El paciente libanés




Detrás de los combates entre el ejército y Fatah al-Islam aflora el afán de Siria e Irán de acrecentar su poder en la región

En el campo de refugiados Naher al-Bared, cerca de Trípoli, al norte del Líbano, aparecieron caras nuevas. Milicianos con uniformes de combate y fusiles de asalto. Hombres rudos y callados, de barbas sin bigotes al estilo de los fundamentalistas islámicos. Caras nuevas e inexpresivas que amonestaban con la mirada a los residentes que fumaban, por ir contra la religión, y que, por la misma razón, bajaban la vista frente a las mujeres. Arribaban en pequeños grupos, provenientes de Palestina, Paquistán, Jordania, Irak, Siria y Yemen. No se integraban. No emitían palabra. Nunca sonreían. En menos de un año formaron un ejército.

            El primer ministro libanés, Fouad Siniora, surgido con respaldo occidental como correlato del caos que provocó el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri en 2005, acusó a la banda Fatah al-Islam, creada en 2006 bajo la inspiración de Al-Qaeda, de haber cometido atentados contra autobuses en el este de Beirut. ¡Bingo! Eran ellos, los infiltrados de Naher al-Bared. En el ínterin, y en curiosa coincidencia, dirigentes libaneses pro sirios, enfrentados con Siniora, mantuvieron contactos secretos en Damasco con el gobierno de Bashar al-Assad. En esa compleja trama, Hezbollah reclama voz propia en el gobierno libanés, del cual desertaron sus ministros, por la victoria que se adjudicó en la guerra contra Israel.

Desde 2005, el gobierno sirio, no confiable para los Estados Unidos más allá de los contactos de  Assad con la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, y la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelossi, quiso vender cara su expulsión del Líbano. Tan cara que siempre se mostró más partidario de la posición amenazante del presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, con un plan nuclear, que de la posibilidad de mediar en las crisis de Medio Oriente. Hezbollah, considerado un movimiento político fronteras adentro y una organización terrorista fronteras afuera, recibe apoyo de Irán. E Irán, al igual que Siria, no comulga con el gobierno de Siniora, sostenido por los Estados Unidos y Francia, entre  otros.

Estalló la crisis con los combates entre el ejército libanés y la banda Fatah al-Islam. Estalló la crisis y, por ella, quedó la secuela de muertos (más de 100 en tres días) y, durante la tregua, de refugiados (15.000, la mitad de los pobladores, el primer día). Estalló, también, el delicado equilibrio en el cual estaba asentado el gobierno de Siniora, cercado por Hezbollah y por partidarios de restablecer el poder de Siria en el Líbano, como el general Michel Aoun, aspirante a la presidencia.

Desde que Hezbollah retiró a sus ministros del gobierno de Siniora, el Líbano está virtualmente paralizado. El presidente saliente, Emile Lahoud, vive aislado. El parlamento dejó de sesionar. En esa puja, la decisión de crear un tribunal internacional para juzgar a los sospechosos del asesinato del ex primer ministro Hariri y de otros líderes libaneses bajo los auspicios de las Naciones Unidas turba a Siria. A  Assad, en particular.

En el Líbano crecieron las tensiones entre chiítas, sunnitas y drusos, cual espejo de la guerra, dentro de la guerra, desatada en Irak tras la peor idea de George W. Bush: invadirlo. Con ello no hizo más que confirmar los desvaríos de aquellos que, como Osama ben Laden, crearon en 1998 el Frente Islámico para la Jihad contra los Judíos y los Cruzados. Alegaban entonces que la presencia militar norteamericana en sus territorios era una excusa para apoderarse de sus riquezas y humillar a sus pueblos en complicidad con Israel. De ahí, la obligación individual de los musulmanes de matarlos. Y de ahí, la marca Al-Qaeda, rechazada por Yasser Arafat, en cada acto de violencia contemporáneo.

Sin visos de cambio hasta las elecciones presidenciales norteamericanas de 2008, ni tampoco después por más que gane un candidato demócrata, la cuerda se tensó tanto en el Líbano que corre el riesgo de una nueva guerra civil. Antes, Siria, Arabia Saudita y Egipto hablaban el mismo idioma o, al menos, obraban en conjunto. Después de la guerra de Israel contra Hezbollah en 2006, Siria actúa por un lado y Arabia Saudita actúa por el otro.

Hezbollah creó un estado dentro del Estado. En el Líbano, Irán metió sus narices desde los ochenta. En su territorio viven 350.000 refugiados palestinos, razón por la cual se ve involucrado en el conflicto entre Israel y Palestina (es decir, Al Fatah, Hamas y la Jihad Islámica, peleados entre sí). La ayuda económica, impulsada por Francia durante el gobierno de Jacques Chirac, amigo personal del difunto Hariri, sólo atenuó el impacto de las pérdidas.

Por el asesinato de Hariri, las Naciones Unidas instaron al gobierno de Siniora a desmantelar las milicias y recuperar la soberanía. En su territorio, sin embargo, Siria e Irak dirimen sus diferencias con los Estados Unidos y Francia. Bush ignoró el informe sobre Irak de James Baker, republicano, y de Lee Hamilton, demócrata, hecho a su pedido. Con Irán optó por la presión en lugar del diálogo.

Ahmadinejad advierte que Bush se ha quedado solo tanto en los Estados Unidos (con mayoría demócrata en el Capitolio) como en el exterior (sin Tony Blair, Silvio Berlusconi, José María Aznar y, a pesar de las diferencias antes de la guerra contra Irak, Chirac). Lo ve como un pato rengo con poder a plazo fijo al que no le conviene, en estas circunstancias, una confrontación en la región contra su país ni entre chiítas y sunnitas, cual Irak a gran escala.

En ese contexto, Siria e Irán se necesitan mutuamente. En Israel, el gobierno de Ehud Olmert pagó un alto precio por el fracaso militar contra Hezbollah. Quedó mal parado con los resultados de la investigación independiente que él mismo había solicitado. Quedó sin fuerza política, más allá de la capacidad de reacción militar por una cuestión de supervivencia. Y quedó sin más margen que la posibilidad de que los Estados Unidos armen un frente árabe sunnita contra la pretensión de Irán, de mayoría chiíta, de dominar la región.

En el club nuclear comenzaron a apuntarse Arabia Saudita, Egipto y Turquía. No menos de una docena de Estados pidieron asesoramiento del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para lanzarse en la carrera. Energía no significa bomba hasta tanto Irán no tenga la bomba. Por la provocación, y la reacción, no pocos están interesados en fuentes alternativas una vez que deje de fluir el petróleo.

En el mundo hay más conflictos internos, dentro de los Estados, que guerras convencionales, de Estados contra Estados. En poco más de una década, entre 1998 y 2000, la proporción ha sido de 111 contra siete. En 104 escenarios diferentes hubo conflictos internos; poco más de la mitad, por disputas territoriales.

En nueve años, casi seis después de la voladura de las Torres Gemelas, Al-Qaeda se ha convertido en la marca de los conflictos internos por su capacidad de reclutar milicias para cometer atentados en sus propios países. Ha conseguido que se alterara la vida de sus enemigos (los Estados Unidos, España y el Reino Unido, entre ellos) y que se recortaran las libertades de sus habitantes.

La guerra contra el régimen talibán en Afganistán dispersó a sus líderes, pero terminó fortaleciendo la ideología. E Irak no ha hecho más que corroborar las advertencias de Ben Laden: la ocupación de sus territorios confirió legitimidad al rechazo a la presencia de los norteamericanos y de sus aliados, inclusive para reclutar suicidas. En el Líbano, comedidos en una disputa política, unos pocos milicianos con uniformes de combate y fusiles de asalto impusieron la marca Al-Qaeda cerca de Hezbollah y de la causa palestina. En menos de un año formaron un ejército y deformaron una nación.



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