Rebeldes sin pausa




¿Por qué protestan los jóvenes franceses contra la reforma del sistema de jubilaciones?

Cada vez más muchachas y muchachos de veintitantos retrasan la carrera, el matrimonio, la procreación y el abandono del nido paterno. No son haraganes sin motivaciones. Les cuesta hallar un empleo bien remunerado. En los Estados Unidos, según The New York Times, cuatro de cada diez despliegan sus alas y, si fracasan, vuelven con sus mayores. En Europa, dice Eurostat, el 46 por ciento de los jóvenes vive con al menos uno de sus padres. El cordón umbilical es aún más largo y resistente en la India: las decisiones de los casados suelen depender de los sabios consejos de sus madres.

Estos retrasos, y las consecuentes “adolescencias tardías”, provocan un desfase severo, sobre todo en Europa, entre una expectativa de vida elevada (de 75 años para los hombres y 82 para las mujeres) y una tasa de fertilidad reducida. Cada mujer puede dar a luz una media de 1,5 bebés, pero muchas prefieren evitarlo o postergarlo. La población envejece, la fuerza de trabajo nativa decrece en forma proporcional con el aumento de la inmigración y la expectativa de vida tiende a incrementarse. Menudo dilema.

Lo ha planteado en esos términos el Grupo de Reflexión sobre el Futuro de la Unión Europea en 2030, integrado por los ex presidentes Felipe González y Lech Walesa, entre otros: “Teniendo en cuenta la edad de jubilación, si no se toman medidas compensatorias, en los próximos 40 años habrá cuatro trabajadores contribuyentes para mantener a tres jubilados”. Los expertos auscultaron durante tres años una situación “no tranquilizadora”, a raíz de la crisis global, que “ha puesto en entredicho nuestras convicciones y maneras de pensar. Por primera vez en la historia reciente de Europa, se ha extendido el temor de que los niños de hoy vayan a disfrutar un nivel de vida inferior al de la generación de sus padres. Vivimos en la era de la inseguridad”.

Suscribe esa premonición la Comisión Europea, guardiana de los tratados y garante de la defensa del interés comunitario con independencia de los 27 Estados miembros. Entre ellos, Francia se ha convertido en una suerte de laboratorio. Al mismo tiempo que el ministro de Trabajo, Eric Woerth, presentaba ante la Asamblea Nacional el drástico plan del gobierno de Nicolas Sarkozy de retrasar dos años la jubilación y aumentar el período de cotización para cobrar la pensión, los sindicatos afilaban las uñas. La mayoría de los franceses se rehúsa a renunciar a la jubilación a los 60 años, dispuesta a comienzos de la década del ochenta por el presidente socialista François Mitterrand.

Ni Woerth ni Sarkozy, acosados por huelgas y protestas, gozan de gran simpatía popular. El ministro, así como el presidente, está implicado en el caso L’Oréal. Lo acusan de haberle hecho favores fiscales a la mujer más rica del país, Liliane Bettencourt, a cambio de aportes ilegales para la campaña presidencial de 2007. En París y otras ciudades, el disgusto por la reforma se resume en una certeza: “Cuarenta años trabajando es suficiente”. En respuesta, el gobierno procura echar un baldazo de realismo: “No existen las fórmulas mágicas”.

Con otras palabras, la Comisión Europea rubrica ese principio: sugiere aumentar la edad de retiro ante la posibilidad de que la expectativa de vida alcance en 2050 los 90 años para los hombres y los 97 para las mujeres. Es un “momento crítico”, juzga en su informe. En estas condiciones, Europa “se está quedando atrás”; debe reformarse a sí misma.

En Francia, como antes en Grecia, los jóvenes se involucran en forma decisiva en un asunto que, en principio, parece ser de viejos. La reacción es consecuencia de la precariedad laboral, el infraempleo, el mileurismo y la escasa valoración de sus aptitudes. Este rapto de malestar coincide con otras decisiones controvertidas de Sarkozy, como la devolución al remitente de los gitanos y la amenaza de quitarles la nacionalidad a los criminales de origen extranjero.

“La conjunción del envejecimiento de la población y la contracción de la fuerza de trabajo interna va a acarrear a Europa consecuencias drásticas –avisa la Comisión Europea–. Si no se toman medidas, se traducirá en una presión insostenible sobre los sistemas de pensiones, de sanidad y de protección social, y en unos resultados negativos para el crecimiento económico y la fiscalidad.”

No es 1968. El polvorín ideológico amalgamaba entonces expresiones  antiimperialistas, anticapitalistas, neomarxistas, troskistas, castristas, maoístas y freudianas que abrevaban en El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse, y Teoría crítica, de Theodor Adorno. Era la crítica contra la sociedad opulenta, de Kenneth Galbraith, sintetizada en la adhesión a la cultura hippie y la alergia a la guerra de Vietnam.

Cuatro décadas después, el virus del desánimo prende en la generación “ni ni” (ni estudia ni trabaja), impedida de forjarse un proyecto de vida. De no haber cambios, los de veintitantos pagarán el saldo de la tarjeta de crédito de las generaciones anteriores. Es injusto, pero no quedan mejores atajos.



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