Remedio casero




Otra vez, el presidente peruano, Alberto Fujimori, rompió el molde. O, peor aún, usó de nuevo un remedio casero que contradice las recetas magistrales de América latina: en lugar de promover el diálogo con la guerrilla, como intenta su par colombiano, Andrés Pastrana, se calzó el chullo (gorro de lana tejida) y, seguro de que las cámaras de la televisión de Lima iban detrás de él, señaló con el índice, desde el aire, el claro de la selva central de Huancayo en donde iba a caer Oscar Ramírez Durand, Feliciano, cabecilla de Sendero Rojo.

Era el líder de la resaca de Sendero Luminoso desde la captura, en septiembe de 1992, de Abimael Guzmán, otro logro que se adjudica Fujimori, pero Feliciano, a diferencia de sus viejos camaradas, rechazó desde el comienzo el plan gubernamental para guerrilleros arrepentidos.

La Operación Cerco había dado resultado, como la súbita liberación de los rehenes del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) que permanecieron en la residencia del embajador japonés en Lima desde el 17 de diciembre de 1996 hasta el 22 de abril de 1997.

Hubo mucho de simbólico en aquéllo: tomaron la casa del país del que desciende Fujimori y del que esperaba inversiones el día del cumpleaños del emperador Akihito.

En ese momento, la popularidad de Fujimori había bajado de un 70 por ciento a la mitad y en las tropas, sacudidas por escándalos y por acusaciones de abusos de los derechos humanos, se rumoreaba un eventual golpe.

Fujimori, camisa blanca, chaleco antibalas y walkie-talkie, ganó sin ceder un ápice frente a las demandas de liberación de guerrilleros. Murieron 14 de ellos y dos soldados en la toma.

Sobre sus hombros descansan ahora el poncho que usó en la captura de Feliciano sin disparar una sola vez y la tranquilidad de que, a fuerza de desafiar al mundo y de imponer mano dura con maquillaje democrático, puede insistir en abril del 2000 con su afán de ser reelegido por segunda vez, como pretendió vanamente hasta hace poco Carlos Menem, de modo de prolongar su mandato cuasi imperial a 15 años.

El estilo Fujimori, del que parece nutrirse Hugo Chávez en Venezuela, otro outsider de la política que reniega de los políticos y que, a su vez, piensa duplicar su mandato, llega a extremos de divorcio de la comunidad internacional: el decreto con el cual anula ahora la obligación de acatar sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, rama de la Organización de los Estados Americanos (OEA), veda a los peruanos la alternativa de recurrir a esa instancia ante eventuales abusos del Estado y de sus aliados militares.

El Perú, en estas circunstancias, se convierte en un paria jurídico después de haber suscripto en 1981 la Convención Americana de Derechos Humanos y de haberla confirmado en 1993 por la vía constitucional. Todo por un fallo de la Corte Interamericana que promovía un juicio civil para cuatro chilenos del MRTA que habían sido hallados culpables de traición a la patria por la justicia militar, ámbito al cual, a pesar de las críticas, también será remitido Feliciano.

            Entre los despropósitos de Fujimori están pendientes las cuentas de tres miembros del Tribunal Constitucional que han sido destituidos por el Congreso a causa de su rechazo a la reelección presidencial y de Baruch Ivcher, el empresario de origen israelí que ha sido despojado de su nacionalidad y de su canal de televisión.

Ambos casos, reprobados por la Corte Interamericana, fomentaron exilios más propios de una dictadura que de una democracia. Una eventual vuelta a casa de los jueces y de los periodistas (José Arrieta, cronista de Canal 2, está asilado en los Estados Unidos) sería, en términos políticos, un escollo para los anhelos de Fujimori de perpetuarse en el poder.

Razón más que suficiente para que los cuatro presos del MRTA sean una excusa perfecta con tal de clausurar esa posibilidad en aras de la seguridad nacional frente a la guerrilla mientras crecen sus índices de popularidad por el show que montó con la detención de Feliciano.

Estas actitudes de Fujimori van a contramano del mundo y de la ley, como advirtió la Comisión Andina de Juristas, pero, tratándose de él, no son más que otro ladrillo en la pared.

En abril de 1992, embarcado en la lucha contra la guerrilla y contra la corrupción, suspendió la Constitución y declaró la disolución del Congreso y de los tribunales con tal de asumir poderes absolutos con tanques y soldados en la calle.

El resultado del autogolpe: tanto la policía como el ejército cobraron mayor autonomía, sin control civil, mientras la Justicia quedaba relegada y los congresistas eran persuadidos de aprobar una amnistía para absolver a los militares que violaron los derechos humanos. La gente, a su vez, aprobaba la mano dura en las encuestas. Tres años después, Fujimori era reelegido por abrumadora mayoría (64 por ciento de los votos), circunstancia que espera revivir el año próximo.

Pero en 1990, cuando fue elegido por primera vez, la Constitución prohibía la reelección. En 1992, con sus poderes extraordinarios, hizo que el nuevo Congreso anulara ese impedimento, modificando el texto. Ahora, como Menem en su momento, pretende que el segundo período sea considerado el primero, de modo de acceder a un segundo mandato de cinco años que sería, en realidad, el tercero.

A Fujimori el remedio casero le reportó réditos y, por eso, no dudó en aconsejarle a su par Pastrana que sea tan duro con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) como él con Sendero Luminoso. Ni el ex presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari pensó algo parecido cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), los enmascarados de Marcos, estuvo a punto de aguarle, el 1° de enero de 1994, el ingreso de su país en el Tratado de Libre Comercio (TLC).

La alianza atlántica (OTAN) aún no había bombardeado Kosovo, Pinochet sólo confiaba en una vejez venturosa y los colombianos no creían que iban a ceder 42.000 kilómetros cuadrados a las FARC y que, a pesar de ello, iban a ser blancos de ataques en las puertas de Bogotá. Tampoco creían que iban recurrir a los Estados Unidos por algo que no fuera la lucha contra el narcotráfico, posibilidad en la que Fujimori, guiado por su eficaz remedio casero, jamás habrá reparado mientras procura que Pastrana evite un nuevo Vietnam tan cerca de Lima.



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