Una de piratas




Los documentos de WikiLeaks muestran cómo se forman opiniones los gobiernos

En sus orígenes, las normas de los diplomáticos eran poco elevadas: “Sobornaban a los cortesanos; fomentaban e incitaban rebeliones; alentaban a los partidos de oposición; intervenían en los asuntos internos de los países donde estaban acreditados en la forma más subversiva, mentían; espiaban, y robaban”. Un embajador “se consideraba a sí mismo un honorable espía”. Esta descripción descarnada del diplomático británico Harold Nicolson no es de ayer ni de anteayer, sino de 1939. Cobra actualidad, como su libro Diplomacy (Diplomacia), tras la avalancha de documentos secretos y confidenciales del Departamento de Estado que ha ventilado sin pudor el sitio digital WikiLeaks.

Si los diplomáticos, como expone Nicolson, “tienen tanto miedo de que se les acuse de falta de juicio que a toda costa se abstienen de expresar juicio alguno”, en las comunicaciones dirigidas a sus superiores, llamadas cables, se despachan con retratos indiscretos de los mandatarios y los políticos de los países en los cuales prestan servicios. Este procedimiento no tiene copyright de los Estados Unidos. Es universal. Y siempre estuvo amparado en una regla de oro: la confidencialidad.

Con ella ha terminado Julian Assange, fundador de WikiLeaks. Tarde, el gobierno norteamericano clausuró SIPRNet (siglas de Secret Internet Protocol Router Network). Era el sistema de Internet que utilizaba el Ejército desde el 11 de septiembre de 2001 y a través del cual el soldado Bradley Manning, preso ahora en una cárcel de máxima seguridad, descargó mientras estaba en Bagdad la copiosa colección de más de un cuarto de millón de documentos en vías de demoler la apenas reconstruida imagen de los Estados Unidos después de la guerra contra Irak.

De los documentos no son tan bochornosos los chismes sobre tal o cual mandatario como algunas de las instrucciones que recibían los diplomáticos norteamericanos de la secretaria de Estado, Hillary Clinton; entre ellas, averiguar los datos biométricos y los números de tarjetas de crédito de funcionarios de las Naciones Unidas. Lejos está esa actividad, más cercana al espionaje que a la diplomacia, de honrar el legado del presidente Woodrow Wilson, mentor en 1918 de una “diplomacia a la luz del día” y de “pactos públicos de paz a los que se llegaría públicamente después de lo cual no habría entendimientos internacionales secretos de ninguna especie”.

En el siglo V, los Estados-ciudades griegos comenzaron a enviar al exterior a sus oradores más elocuentes. Después, cuenta Nicolson, “los enviados de los emperadores bizantinos llevaban instrucciones no sólo de representar los intereses del Imperio en las cortes de esos déspotas bárbaros, sino también de suministrar informes completos acerca de la situación interna en los países extranjeros”. La diplomacia no fue reconocida como profesión hasta el Congreso de Viena de 1815.

Si la máquina de vapor, el telégrafo, el avión y el teléfono contribuyeron a modificar su rutina, Internet ha hecho ahora lo suyo. Los Estados Unidos pagan el precio de un descuido, tildado de “robo” por la secretaria Clinton, cuyas consecuencias apuran un cambio que ella misma y el primer ministro británico David Cameron sugieren desde hace tiempo: reinventar la diplomacia como un apéndice de la defensa y el desarrollo.

En la radiografía de cualquier gobierno hecha con ojos extranjeros, la prensa juega un rol decisivo. A finales de la década del treinta, observa Nicolson, “los gobiernos extranjeros no creen que en realidad la prensa británica sea tan independiente del Foreign Office como lo es en efecto. Si el Times escribe un artículo de fondo que está en desacuerdo con la política oficial, los observadores extranjeros no creen que Printing House Square [sede original del diario] haya obrado por su propia cuenta; están convencidos de que el Foreign Office ha lanzado un «globo sonda». En forma análoga, si uno u otro de los grandes diarios nacionales lanza un ataque contra el gobierno, los observadores extranjeros se inclinan a imaginar que este último está «tanteando a la opinión pública»”.

Poco y nada han cambiado las suspicacias sobre la prensa. Han empeorado, en realidad. En sus tiempos, Nicolson acusa al elector británico de “ignorante, perezoso y olvidadizo con respecto a los compromisos internacionales en los que ha asumido su responsabilidad”. Tampoco ha cambiado mucho esa presunción. La política exterior de la mayoría de los países está sometida a las urgencias domésticas, si no electorales, de los gobiernos de turno, así como a sus alianzas.

El grifo abierto ahora lapida por un rato el convite de sobremesa de cualquier diplomático, más allá de su nacionalidad, a “la discusión sincera” o “el intercambio de ideas” y, al mismo tiempo, pone en guardia a sus invitados, temerosos de ser tachados de informantes de un gobierno extranjero. Es el reverso de lo que, en principio, se propone Assange con su espíritu de “transparencia” tras desnudar el límite difuso entre la diplomacia, el espionaje, el doble rasero y la anécdota.



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