El shock del futuro




El coro griego de Poderosa Afrodita, la película de Woody Allen, pudo haber estallado con más estridencia que nunca en los oídos de Bill Gates: “¡Desastres, tragedias, abogados!”. Es la especie más temida en los Estados Unidos y, de hecho, coronó casi dos años de investigaciones con un veredicto no menos estridente contra Microsoft por haber violado la ley antimonopolio.

Veredicto, no definitivo, que ha provocado desastres y tragedias en el índice Nasdaq, burbuja de acciones tecnológicas cuyos tenedores habrán sido los únicos que no sabían, o se rehusaban a admitir, que el juez Thomas Jackson iba a fallar contra el gigante informático de Seattle, la ciudad que rechazó la globalización, por haberse aprovechado de su posición dominante en los sistemas operativos de las computadoras con tal de prevalecer, también, en Internet.

Porción del mercado que controlaba Netscape hasta que Microsoft apeló a prácticas depredadoras, según definió el juez Jackson, por medio de las cuales se valió para distribuir el software, timón de los navegadores, en forma gratuita (es decir, desleal) en desmedro de su rival.

Es un pleito entre compañías del cual, se supone, saldrán beneficiados los consumidores; no por nada el gobierno federal y 19 Estados de la Unión participan de la demanda. Pero, a la vez, es una de las oleadas, prevista por Alvin y Heidi Toffler, que rompe en momentos en que las acciones de Internet se cotizan cerca de las nubes mientras las industriales se parecen cada vez más a los morlocks de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, raza de trabajadores que opera maquinaria pesada en el subsuelo y que mantiene, con ella, a la gente bella del futuro.

Circunstancia que lleva a Fortune a preguntarse: “¿Qué demonios está ocurriendo?”. La respuesta posible, menos definitiva que el veredicto contra Microsoft, es que las compañías tradicionales, inmersas en fusiones, transfusiones e infusiones, ofrecen relativamente poco de lo que más precia el mercado: potencial de crecimiento.

Desde que, en junio de 1991, Bill Clinton, entonces gobernador de Arkansas, y Robert Rubin, pope de Goldman Sachs, luego secretario del Tesoro, advirtieron el interés de los banqueros de Nueva York, demócratas en su mayoría, de que el partido se despojara de sus anteojeras económicas y fomentara la libre circulación de capitales y de mercaderías por el mundo, la globalización rubricó una alianza implícita con todo lo que represanta el otro Bill.

Gates, Bill Gates, que, como Bond, James Bond, comprendió que la herramienta de la información era la expansión del conocimiento por medio de ventanas (Windows, en la jerga informática). Cobró, gracias a ellas, la estatura de self made man (hombre hecho a sí mismo). De pionero, como Walt Disney, Ray Kroc (el mentor de McDonald’s), Henry Ford, Soichiro Honda, Conrad Hilton y Aristóteles Onassis.

Ahí radica, precisamente, el valor de la ventana que ha abierto la computadora, primero, e Internet, después. Así como la imprenta, el invento de Gutenberg, inflamó a mediados del siglo XV la Reforma protestante, la PC y sus añadidos, vinculados con la comunicación, hizo añicos desde el último tramo del siglo XX los controles y las censuras estatales. Que persisten en algunos casos, pero con menos poder que antes.

Teoría de los Toffler que deriva en una conclusión: “El socialismo chocó con el futuro”. Con ella procuran afirmar que los regímenes de Europa del Este no se desplomaron, como el Muro de Berlín o como las fichas del dominó, por complots de la CIA, cercos capitalistas o estrangulaciones del exterior. Que los hubo, claro. Pero pesó en todo ello una señal clara de Moscú: decidió no seguir utilizando a sus tropas para proteger a sus propios ciudadanos. Fue definitivo.

Tan definitivo, quizá, como el alza en la cotización de la información: es el bien más valioso y, a la vez, el más perecedero. Bien que nutrió, en la Guerra Fría, la labor de los espías de un bando y del otro, resumidos en James Bond, y que, paradoja al fin, terminó premiando a uno de ellos, un oscuro agente de la KGB como Vladimir Putin, con el dominio del segundo nido nuclear del planeta, Rusia.

Putin despierta más incertidumbre que el Nasdaq, tanto en Wall Street (Nueva York) como en Main Street (Washington), con sus misiles lanzados como bombas de estruendo después de la victoria y con la limpieza étnica en Chechenia como prólogo de ella y como réplica de Kosovo, pero, en el fondo, es otro shock del futuro tras las sospechas de corrupción que destiñieron el epílogo de la era Yeltsin.

Corrupción que (no es consuelo) campea en todos lados y que, con los estándares de otros países, incluso los europeos, podría haber convertido a Gates, considerado el hombre más rico de la Tierra, en un virtual intocable. Pero no. Tuvo que vérselas con un sistema judicial que, con sus aciertos y sus errores, ha dado una lección de independencia del poder político. Del color del dinero pueden jactarse querellantes y querellados; no cuadró esta vez.

Y, si se quiere, abrió otra ventana, o emitió otra señal, al futuro: la competencia. Valor que existía, por cierto, pero que, en el afán de triunfo, puede hacer a un lado la lealtad y echar mano de lo que sea con tal de aplastar rivales como hormigas. Que el mundo sea desparejo es una realidad desde que el primer pez grande devoró al primer pez chico.

En términos comerciales, Microsoft podría fragmentarse en varias compañías como consecuencia del veredicto, cosa que sucedió con el emporio petrolero Standard Oil, de Nelson Rockefeller, y con su par de las telecomunicaciones AT&T.

En términos políticos, Clinton y Gates debieron dar la cara, juntos, con tal de levantar el ánimo, y las cotizaciones, de un mercado que, a pesar del tonel de información que maneja, se mostró extrañamente sorprendido con el shock del futuro que había recibido.

Fue un trueque, con licencia de Mario Benedetti, del último optimismo por la última confianza. De  un Bill con el otro Bill. Que demostró, a su vez, que hasta los desastres, las tragedias y los abogados tienen, como las baterías, su polo positivo. Sólo es cuestión de buscárselo. Siempre.



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