Cambio de hábito




En agosto de 2011, Mitt Romney amonestó a Barack Obama por tomarse vacaciones mientras crecía la legión de desempleados. Este año, el presidente de los Estados Unidos ha cancelado las reservas en el exclusivo balneario Martha’s Vineyard, en Massachusetts, donde solía jugar golf, ir de picnic con la familia y cenar con amigos. De ese Estado ha sido gobernador el ahora candidato republicano, campeón en meteduras de pata tras su paso por Londres, primera escala de una gira por el exterior en la cual pretende demostrar sus dotes diplomáticos: olvidó el nombre del líder laborista, Ed Miliband, y lo llamó Mr. Leader, y dudó del éxito de los Juegos Olímpicos.

Cada verano, en su mansión de Wolfeboro, a orillas del imponente lago Winnipesaukee, en New Hampshire, Romney organiza las llamadas “Olimpíadas de los Romney”. De ellas participan su mujer y sus cinco hijos, cinco nueras y 18 nietos. Le encantan los deportes náuticos y, por ello, hizo construir un garaje especial para sus tres barcos al módico precio de 630.000 dólares. Dinero no le falta, pero ha aprovechado para departir con vecinos acaudalados, como los Marriott, propietarios de la cadena hotelera, para obtener más fondos de campaña. Son innumerables los aportes para lanzar munición pesada en anuncios de televisión contra Obama.

La gira de Romney por el exterior levantó ampollas entre los republicanos. Le importa poco al candidato, parece, así como haber promulgado en Massachusetts, cuando era gobernador, una ley similar al programa de salud impulsado por el actual presidente y declarado constitucional por la Corte Suprema. Indecisos e independientes son bienvenidos a sus filas, algo confundidas con su tolerante y novedosa retórica sobre la inmigración después de haber abrazado la drástica ley de Arizona contra los indocumentados. En ello pesa la necesidad de captar el voto latino.

Las vacaciones coincidieron con los festejos del Día de la Independencia, el 4 de julio. Nada  mejor que mostrarse en Wolfeboro con sus hijos, altos, fotogénicos y profesionales, y su mujer, Ann, con la cual lleva casado cuatro décadas y no tiene mejores planes en momentos en que la tasa de divorcios supera la de bodas. El mensaje de los valores familiares cala hondo en la grey republicana, aún desconfiada de la nacionalidad y la religión de Obama, así como de su extraña decisión de no tomarse un respiro en el tórrido verano boreal. Hasta la canciller alemana, Angela Merkel, más agobiada que nadie, pisó el pedal de freno.



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