La indignación de Dilma con Obama




Frente a la certeza de haber sido espiado por los Estados Unidos, el gobierno de Brasil ha denunciado la violación de su soberanía nacional y ha convocado al embajador norteamericano, Thomas Shannon, para exigirle explicaciones “por escrito” del presidente Barack Obama en el plazo de una semana. De no sentirse conforme con el descargo o de no recibirlo, la presidenta Dilma Rousseff estaría habilitada para romper relaciones diplomáticas, lo cual suele sobrevenir tras una medida tan drástica como el llamado a consultas de un embajador. Nadie imagina que ambos gobiernos lleguen a ese extremo, más allá de la gravedad de los hechos.

Desde siempre, la información ha sido el bien más caro y perecedero del mundo. Tiene más valor que precio. Quien dispone de ella juega con ventaja. Sabe de antemano la respuesta a una proposición y acierta en ofrecer aquello que el otro requiere. El éxito está asegurado. Es como comprar hoy el periódico de mañana y, con ese caudal de noticias, apostar al número ganador de la lotería o invertir en las acciones más rendidoras del mercado. Un don nadie podría amasar una fortuna en un santiamén. Es el sueño de muchos al alcance de ninguno. O, en realidad, de unos pocos.

La información es poder. Si es grave que un marido meta las narices en el correo electrónico de su mujer o escuche sus conversaciones telefónicas, ¿qué puede ocurrir si un gobierno hace lo mismo con otro gobierno del cual, se supone, es socio y amigo? Esa es la causa de la indignación de Rousseff con Obama, aunque la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, sus siglas en inglés) haya cobrado tanto vuelo propio después de la voladura de las Torres Gemelas, en 2001, que en Washington no se tomaron el trabajo de limitar su campo de acción, extendido a los negocios, por la aparente eficacia que ha tenido en prevenir nuevos atentados terroristas.

Por la llamada ley patriota de George W. Bush, los servicios secretos norteamericanos escaparon al control gubernamental. La granada ha estallado en las manos de Obama mientras libra una suerte de guerra fría contra su par de Rusia, Vladimir Putin, protector de Edward Snowden, fugitivo de la justicia norteamericana. El ex administrador de sistemas de la compañía privada de inteligencia Booz Allen Hamilton, antes empleado del Centro de Operaciones de Amenazas de la NSA en Hawaii, la CIA y la compañía de informática Dell, confió documentos secretos a los periódicos The Guardian y The Washington Post, parcialmente ventilados.

¿Es un héroe por haber revelado prácticas que atentan contra la privacidad de las personas o un traidor por haber puesto en peligro la seguridad nacional? En idéntica disyuntiva se encuentra el soldado Bradley Manning, condenado a 35 años de prisión por la mayor filtración de documentos secretos de la historia de los Estados Unidos vía WikiLeaks. En esa discusión de principios no entra Rousseff, cuyos correos electrónicos y llamados telefónicos fueron interceptados por la NSA, al igual que los del presidente de México, Enrique Peña Nieto, mientras era candidato. La información, sin detalles comprometedores, fue difundida en Brasil por el canal de televisión Globo.

Snowden entregó las pruebas a Glenn Greenwald, el periodista de The Guardian que escribió los reportajes sobre los programas de espionaje masivo de la NSA y su homóloga británica, GCHQ. A mediados de agosto, el novio de Greenwald, David Miranda, brasileño, fue retenido e interrogado durante nueve horas en Londres por imperio de la ley antiterrorista. El gobierno brasileño protestó ante el primer ministro David Cameron. El periódico británico, a su vez, se vio intimado por el gobierno británico a destruir el material sensible como “una medida de precaución para proteger vidas”.

En medio del revuelo, el presidente de Bolivia, Evo Morales, resultó víctima de un virtual secuestro aéreo en Europa bajo la sospecha de trasladar en forma clandestina a Snowden. Ese atropello dejó entrever la irritación de la mayoría de sus pares latinoamericanos con los Estados Unidos y el temor a vérselas en las mismas que Rousseff, cuya intimidad ha sido violada como la soberanía de su país. En estas circunstancias, el número de la lotería puede ser una licitación en Brasil sobre la cual alguna multinacional, secundadas por la NSA, jugaría con ventaja. En otros lares, diálogos privados podrían confirmar sospechas públicas. La desconfianza levanta ampollas.

 



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