La pelota no dobla




En América latina, el deporte más popular refleja sus problemas más frecuentes: corrupción, violencia y secuestros

Tres a uno batió Independiente Santa Fe a Millonarios. En la cancha estuvieron los jugadores, el árbitro y los jueces de línea. Fuera de ella, más allá de los entrenadores, los suplentes, los auxiliares, los dirigentes y los periodistas, nadie. Ni un alma. Por primera vez en la historia, el clásico de Colombia se disputó a puertas cerradas, mudas las tribunas, enrolladas las banderas, aplacadas las pasiones, como si se tratara de un asunto entre 22 a los cuales Borges hubiera regalado con gusto una pelota a cada uno de modo de no verlos correr detrás de una sola.

Por los continuos enfrentamientos entre hinchas, el alcalde de Bogotá, Luis Garzón, concluyó que el estadio El Campín, en donde ambos equipos se alternan la condición de local, era más riesgoso que los enclaves de los guerrilleros de izquierda y de los paramilitares de derecha. Exageró, pero decidió cerrarlo al público. Aceptó de ese modo una derrota más amarga que el resultado de un partido en sí: el problema más serio del país, la violencia, metió la cola en el deporte más popular, y más global, del planeta: el fútbol, relegado a la transmisión en directo por televisión y por radio.

Si el fútbol no fuera tan popular y tan global, Beckham no sería algo así como Maradona, en sus tiempos, o Pelé, en los suyos: un ídolo capaz de promover la asociación libre con su país, Gran Bretaña, o con su equipo, el Real Madrid, y de imponer como moda en otras latitudes sus cortes de pelo o sus trajes italianos. La cara de Europa, digamos. O la marca Europa, más atrayente que la marca Bush y más perdurable que los breves reinados de otros deportistas, no futbolistas, como Michael Jordan, Tiger Woods o Michael Schumacher.

La pelota no dobla. Ni miente. La pelota impacta, a veces, donde más duele. En Brasil, sacudidos Lula y su Partido de los Trabajadores (PT) por el escándalo de los sobornos y los encubrimientos, fueron declarados nulos 11 partidos del campeonato de primera división y de la Copa Libertadores de América en los cuales actuó el árbitro Edilson Pereira de Carvalho. ¿Por qué? Por haber admitido que recibía dinero de una mafia de apostadores con la cual arreglaba los resultados. Otros árbitros generaron sospechas con sus actuaciones.

Como en el PT, la ola que comenzó con las denuncias de corrupción que lanzó un diputado terminó creciendo hasta arrasar con la legitimidad política y la confianza popular. En 20 años de democracia, después de la dictadura militar, Brasil no había vivido una crisis peor. El fútbol, cual acto reflejo, no iba a ser ajeno a ella. Sobre todo, en un país que no vaciló en 1961 en declarar patrimonio nacional a Pelé, de modo de evitar su venta al exterior.

Lula, de origen humilde como Beckham, Maradona y Pelé, representaba el típico hombre hecho a sí mismo (el self made man tan caro a los norteamericanos) que había prometido honestidad en las elecciones de 2002. No era objeto de culto, sino de esperanza. Quedó envuelto en la madeja a la cual supuestamente rehuía. La crisis perjudicó tanto al PT como a sus aliados de derecha, envueltos todos en un círculo de complicidades en el cual el pago de mensualidades a diputados afines y opositores era común y corriente. Vox populi.

El fútbol, como la política, mueve millones, conmueve multitudes, desata pasiones y exalta irracionalidades. ¿Por qué un árbitro no iba a cobrar pagas extras por favorecer a tal o cual equipo? Debía ser natural. Como debía ser natural que en México, azotado por altos índices de secuestros, el entrenador de Cruz Azul, Rubén Omar Romano, fuera secuestrado, más allá de su nacionalidad argentina, o que la sucesión de hechos de violencia en los estadios colombianos, en los cuales hubo asesinatos, derivara en la veda de público de El Campín.

Del primer semestre de 2004 al primer semestre de 2005, la penetración en Bogotá de narcotraficantes y la lucha territorial de paramilitares, repelidos de Cali, Medellín y Barranquilla, elevó la tasa de homicidios de 762 a 845. La capital, a su vez, pasó a ser un nuevo centro de comercialización de drogas, cercados los sicarios en otras regiones del país. En un solo operativo, realizado el 2 de septiembre en el barrio Las Villas, las autoridades se incautaron 3,8 toneladas de cocaína, el mayor hallazgo en la historia.

¿Podía quedar excluido el fútbol? En América latina, entonada por relatos vibrantes al estilo Víctor Hugo Morales, hasta una guerra quiso encontrar su pretexto en un partido por las eliminatorias del Campeonato Mundial de 1970, realizado en México. El magro uno a cero con el cual El Salvador venció a Honduras, el 27 de junio de 1969, quedó inscripto como la causa (falsa, desde luego) de los combates que libraron los ejércitos de ambos países por razones territoriales y migratorias. Duraron 100 horas: del 14 al 18 de julio de ese año murieron más de 6000 personas y resultaron heridas unas 20.000.

Si el fútbol carga con la cruz de ello, ¿por qué no iba ser el espejo de las sociedades? Ningún espejo mejora la cara. Hitler y Mussolini saludaban a los jugadores con las palmas en alto. Las dictaduras militares de Brasil y de la Argentina procuraron adjudicarse los méritos de haber ganado las copas mundiales de 1970 y de 1978, respectivamente. En democracia, ningún político latinoamericano desdeña hacer campaña en donde más votantes potenciales tiene: un estadio, siempre y cuando el partido sea transmitido por televisión.

Con su dinámica, el fútbol contribuyó más que ningún otro fenómeno social a echar la semilla de la Unión Europea después de la Segunda Guerra Mundial. Los partidos transnacionales eran más usuales, y más fáciles de organizar, que las reuniones entre líderes de diferentes países.

Por la lejanía, los clubes empezaron a percibir los derechos de la televisión. Y los clubes de algunos países salieron a la caza de talentos en sus antiguas colonias, como la Argentina y Uruguay en el caso de España. Después, los clubes de esos países hicieron lo mismo en sus áreas de influencia.

Tampoco ha sido ajeno el fútbol a dilemas tan frecuentes en Europa como la violencia y el racismo. En los partidos del Celtic, equipo de católicos irlandeses, el Ejército Republicano Irlandés (IRA) reclutaba militantes; ponía el ojo en aquellos que expresaban su odio a Inglaterra. En los partidos del Chelsea famosa era la xenofobia, émulo del British National Party (Partido Nacional Británico) y de bandas como Combat 18, lo cual propició la aparición de los hooligans (hinchas violentos) en los ochenta.

Aplacado aquello, clubes como el Real Madrid y el Manchester United se han valido de la globalización para crear emporios fuera de sus dominios. Y un ídolo como Beckham ha pasado a ser un símbolo metrosexual que convierte goles, vende imagen e impone marca. La marca Europa, tildada de blanda por la marca Bush.

Reflejo de una época que no vivieron Maradona ni Pelé. De una época signada por ese espejo que no deforma, pero tampoco pierde en la cancha si Millonarios cae ante Independiente Santa Fe o mi Quilmes querido golea a River o Boca. Pierde si la violencia, la corrupción y los secuestros, azotes de los gobiernos de Álvaro Uribe, Lula y Vicente Fox, entre otros, estropean el único negocio que tiene permiso para jugar con los sentimientos de la gente. Muestra gratis, en definitiva, de las virtudes y los defectos de los países.



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