Abogado, 51 años, busca empleo




El desempleo no baja, el mercado no ayuda, la economía no mejora y las encuestas van y vienen. Son malas noticias para Barack Obama. De perder las elecciones de noviembre frente al candidato republicano, Mitt Romney, sería a sus tempranos 51 años el ex presidente de los Estados Unidos más joven en poco más de un siglo. Lo habrá superado sólo Teddy Roosevelt, de 50 años cuando salió de la Casa Blanca en 1909. En ese caso, naufragaría “el cambio” prometido por Obama, pero él no se vería expuesto a penurias de ningún tipo: en estos años ha atesorado una fortuna con las regalías por las ventas de los dos libros de su autoría.

Podría escribir otro y, mientras tanto, valerse de sus activos, valuados entre dos y ocho millones de dólares. Poco y nada frente a los de Romney, ex gobernador de Massachusetts cuyo patrimonio ronda entre 190 y 250 millones de dólares. Si Bill Clinton ha embolsado algo así como 75 millones de dólares desde que dejó la Casa Blanca con sus discursos sobre la importancia del agua en la navegación, difícilmente Obama se contente con la riqueza acumulada y la magra pensión presidencial, de 193.000 dólares anuales. Hasta Jimmy Carter, echado tras cuatro años de gobierno por su fracaso económico, se convirtió en estadista y ganó el premio Nobel.

En el fondo, todo presidente está solo y espera. Espera, siempre, una retribución por su labor. Un premio. En apariencia, un premio más preciso en democracias consolidadas: que su obra figure en los libros de historia y que su vida útil no termine al final del gobierno. En apariencia, también, un premio más impreciso en democracias no consolidadas: que su obra figure en los libros contables y que su vida útil tampoco termine al final del gobierno. Que el gobierno nunca termine. ¿Por qué, si no, algunos presidentes latinoamericanos cambian las reglas de juego para reincidir en un segundo o tercer período no previsto inicialmente? Porque se sienten imprescindibles.

Por más que quiera, Obama no podrá hacerlo. En plan revisionista, será recordado como el primer presidente afroamericano de la historia de los Estados Unidos. En plan práctico, su mujer, Michelle, no parece dispuesta a soportarlo en casa de la mañana a la noche. Ella misma buscará su lugar en la historia. ¿Qué podría hacer el marido, de pronto desempleado? Ser candidato presidencial en 2016; de los cuatro que han intentado esa vía, sólo Grover Cleveland tuvo éxito en 1892. O ser conferencista como Clinton a 100.000 dólares por presentación; Ronald Reagan llegó a ganar dos millones de dólares por un par de discursos en Japón.

Ser o no ser. Esa es la cuestión. «Mi pelo está más gris –admite Obama–. Te dan muchos palos en este trabajo. Ahora tengo la piel más dura. Debes entender que eres una persona, pero también un símbolo”. El símbolo sufre el desgaste y ha dejado de ser la novedad, como en 2008. Pide confianza, pero la economía no crece más del dos por ciento, el desempleo no baja del 8,2 por ciento, el déficit público se ha triplicado, la ley de inmigración no ha dejado de ser una vana promesa y Guantánamo sigue abierto. De ser derrotado Obama, apenas “el cambio” habrá naufragado en aguas poco propicias para la navegación.



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