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En el mundo de la posverdad, la duración de una perorata política suele ser el último refugio de la irrelevancia. Donald Trump soltó en el Capitolio un monólogo de 108 minutos, el discurso del Estado de la Unión más largo de la historia moderna, para elogiarse a sí mismo por haber forjado “la época dorada de Estados Unidos” mientras tildaba de “locos” a los demócratas, aparentemente empeñados en destruir el país. Por fortuna, agregó, “los hemos detenido justo a tiempo”. Gracias a Dios, se persignaron y aplaudieron a rabiar los legisladores republicanos como si estuvieran escuchando el sermón de la montaña en lugar de un informe de gestión.
El ruido era necesario para diluir las contradicciones. En la era Trump, el error es la táctica y la expulsión es el mensaje: quien señala la mancha en la alfombra debe salir del recinto. Le tocó por segundo año consecutivo al representante demócrata Al Green por haber exhibido esta vez un cartel en el que recordaba que los ciudadanos no son animales. Fue en respuesta al “error” de la Casa Blanca al representar como simios a Barack y Michelle Obama en un video difundido en la red de Trump, Truth Social, luego eliminado. En intercambios de memes, propios de adolescentes tardíos, transita el devenir de la política. No solo la norteamericana.
El silencio también era necesario. Resultó atronador por la coincidencia con el cuarto aniversario de la invasión de Ucrania. De aquella promesa de terminar la guerra en 24 horas quedó la aureola. Trump prefirió atribuirse la «campaña militar» en el Caribe, donde hubo 41 embarcaciones hundidas y más de 150 muertos desde septiembre en nombre de la lucha contra las drogas sin presentar una sola prueba del cargamento. En su visión de la geopolítica, esas aguas se han convertido en una zona de tiro libre donde el éxito se mide con el contador de una partida de la batalla naval. Importan las naves destruidas, no los cargamentos incautados.
En el espejo roto de la relación bilateral, uno ve una invasión ilegal donde el otro ve una fuerza laboral y uno ve un campo de batalla donde el otro ve un socio indispensable
Por si fuera poco, después de haber instalado un gobierno satélite con lo peor del régimen de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, se jactó de haber dado el «golpe final» a los cárteles mexicanos tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, en medio de las cenizas de los bloqueos criminales en Jalisco y Michoacán. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, no tuvo alternativa. Debió desmentir el evangelio según Trump. En todo caso, México entrega como resultado la caída del líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación, pero se niega a compartir el crédito. Se trata de cooperación sin subordinación.
En el espejo rajado de la relación bilateral, uno ve una invasión ilegal donde el otro ve una fuerza laboral y uno ve un campo de batalla donde el otro ve un socio indispensable. Los muros entre ambos países no son de concreto, sino de retórica. Trump se golpeó el pecho con una frase casi poética para la base electoral que apoya los excesos contra inmigrantes y nativos del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) y el despliegue de la Guardia Nacional en ciudades regidas por demócratas: “En los últimos nueve meses, cero extranjeros ilegales han sido admitidos en Estados Unidos”.
Si el discurso fue una oda eterna a la hipérbole diseñada para el aplauso fácil a pesar de la anulación de los aranceles masivos, dictada por la Corte Suprema por ser inconstitucionales, el anuncio de la paz absoluta en la frontera y el final del fentanilo hicieron sonar las alarmas de PolitiFact, guardián incómodo de la realidad. Ni la frontera está sellada por decreto ni el combate contra el narcotráfico es una victoria unipersonal. Entre Estados Unidos y México, la supervivencia de la narrativa cobra vuelo. Sobre todo, para las tribunas internas. Como ocurre con la mayoría de las citas de Trump, la belleza del dato se desmorona ante el rigor de la verdad.

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