Si algo puede ir mal, irá mal




Mientras unos festejan y otros deploran el desenlace de la crisis, ésta sigue siendo de pronóstico reservado

“Es el fin del capitalismo”, concluyó Mahmoud Ahmadinejad. Lo celebró Hugo Chávez: “Está crujiendo esa arquitectura financiera que consideró al mundo un casino”. Les dio letra, desde las antípodas, Nicolas Sarkozy: “La autorregulación para resolver todos los problemas se terminó; le laissez faire, c’est fini”. De ser el fin del capitalismo, los mandatarios de Irán, Venezuela, Francia y otros, así como los candidatos presidenciales norteamericanos, deberían poner en remojo sus barbas, sus convicciones y sus propósitos. Ninguno de ellos, avisados de la crisis, contempla en sus presupuestos un Estado fuerte en desmedro de un mercado débil, por más que el colapso de Wall Street clausure un ciclo histórico.

Desde los regímenes comunistas, como el chino, el norcoreano y el cubano, hasta los teocráticos, como el iraní, preservan espacios para el mercado. Gobiernos de otra naturaleza, como el norteamericano y la mayoría de los europeos, latinoamericanos y asiáticos, preservan espacios para el Estado. Sin una acción conjunta de ambos, el mercado y el Estado, vanos serían los intentos de alcanzar determinadas metas, como cuidar el medio ambiente o explotar los recursos naturales. En casi todo el mundo, más allá de los signos políticos y los vaivenes ideológicos, uno no puede sin el otro.

¿Es el fin del capitalismo? Unos festejan y otros deploran en forma precipitada el desenlace. El mundo no será igual, sin duda. Tampoco iba a ser igual después de la voladura de las Torres Gemelas: la seguridad obró en contra de la libertad. Esta vez, en medio del pánico contagiado a los gobiernos con la aplicación de ineficaces rescates bancarios, inauditas inyecciones de liquidez e imposibles coberturas de depósitos, la psicosis lleva a muchos a temer una recesión global turbulenta y, con ella, un cambio drástico del paradigma.

La quiebra de Lehman Brothers, declarada el 15 de septiembre, hizo estallar el polvorín: estremeció a los mercados, ocasionó pérdidas a los inversores y aceleró el ocaso de la aseguradora norteamericana AIG. En pocos días, la onda expansiva alcanzó a Goldman Sachs y Morgan Stanley, pilares de Wall Street. En nada ayudó la coincidencia con las inminentes elecciones de los Estados Unidos: la Cámara de Representantes, influenciada por los intereses de los miembros que pretenden ser reelegidos el 4 de noviembre, rechazó, primero, y aprobó, después, el plan de rescate cursado por George W. Bush.

En la redacción del texto, cuyo original de tres páginas pasó a ser un mamotreto de 451, participó el secretario del Tesoro, Henry Paulson, ejecutivo de Goldman Sachs hasta 2006: vendió sus acciones en algo así como 500 millones de dólares. ¿Quién más interesado que él en suscribir, a coro con Bush, que “el capitalismo democrático es el mejor sistema jamás concebido”? Cambió de bando por razones de fuerza mayor: un acérrimo paladín del mercado se convirtió en un culposo defensor del intervencionismo.

¿Es el fin del capitalismo, entonces? La crisis, en la cual la falta de confianza y de liderazgo inoculan miedo en las venas financieras, económicas y políticas, pega donde más duele: el llanto histérico de unos, los ricos, no altera la sonrisa sin humor de los otros, los pobres. En un planeta desparejo e injusto, aquellos que esperan una distribución equitativa de la riqueza deberán esperar un rato. Un buen rato, en realidad.

El resultado será una mayor desigualdad. En estas circunstancias, cada Estado, por inmune que se sienta, deberá evaluar cómo se las arreglará con escaso o nulo crecimiento en el futuro inmediato y, a su vez, sin margen para la especulación financiera; no sólo los gerentes de bancos y los agentes de bolsa despilfarraron fortunas en Wall Street e inflaron la burbuja inmobiliaria.

A diferencia de Ahmadinejad y Chávez, Sarkozy no planteó el fin del capitalismo, sino de su adecuación tras “el fin de un mundo que se construyó sobre la caída del Muro de Berlín”. La caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría derivaron en la desintegración de un coloso, la Unión Soviética; el comunismo no desapareció de la faz del planeta. Los Estados Unidos pasaron a dominar un mundo que se presumía unipolar. Esa concentración de poder, sin embargo, se expandió en varios polos que no responden a un Estado en particular: bancos, corporaciones, medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales, entre otros.

La mayoría de las reservas de los bancos centrales no está en dólares, sino en canastas de divisas entre las cuales no predomina una en particular. Como consecuencia de la Gran Depresión de 1929, el patrón oro cedió frente al patrón dólar oro. Duró hasta comienzos de los setenta: el patrón dólar oro cedió entonces frente al patrón dólar.

Un cambio de esa magnitud no es súbito, sino gradual. En 1975, las economías más poderosas, excepto la japonesa, eran occidentales. En 1998 incorporaron a Rusia por razones políticas. En la actualidad, China aventaja al Reino Unido y Francia. En 2050, de continuar la tendencia, China estará en el primer lugar; los Estados Unidos, en el segundo; la India, en el tercero; Brasil, en el cuarto, y Rusia, en el quinto, sobre el Reino Unido, Japón y Alemania, según estudios prospectivos privados.

¿Es el fin del capitalismo, como concluyó Ahmadinejad y celebró Chávez? De serlo, sus países y otros no industrializados serían los primeros en sufrir las consecuencias. En su lacónica reprobación del plan inicial de rescate en el Capitolio, el representante republicano Thaddeus McCotter, ferviente católico, citó el tramo de Los hermanos Karamasov, de Dostoievski, en el cual el cardenal gran inquisidor, “sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio” prenden a Jesús. Lo encierran en una celda. Y lo desafían, durante el interrogatorio, con la disyuntiva entre el pan o la libertad.

La tentación de renunciar a la libertad en beneficio de la prosperidad es habitual en toda crisis. Tan habitual, quizá, como creer que defender el pan significa perder la libertad y defender la libertad significa perder el pan. Nada de eso. No es el fin del capitalismo, sino, según Sarkozy, su reformulación “sobre bases éticas, porque hemos pasado a dos dedos de la catástrofe”. Lo otro, c’est fini.



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