Remedios para toda clase de errores




Bush carga con un súbito costo político: han muerto más soldados norteamericanos en la posguerra que en la guerra

Sonó la alarma en la Casa Blanca: 116 soldados norteamericanos muertos superaban el miércoles los 115 que demandó, entre el 19 de marzo y el 30 de abril, el derrocamiento de Saddam Hussein y la ocupación de Irak. En seis meses, el primer ensayo de la remozada estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos, emparentada con los ataques preventivos contra enemigos potenciales, amenaza con convalidar una máxima no contemplada en el presupuesto: si algo puede ir mal, irá mal.

No ha ido mal a los ojos de Bush y de su gente, empero, sino peor a los ojos de la opinión pública. Diferencia sustancial con Bill Clinton: la importancia escasa, o nula, adjudicada a los índices de percepción reflejados en las encuestas. Más allá de que uno de los señores, y mentores, de la guerra, Paul Wolfowitz, segundo de Donald Rumsfeld en el Pentágono, se haya salvado por un pelo en un atentado contra el hotel en el que estaba alojado en Bagdad. Más allá, también, de los atentados posteriores, con sello terrorista y correlato suicida, contra el Comité Internacional de la Cruz Roja y cuatro comisarías.

La resistencia iraquí, al menos en el mundo árabe, ha cobrado más adeptos que la ocupación, y la preocupación, internacional. Y ha adquirido, en cierto modo, el tono épico que Bush pretendía para sí mismo por haber borrado de la faz del planeta una dictadura inconcebible. No falló en el juicio, sino en el método y en el desenlace. Difíciles de remontar, cual barrilete de piedra, frente a preguntas básicas: ¿existen las armas químicas que, como excusa, desencadenaron la guerra?, ¿dónde está Saddam? y, a propósito, ¿qué es de la vida de Osama ben Laden?

Que la verdad no salga del círculo de unos pocos, según la convicción de algunos funcionarios norteamericanos formados en la doctrina antiutópica del filósofo alemán Strauss (Leo, no Levis, profesor de la Universidad de Chicago fallecido en 1973), no significa, en principio, que la mentira sea el eje de todo. Dios nos guarde: ¿de qué vale tapar el sol con un dedo, procurando disimular los ataúdes de los soldados caídos en Irak, si el resultado de la guerra y de la posguerra, tomado el pulso de la gente, no comulga con mayor seguridad, sino con mayor defensa, ni con mayor bonanza, sino con mayor sacrificio?

No vayamos tan lejos, pues. El norteamericano medio, con su fe en la democracia, su compromiso comunitario y su respeto a las instituciones, no hila tan fino. Tiene otro tipo de dudas. Más llanas. Por ejemplo: ¿por qué en los Estados Unidos, según los registros gubernamentales de 2002, había 35 millones de pobres (1,4 millón más en un año) y 44 millones de personas sin seguro de salud (2,4 millones más en igual período)?

Frente a ello, Bush parece tener remedios para toda clase de errores. Hasta para los iraquíes que, apenas estalló la guerra, veían a las tropas norteamericanas y británicas como libertadoras y que, agotada su paciencia ante la promesa de bienestar súbito que entrañaba la democracia en ciernes, coinciden en tildarlas de invasoras, dejándose llevar, a veces, por la prédica de miembros dispersos del Partido Baaz de Saddam (lo malo conocido) y, otras, por las órdenes de un mando centralizado que, en rechazo a la ocupación, comete atentados en escala, valiéndose de suicidas. Como los palestinos en Israel y los criminales que demolieron las Torres Gemelas.

Salvo alguna que otra sonrisa de ocasión, Bush no ha podido evitar el gesto compungido, ceñudo, desde septiembre de 2001. Comprensible en tanto no derivara, como derivó, en la única política de Estado hacia el exterior. Todo, hasta los acuerdos comerciales, quedó virtualmente atado a la lucha contra el terrorismo.

La guerra era una solución, pero se ha convertido en un dilema. Serio. Tan serio que amenaza con empañar su carrera por la reelección, más allá de que las compañías contratistas en Irak y en Afganistán hayan comprometido donaciones de varios dígitos para su campaña.

En un año, o antes, la demanda no será por el paradero de las armas químicas, de Saddam o de Ben Laden, sino por el regreso de las tropas, así como por la rendición de cuentas de los 87.000 millones de dólares autorizados por el Capitolio para la reconstrucción de Irak y de Afganistán.

La ecuación de Bush linda el tono épico, sin embargo: más exitosos seamos, más reacciones tendremos. La comunidad internacional, empezando por las Naciones Unidas, no estaba, ni está, preparada para el salto cualitativo. Después de la guerra, consumada a pesar de los reparos legales, ha naufragado a la altura de una sociedad de debates irrelevante e ineficaz. Que no estaba, ni está, preparada para el ascenso de la unipolaridad norteamericana; Irak es tan circunstancial que pudo ser Irán o Siria. No estaba, ni está, preparada, en definitiva, para el cambio de léxico, y de actitud, en el cual, según Bush, no hay lugar para tibios.

En esa categoría, a los ojos de él y de su gente, militan los gobiernos de Francia, de Rusia y de China, entre otros, en su vano afán de equilibrar el poder mundial en el Consejo de Seguridad. Las reglas no figuran en la Carta de las Naciones Unidas, cuyo mandato apunta al mantenimiento de la paz y de la seguridad, sino en la estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos.

Desde septiembre de 2002, entonces, la doctrina del ataque preventivo supera la doctrina de la defensa general. Lo cual guarda relación con una premisa apuntada antes por Francis Fukuyama: los norteamericanos tienden a no reconocer otra fuente de legitimidad democrática superior al Estado-nación. ¿Qué es el Estado-nación? Un todo en el cual confluyen las instituciones y we, the people (nosotros, el pueblo).

Con ese criterio, Bush actuó como correspondía. No guiado por las encuestas, como hubiera hecho Clinton, sino por la lógica. O por la ideología. De ahí, al margen de las suspicacias por el petróleo y otros negocios colaterales, el carácter, o el imperativo, de la cruzada abrazada, también, por Tony Blair, después de haber sido socio de su antecesor en Kosovo y otros bombardeos, y por José María Aznar, tocado en su fibra íntima por la convivencia incómoda con ETA.

Aquellos que se han opuesto a la guerra contra Irak en el Consejo de Seguridad, o fuera de él, se amparan ahora en el llamado de la comunidad internacional, no de la coalición en sí, para participar de la posguerra y de la reconstrucción. Eso no cabe en la cabeza, ni en la lógica, de Bush. No tiene sentido. Seguro, como Blair y Aznar, de que obró como debía y de que, desentendido en apariencia de cuestiones tan fugaces como los índices de popularidad, no puede, ni quiere, bajarse del caballo.

Tiene un pretexto: varias naciones han violado desde 1945 la Carta de las Naciones Unidas, declarando guerras unilaterales por las cuales ha debido intervenir, y pagar, la comunidad internacional. Pretexto poco convincente, pero efectivo frente a la imprevisión, o el cambio no advertido, que, por ponerle fecha, pudo inaugurar la caída del Muro de Berlín o la desintegración de la Unión Soviética en la adolescencia de la globalización.

Resoluciones de posguerra en el Consejo de Seguridad, alentadas algunas de ellas por los Estados Unidos, han redondeado el unilateralismo. Del otro lado de la ventanilla han sido interpretadas, o compradas, como señales de multilateralismo.

El daño, si de él se trata, está hecho: ninguna resolución prescribía que los Estados Unidos y sus aliados tuvieran vía libre para promover un cambio de régimen, ni que un virrey como Paul Bremer iba a regentear la transición, mientras persisten, ahora, las preguntas básicas. Y recurrentes: ¿dónde están las armas químicas, Saddam, Ben Laden y, sobre todo, la legitimidad? Rompan todo; paga Bush.



Be the first to comment

Enlaces y comentarios

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.