Juego de poder




Como en una película, el mismo plan conduce a los mismos errores en Afganistán

Con inusitada rapidez, los hombres de George W. Bush concluyeron, tras la voladura de las Torres Gemelas, que Osama ben Laden era el principal sospechoso. No hubo duda: de inmediato pusieron precio a su cabeza. ¿Por qué estaban tan seguros de que el líder de Al-Qaeda y no otro había ejecutado el peor atentado en la historia de los Estados Unidos? Porque había sido uno de los mujahidines (luchadores) que, con armas e instrucción suministradas por el servicio de inteligencia militar de Paquistán (ISI) por medio de la CIA y agencias de otros países, expulsaron al régimen soviético de Afganistán en 1987, dos años antes del final de la Guerra Fría.

En el llamado Vietnam soviético murieron más de un millón de personas, en su mayoría afganos. La resistencia afgana, nutrida por fundamentalistas de países islámicos que se unieron a ella, recibió apoyo de los Estados Unidos y otros países, canalizado, o disimulado, a través del régimen militar de Paquistán, encabezado por el general Mohamed Zia ul-Haq. Nunca supieron los mujahidines de esa operación encubierta, de la cual participaron desde Egipto y Arabia Saudita hasta su archienemigo Israel.

En 1985, Ronald Reagan autorizó un considerable aumento en asistencia que incluyó desde armas hasta cursos de entrenamiento dictados a los agentes del ISI, no a los afganos en persona, por especialistas de la CIA y del Pentágono. Había sido pactado con la dictadura de Zia ul-Haq, instaurada en 1976 tras un golpe de Estado contra el primer ministro Zulficar Ali Bhutto, ahorcado en 1979. Horrible final del padre de la ex primera ministra Benazir Bhutto, asesinada en diciembre de 2007 en un atentado suicida.

En tres décadas, poco cambió en Paquistán. Y poco cambió la actitud del gobierno norteamericano: Reagan acordó con un presidente de facto, Zia ul-Haq, por su deseo de derrotar a la Unión Soviética, y Bush, desde el comienzo de la guerra contra el régimen talibán en Afganistán, también acordó con un presidente de facto, Pervez Musharraf, por su deseo de cazar a Ben Laden. En el ínterin crecieron en la Media Luna Dorada, zona montañosa que comprende Afganistán, Paquistán e Irán, los cultivos de opio, fuente de financiamiento del régimen talibán, aupado y pertrechado por la coalición antisoviética.

El opio es al régimen talibán lo que la cocaína es a las Fuerzas Armadas de Colombia (FARC). El opio de los pueblos es otra cosa. No es la religión, como dejó escrito Karl Marx, sino el error. Sobre todo, el error repetido después de haber aplicado la misma estrategia.

Es el sabor amargo que deja la película Charlie Wilson’s War (La guerra de Charlie Wilson), alias Juego de poder. En ella, basada sobre la historia real que escribió George Crile, el representante (diputado) demócrata Charlie Wilson (Tom Hanks), alentado por una millonaria texana ultraconservadora y católica, Joanne Herring (Julia Roberts), y secundado por un agente secreto desencantado con la CIA, Gust Avrakotos (Philip Seymour Hoffman), establece contacto con el dictador paquistaní Zia ul-Haq (Om Puri), y conviene en la necesidad de repeler a las tropas soviéticas de Afganistán, regado de campos de refugiados.

La condición era que las armas cedidas por Israel no tuvieran una sola estrella de David. Wilson empeña su palabra, más allá de ser un rústico representante de botas puntiagudas por un distrito perdido de Texas que se ufana de su anticomunismo y de su debilidad por el alcohol, las mujeres, las drogas, las mujeres, las juergas, las mujeres, las prostitutas y las mujeres. De hecho, todas sus asistentes son mujeres a las que llama cariñosamente sweetums, algo así como dulzuras en texano básico.

Wilson, el real, emprendió su guerra en el Comité de Asignaciones Presupuestarias de la Cámara de Representantes, en donde logró que los fondos para las operaciones clandestinas en Afganistán ascendieran de cinco millones a mil millones de dólares. Eran para expulsar a las tropas soviéticas. Y servían a la cruzada de Reagan contra el “imperio del mal”, émulo del “eje del mal” lanzado por Bush.

El desenlace, sin embargo, lejos estuvo de ser feliz. “Como siempre, llegamos para cambiar la situación y después nos vamos, pero, ¿sabes qué?, esa pelota que hemos puesto en movimiento sigue rebotando aún después de que nos hayamos ido”, dice Wilson en la película.

En Afganistán, dos décadas después de aquello, el régimen talibán mata voluntarios, maestros y colaboradores del gobierno de Hamid Karzai. Las bombas lanzadas por la alianza atlántica (OTAN), con bajas categóricas en sus filas como Canadá, aumentaron de 86 en 2004 a 3572 en 2007. Y nada. La misma estrategia indujo al mismo error: invertir en armas, no en escuelas, propuesta en la cual fracasó Wilson una vez que fue expulsado el Ejército Rojo.

Entonces, Ben Laden decía: “Ni yo ni mis hermanos vimos evidencias de la ayuda norteamericana”. Concluida la Guerra Fría, el ISI no se desintegró y la CIA continuó respaldando a los mujahidines, algunos de los cuales terminaron en Guantánamo. Otra fina ironía de este juego de poder.



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