Lo emplea por primera vez en un informe el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma). En esa categoría está comprendida la familia de Pierre Desarmes, vocalista haitiano de la banda Reggaeton Boys radicado en Chile. Va por los suyos a Puerto Príncipe tras el terremoto del 12 de enero. Son sus padres, sus hermanos y una sobrina; nueve, en total. Los lleva a Santiago para liberarlos de aquel horror. En apenas 46 días sentirán un déjà vu: el suelo tiembla de nuevo bajo sus pies. “¿Hasta cuándo, Dios mío?”, atina a balbucear la madre de Pierre.

Es lo mismo que se preguntan en las islas Tuvalu y Fiji, dos de los países más pequeños del planeta. En menos de 50 años, a raíz del aumento del nivel de las aguas por el cambio climático, quedarán sumergidas en el Océano Pacífico. Sus habitantes encontrarán cobijo en Nueva Zelanda, dispuesta a recibirlos. En ese momento, de no reconciliarnos con la madre tierra, serán usuales los éxodos como el emprendido desde Haití por los Desarmes, aunque, se supone, con mejor estrella y desenlace. En 2050 habrá entre 200 millones de personas en esa situación, según la Universidad de Oxford, y 1000 millones, según la organización humanitaria Christian Aid.

En la actualidad, más allá del gasto inmenso y creciente en armas, hay más víctimas por desastres naturales que por guerras convencionales. Desde 1991, con el final de la Guerra Fría y la desintegración de la Unión Soviética, los conflictos tienden a estallar dentro de los países, no entre los países. En los 325 contados desde 1946 hasta 2007, sin incluir los atentados terroristas, hay menos de cinco millones de bajas; es la décima parte de los perjudicados por tsunamis, inundaciones y otras calamidades de ese tipo en un solo año. Una aberración no disimula la otra: la madre tierra tiene sus razones para enojarse con la capacidad de autodestrucción del hombre y el desprecio por su propio hábitat.

¿Por qué el terremoto en Chile, varias veces más poderoso que en Haití, se cobra menos víctimas? Porque el país, más rico, tiene experiencia en temblores y está preparado con construcciones antisísmicas, y porque el epicentro se encuentra lejos de la costa y a más profundidad que en Haití, declarado en las afueras de Puerto Príncipe. En un caso, la reconstrucción demandará tres o cuatro años, según sus autoridades; en el otro, quizá demande una década por la dificultad para recibir créditos de organismos internacionales a tasas razonables.

Sólo en algo coinciden estas tragedias: en la desesperación inicial de la gente, sin distinción entre clases ni países, frente al temor a perderlo todo y no contar con comida, bebida y abrigo suficientes. Eso ha ocurrido en 2005 en Nueva Orleáns tras la hecatombe provocada por el huracán Katrina. Entonces, como ahora en Haití y Chile, han fallado todos los sistemas de alerta temprana, desbordados por la incertidumbre y los saqueos en medio del caos.

Es parte de la condición humana acopiar alimento y agua en esas circunstancias, no televisores de plasma. Deberá ser parte de ella, también, incorporar en la legislación de todos los países al refugiado ambiental. Es el nuevo inmigrante, acaso tan urgido como aquel que cruza la frontera para despojarse del pasado y encontrar el futuro en un presente que, confía, es mejor que el suyo, siempre y cuando la madre tierra no sienta un déjà vu y eche todo a perder.



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