La abuela de todas las batallas




Los países árabes se bambolean entre preservar las buenas relaciones con Bush y, a la vez, oponerse a la guerra

Saddam estaba muerto, o andaba de parranda, el primer día. Las tropas anglo-norteamericanas eran recibidas con entusiasmo en las ciudades liberadas del oprobio del tirano (símil imperfecto del Big Brother de Orwell, con sus bigotazos negros y su mirada ladina), el segundo día. Ya caía Bagdad, el tercer día, blanco de misiles teledirigidos (perdón, bombas inteligentes) que, según los estrategos del Pentágono, eran capaces de acertar en el tejado de un cuartel sin provocar víctimas civiles (daños colaterales, digo).

Iba a ser una guerra preventiva y, a la vez, quirúrgica o higiénica, como Kosovo. Hasta que, en medio de tanto neologismo, corrió como la pólvora, el cuarto día, el video del canal qatarí Al-Jazeera con los cuerpos despanzurrados de siete soldados norteamericanos y los rostros demudados de otros cinco, prisioneros. Un sudor frío recorrió las cervicales de Bush y de Blair: no tenían previsto que, a diferencia de la primera campaña del Golfo, Saddam tuviera su usina de información y, menos aún, que hallara eco en las otras usinas de información.

¿Cómo reaccionaron? Igual que antes del ataque: uno, más institucionalista que realista según las circunstancias, pidió a las cadenas televisivas que las imágenes fueran censuradas en virtud de la Convención de Ginebra; el otro, más realista que institucionalista según las circunstancias, pidió a sus altos mandos que derrocaran a Saddam.

Bush encontraba una crisis en la oportunidad; Blair encontraba una oportunidad en la crisis. Claro contraste dentro de una coalición en la cual, más allá de las alianzas y de los oportunismos, imperan los dobles mensajes. Y, sobre todo, las amenazas, de modo de establecer, cual feriado en el calendario, la agenda del nuevo orden: están con nosotros o están contra nosotros. Telegramas colacionados para Siria, Irán y Rusia ante la sospecha de haber colaborado con Saddam, emprendiendo, según Rumsfeld, actos hostiles.

Por más que la guerra no sea contra los otros, sino contra ellos mismos. O contra los monstruos que inventaron a causa de las 58.000 bajas en Vietnam. Con tal de no sacrificar más soldados norteamericanos, Saddam y Ben Laden, así como militantes de la Jihad y del régimen talibán, hicieron en los 80 el trabajo sucio por encargo de Washington: frenar la penetración de la revolución iraní en las petromonarquías arábigas y contener la invasión del Ejército Rojo en Afganistán. Era gente poco fiable, detestable casi, pero entraba dentro de la lógica de una era en la cual el infierno en la torre no iba a ser más que un éxito de Hollywood.

Después, con la caída del Muro de Berlín y la extinción del imperio soviético, iban a reacomodarse las piezas en el tablero. Sobraban algunas: Saddam, Ben Laden, la Jihad y el régimen talibán. Ya no eran combatientes de la libertad, como supieron llamarlos, sino terroristas y narcotraficantes. Lo son. Como, al revés, el Ejército de Liberación de Kosovo (UCK), revaluado en tiempo récord, en 1999, con tal de hallar un ancla para la alianza atlántica (OTAN), sin necesidad de exponer tropas propias, durante los bombardeos contra el régimen de Milosevic como respuesta a la limpieza étnica.

El doble rasero aplicado en los países árabes, amonestando a Saddam por haberse excedido con su vano intento de ocupar Kuwait y de trazar el camino hacia Jerusalén mientras los Estados Unidos venían de invadir Panamá, tuvo efecto inmediato en la política norteamericana hacia la región. Que debía garantizar el abastecimiento de petróleo y la seguridad de Israel, procurando mejorar el prontuario de Arafat hasta hacerlo casi presentable, con el premio Nobel de la Paz bajo el brazo, y obligarlo a estrechar la mano de Rabin en los jardines de la Casa Blanca por iniciativa de Clinton. Su secretaria de Estado, Madelaine Albright, admitía, poco después, que había sido un error el respaldo a las dictaduras latinoamericanas, comenzando por Chile. Kissinger, su antecesor de aquellos años, también había recibido, o merecido, el premio Nobel de la Paz.

La segunda intifada (sublevación palestina), con los asesinatos selectivos de Sharon a tono con la guerra preventiva de Bush, ha cerrado el círculo. O, acaso, ha abierto en forma dramática la disyuntiva en la cual se ven, en especial, los países árabes. ¿Están con nosotros o están contra nosotros? Mubarak, el presidente de Egipto, codo a codo con Chirac, estaba contra nosotros hasta que, en vísperas de la guerra, cambió de actitud. Y Saddam, de vecino incómodo, pasó a ser El Gran Satán mientras Siria e Irán caían en la volteada, amenazados de muerte por Rumsfeld, por aplicar, precisamente, el doble rasero.

Un fantasma, cual sudor frío, recorre las cervicales de la Liga Arabe: que el cambio de sistema que Bush promete en Irak tenga, como un brote de viruela, secuelas regionales. Es decir, que pretenda que sus gobiernos, de carácter autoritario, adquieran rasgos occidentales. De ahí, del temor a perder el statu quo, proviene la ambivalencia: estamos con ustedes, pero estamos contra la guerra. ¿En qué quedamos? Dicho sin rodeos: criticamos la perfidia norteamericana-israelí, con la humillación que Palestina significa, pero, bajo el mantel, ayudamos discretamente a la coalición y, de ese modo, ganamos margen y tiempo.

Saddam, con su presunto arsenal de armas de destrucción masiva, no deja de ser un peligro tanto para unos como para los otros. Y una excusa. Desde la óptica regional, un camaleón que se ha burlado de sus hermanos árabes; desde la óptica norteamericana, un embustero que, después de haber violado las resoluciones de las Naciones Unidas desde 1991, ha contribuido, cual favor adicional, a ensanchar la grieta del Atlántico, debilitando a la Unión Europea, y a la OTAN, en momentos en que el euro ensombrece al dólar.

La madre de todas las batallas se ha convertido en la abuela de todas las batallas, encolumnada la coalición (un cuarto del concierto internacional) detrás de un líder que, a diferencia de Blair, privilegia la crisis sobre la oportunidad, exportando miedos, después de haberle dado la espalda al mundo en asuntos cruciales, como el medio ambiente y la proliferación nuclear, y de haber ignorado a las Naciones Unidas.

Dentro del dilema, el sucesor de Albright, Colin Powell, coincidente con ella en la aversión hacia halcones como Rumsfeld, asumió, en cierto modo, su fracaso diplomático en un descargo frente al Senado: “La brecha entre quiénes somos, cómo queremos que nos vean y cómo somos vistos es tremendamente grande”. El rechazo hacia Bush pasó a ser el rechazo hacia los Estados Unidos. Sobre todo, por la preocupación en la seguridad propia en desmedro de la seguridad ajena.

Situación agravada por la puntería escasa de las bombas inteligentes: “¿Hasta qué grado son exactas nuestras tan elogiadas armas de precisión?”, llegó a preguntarse The New York Times. Y, en tren de evitar suspicacias, por la adjudicación de los primeros contratos para la reconstrucción de Irak: uno, para apagar incendios de pozos de petróleo, a una división de Halliburton, dirigida hasta 2000 por el vicepresidente Cheney; otro, para reabrir y operar Um Qasr, el único puerto de aguas profundas, a una compañía de Seattle entre cuyos planes figura, curiosamente, la reparación de puentes aún invictos.

Con una premisa contaba Saddam antes de que se precipitara el desenlace: creía que el pueblo norteamericano no iba a soportar la mera posibilidad de ver a sus muchachos muertos o prisioneros. Era la idea que abrigaba antes de la guerra de 1991: «La de ustedes es una sociedad que no puede aceptar 10.000 bajas», le dijo entonces al encargado de negocios de los Estados Unidos en Bagdad, Joseph Wilson. El cadáver de un soldado arrastrado por las calles de Mogadishio, Somalia, iba a provocar, después, todo un replanteo sobre la participación en fuerzas de paz comandadas por mandos extraños, como las Naciones Unidas. En Kosovo, enrolados en la OTAN, arrojaron 10.000 bombas en 78 días sin fatalidades propias. Táctica que emplearon, también, en Afganistán, rebautizándola fuego amistoso.

Quizás en ello tenga Blair una ventaja sobre Bush: Gran Bretaña, sin Vietnam como síndrome, ha tolerado las bajas sufridas tanto en la lucha contra el Ejército Republicano Irlandés (IRA) como en la guerra de las Malvinas.

El video de Al-Jazeera era pura propaganda iraquí, según Rumsfeld. Pero Saddam seguía vivo, o andaba de parranda, a medida que pasaban los días, atendiendo su juego: impedir que el terror hiciera mella en sus filas. El fin justificaba los medios y, también, a los medios, de los cuales, en la guerra paralela que libra el Big Brother, se valen unos y otros, así como nosotros, los que están con nosotros y los que están contra nosotros.



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