El reloj mágico

Dos hermanos que habían arribado a la ciudad de Buenos Aires de un pueblo de la provincia de Santa Fe inventaron el reloj mágico, despertador de avanzada a mediados del siglo XX




Félix, Jorge y un despertador de avanzada, con reloj, velador y calentador

El aburrimiento, fenómeno inusual antes de la cuarentena por la pandemia, puede afinar la imaginación. Tanto que dos muchachos que habían arribado a la ciudad de Buenos Aires de San Eduardo, pueblo de menos de mil habitantes de la provincia de Santa Fe, miraron a su alrededor en la habitación de dos camas que compartían en una pensión de mala muerte y se las ingeniaron para saltar a las páginas del diario Crítica. El de Natalio Botana, uno de los más vendidos en la Argentina de mediados del siglo XX. ¿Qué hicieron? Inventaron y patentaron el reloj mágico. Una joya de la ingeniería diseñada con un despertador, una manguera, un velador y un calentador.

Ninguno tenía estudios superiores, pero eran ingeniosos. Capaces de armar un coche con las piezas de ocho de distintas marcas o de crear un despertador que “evitará el madrugón de las madres o hermanas de quienes deben concurrir temprano a sus ocupaciones diarias”. ¿En qué consistía el reloj mágico? Dice el artículo: “Al sonar el despertador, caen algunas gotitas de agua sobre el rostro del durmiente al mismo tiempo que se enciende la lamparita eléctrica del velador (no sea que uno tropiece al levantarse apresurado en la oscuridad) y toma contacto el calentador eléctrico sobre el cual se va calentando el café con leche mientras uno se higieniza”.

Aquel reloj mágico era un poco más amable que otro diseñado por la influencer e ingeniera sueca Simone Giertz en 2015. A la hora señalada daba rienda suelta a una alarma estridente y encendía un brazo giratorio sobre la cabeza de la persona dormida para despertarla a bofetadas. Giertz se jacta en su canal de YouTube de ser algo así como “la reina de los robots inútiles” o de “los inventos poco prácticos”. Algo que no se proponían en los años cuarenta o cincuenta los padres del reloj mágico, tan aburridos como escasos de fondos mientras deambulaban sin rumbo ni empleo por La Reina del Plata o La París de América del Sur.

La alarma, las gotitas de agua, la luz del velador y el encendido de calentador del reloj mágico no supusieron un antes y un después en la historia, pero…

Eran dos de nueve hermanos. El padre de ambos, de apellido Saade, provenía de Beit Chabab, Líbano. La casa de los jóvenes, en árabe. Un día partió sin aviso. Su mujer, Isabel Diffe, analfabeta, estaba embarazada. Cinco años después, gracias a un hermano de ella que hablaba siete idiomas y había sido espía en alguna guerra, logró hallarlo en San Eduardo. El tal Saade, ahora Elías por el desmadre en las inscripciones migratorias de aquella época, se llevó las manos a la cabeza cuando vio entrar en su negocio a una chiquita que hablaba árabe. Esa niña terminó casada a la fuerza a los 15 años con un paisano de 40 que vivió hasta los 110.

Félix, el mayor, y Jorge, el menor, huyeron de la casa paterna, como la mayoría de los hermanos. No sabían que eran parientes de Antún Saade, político liberal y nacionalista que luchaba contra la dominación francesa de Líbano. Tampoco parecía importarles mientras, como dice el artículo, se preocupaban por “solucionar el problema de los madrugadores. Y, generosos, quieren difundir su invento, ya patentado”. El reloj mágico, según mi papá, Jorge, les deparó una cena en un restaurante lujoso de Buenos Aires. Mi tío Félix ordenó la entrada, el plato principal y el postre: tres sopas de distintos sabores después de varios días de comer mal y salteado.

El despertador moderno data de 1787. El relojero norteamericano Levi Hutchins activó una campanilla cuando las agujas llegaban a una hora determinada. Mucho antes, en 250 antes de Cristo, el pájaro mecánico espabilaba a los griegos cuando subía la marea. La alarma, las gotitas de agua, la luz del velador y el encendido de calentador del reloj mágico no supusieron un antes y un después en la historia, pero, al menos, demostraron que la imaginación puede demoler el tedio y, en el caso de ellos, saciar el hambre, aunque fuera con tres platos de sopa.

Jorge Elías

Twitter: @JorgeEliasInter | @Elinterin

Instagram: @JorgeEliasInter | @el_interin



1 Comment

Enlaces y comentarios

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.